Las violentas protestas en Irán y la represión brutal de
los ayatolas, se han expandido masivamente con demandas económicas, sociales y
políticas, generando miles de muertos y la criminalización sistemática de los
manifestantes. Aunque las movilizaciones expresan un deseo profundo de
transformación democrática, varios “obstáculos estructurales” dificultan que
estas protestas generen una solución duradera y democratizadora.
Una de las claves explicativas, radica en la teoría del
politólogo griego Stathis Kalyvas, para quien la violencia no es un fenómeno
caótico ni irracional, sino que sigue dinámicas estratégicas, ligadas al
control territorial y a los incentivos de los actores políticos y civiles. En
el caso iraní, el Estado mantiene un monopolio casi absoluto sobre los
instrumentos coercitivos: fuerzas del orden, Guardia Revolucionaria, inteligencia
militar y aparatos de seguridad que emplean violencia indiscriminada para suprimir
la disidencia, con el objetivo explícito de neutralizar cualquier desafío
político serio.
Este uso de la violencia estatal no sólo reprime las
protestas, sino que desarticula la organización civil, disolviendo redes de
movilización y desgastando el tejido social necesario para construir fuerzas
democráticas cohesionadas. La violencia estatal se convierte en un impuesto
estratégico para prolongar el régimen, no en una anomalía desbordada por el
conflicto.
Las protestas en Irán incluyen un espectro amplio de
demandas y grupos sociales, desde sectores económicos urbanos afectados por la
crisis, hasta jóvenes, mujeres y minorías étnicas. Sin embargo, no existe una
dirección unificada capaz de articularlas en una alternativa política viable. Los
intentos de organizar coaliciones opositoras, incluso entre figuras prominentes
de la diáspora, han fracasado por tensiones ideológicas, estratégicas y
problemas de confianza. Esta fragmentación debilita la capacidad de construir
un discurso y estrategia comunes, obstaculizando las negociaciones con el
Estado y bloqueando el apoyo de algunas partes del aparato estatal, que podrían
inclinar la balanza hacia una transición pacífica.
Desde la perspectiva de Kalyvas, los conflictos y
protestas no siguen un único eje de acción, sino que emergen de interacciones
complejas entre múltiples actores locales y nacionales. La ausencia de una
lógica de organización colectivamente compartida, hace más probable que la
violencia se perpetúe, sin conducir a una institucionalización democrática.
Si la violencia estatal puede ser más efectiva para
fragmentar y confundir a los oponentes, aislando selectivamente a los
opositores reales o eventuales, entonces se entiende mejor por qué el régimen
emplea, tanto la violencia indiscriminada como la selectiva y por qué no cede
ante las demandas democráticas.
Una solución democratizadora requiere, en teoría, que el
aparato de seguridad se divida o se desmantele desde adentro. Sin embargo, el
control estrecho que el régimen mantiene sobre las fuerzas armadas y los grupos
paramilitares, reduce dramáticamente la probabilidad de que grupos leales a la
dictadura cambien su estrategia y, de repente, promuevan acciones significativas
favorables a la oposición. Esto, en lugar de facilitar la democratización,
profundiza el ciclo de represión y miedo.
La transición democrática sostenible exige una sociedad
civil organizada —partidos políticos, sindicatos, una prensa independiente,
organizaciones comunitarias— que puedan construir consensos amplios y mediar la
articulación de demandas. Pero en Irán, décadas de represión han erosionado
estas instituciones y el vacío institucional se traduce en la falta de canales
legítimos para canalizar demandas dentro del sistema político existente.
Esta ausencia institucional también implica que gran
parte de la violencia y la protesta operan en un terreno de improvisación, lo
cual puede agravar los conflictos porque otros actores no alineados formalmente
con un proyecto común, podrían actuar de forma oportunista, incrementando la
fragmentación y los ciclos de violencia, sin avanzar hacia una solución
política estructurada.
El régimen iraní ha promovido discursos que atribuyen las
protestas a “agentes extranjeros”, desgastando la legitimidad interna de las
demandas y reforzando el discurso de una crisis de seguridad nacional. La
instrumentalización de amenazas externas puede legitimar más represión interna
y dificultar que los procesos de cambio democrático aparezcan como fuerzas genuinas,
algo crucial para el éxito de las transiciones democráticas duraderas. La
percepción donde se supone que los cambios son impulsados desde el extranjero,
puede polarizar más a las estructuras sociales internas y bloquear los puentes
de confianza que son esenciales para una solución pacífica.
Estos obstáculos —violencia estratégica del Estado,
fragmentación de la oposición, debilidad institucional y discurso dictatorial
dominante— constituyen barreras profundas a una transición democrática
sostenible. Las teorías de violencia y conflicto de Kalyvas nos recuerdan que
la violencia política no es un desbordamiento irracional, sino un proceso
complejo y racionalizado que, sin contrapesos institucionales fuertes o
rupturas internas en el poder del Estado, tiende a reproducir ciclos de
represión y fragmentación sin soluciones estructurales.
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