La crisis profunda que atraviesa Irán, con miles de
muertos (se estima alrededor de diez mil, entre el 8 y 10 de enero de 2026),
recuerda, con inquietante similitud, los procesos de descomposición autoritaria
observados en Libia, Siria e Irak. Se trata de regímenes dictatoriales que, al
perder legitimidad interna y capacidad de control, no abrieron, necesariamente,
la puerta a la democracia, sino que aparecieron escenarios de fragmentación,
violencia prolongada y colapso estatal. La experiencia reciente del Medio
Oriente demuestra que la caída de una dictadura no equivale, ni política ni
sociológicamente, a la construcción de un orden democrático viable.
Irán se encuentra hoy atrapado en una paradoja histórica:
un Estado teocrático exhausto, sostenido por la represión, el miedo y una élite
clerical desconectada de una sociedad civil cada vez más educada, urbana y secularizada
en sus aspiraciones. Sin embargo, esa misma sociedad carece de los instrumentos
institucionales, culturales y geopolíticos necesarios para transformar la
protesta en un proyecto democrático estable, de corte occidental que permita
imaginar un futuro estable realmente atractivo.
Las actuales generaciones jóvenes, que parecen ser menos
extremistas, más abiertas a la modernización occidental y decididas a destronar
la dictadura teocrática, están profundamente confundidas entre el deseo de una
real democratización y el respeto ancestral de las tradiciones islámicas en el
largo plazo. Por lo tanto, los intentos de insurrección están sacrificando sus
vidas y ayudan a luchar realmente para destruir a los ayatolas, pero sin un
mapa de modernidad y democracia efectivos.
Al igual que en Siria y Libia, el régimen iraní optó por
una estrategia de supervivencia basada en la militarización del poder, el
control ideológico y la anulación sistemática de toda disidencia. Esta dinámica
erosionó cualquier posibilidad de reforma interna gradual. La Guardia
Revolucionaria Islámica se ha convertido en un actor económico, político y
militar omnipresente, reproduciendo un patrón similar al de los más crueles aparatos
coercitivos en los regímenes colapsados de la región.
No obstante, el problema central no es únicamente la
dictadura, sino lo que viene después de ella. La historia reciente es
implacable porque la caída de Saddam Hussein en el año 2003 no produjo ningún
tipo de democracia en Irak. El derrocamiento de Gadafi destruyó el Estado libio
y la revuelta contra Bashar al-Ásad en Siria, degeneró en una guerra civil
interminable. En todos los casos, el “vacío de poder” fue ocupado por milicias,
facciones tribales, sectarismos religiosos sumamente violentos y la
intervención oportunista de potencias externas.
Además, desde la perspectiva del experto en relaciones
internacionales y ex Subsecretario de Defensa en Estados Unidos, Joseph Nye, la
política internacional contemporánea no puede entenderse solamente en términos
de poder militar. La noción de “interdependencia compleja” subraya que los
Estados están conectados por múltiples canales —económicos, tecnológicos,
culturales y normativos— y que el poder se ejerce también mediante la
cooperación, la persuasión y las instituciones internacionales.
En teoría, este enfoque abriría la posibilidad de que los
países occidentales contribuyan al debilitamiento del régimen iraní, no solo
mediante sanciones, sino a través de presiones diplomáticas coordinadas, apoyo
a la sociedad civil, incentivos económicos condicionados y el uso del poder
suave y convincente (soft power) para erosionar la legitimidad del
autoritarismo teocrático, impulsando un proceso legítimo de democratización liberal
y reconstrucción socio-cultural de carácter internacional. Pero aquí emergen los
límites estructurales del planteamiento de Nye, pues la interdependencia no
garantiza, de ninguna manera, la democratización en el mundo islámico y, mucho
menos, la supervivencia de la sociedad civil en términos de liberación
transcultural.
En la actual globalización, la interdependencia compleja
puede contener conflictos, modificar comportamientos y generar costos enormes para
seguir sosteniendo a los regímenes autoritarios, pero no sustituye las
condiciones internas necesarias para la construcción confiable de un orden
democrático.
El problema de fondo es que el actual sistema
internacional carece de un proyecto coherente de democratización global. El
mundo occidental actúa de manera también fragmentada, instrumental y, en muchos
casos, contradictoria. La promoción de la democracia compite con intereses
energéticos, cálculos de seguridad regional y la búsqueda de poner todo tipo de
límites a la influencia de actores como Rusia y China. Simultáneamente, Irán ha
sabido explotar estas fisuras mediante alianzas estratégicas que redujeron su
aislamiento efectivo.
Más aún, el colapso de un régimen dictatorial en un país
islámico, no ocurre en un vacío cultural. Las estructuras tribales, las
lealtades sectarias y el extremismo religioso, siguen siendo fuerzas políticas
organizadas, capaces de ocupar rápidamente el espacio dejado por el Estado
islámico-autoritario. La democracia liberal, basada en ciudadanía individual,
Estado de derecho y pluralismo institucional, no encuentra un terreno fértil
inmediato, en contextos donde la identidad colectiva musulmana y tribal precede
al orden jurídico moderno.
La gran tragedia iraní —así como la triste historia en libia,
Siria e Irak— es la de una sociedad civil atrapada entre dos males: la
continuidad de un régimen opresivo, o el riesgo de un colapso sin horizonte
democrático. Las protestas masivas, protagonizadas especialmente por mujeres y
jóvenes, expresan una demanda legítima de libertad y dignidad, pero todavía no
configuran un sujeto político, capaz de disputar el poder de manera organizada
y sostenible.
La interdependencia compleja del mundo globalizado puede
amplificar estas voces, proteger parcialmente a los disidentes y debilitar a las
dictaduras en el largo plazo. Pero no puede reemplazar la ausencia de liderazgo
democrático interno, ni resolver las fracturas étnicas históricas, por las que
atraviesa el islamismo contemporáneo.
Irán se encamina hacia una transformación inevitable, aunque
no necesariamente hacia la democracia. La experiencia comparada de Serbia, Kosovo,
Libia, Siria, Irak e inclusive Ucrania, advierte que el fin de una dictadura
puede ser solo el inicio de una destrucción más profunda. Desde la óptica de
Joseph Nye, la cooperación internacional y la interdependencia, ofrecen
herramientas para contener la violencia y limitar el poder autoritario, pero
están lejos de fundar un nuevo orden internacional democrático, equitativo y
funcional que beneficie a la sociedad civil.
En la actualidad, la lucidez política exige reconocer
esta realidad incómoda y no celebrar por anticipado el probable hundimiento de
los ayatolas. Sin instituciones, sin una cultura democrática y sin un proyecto
internacional coherente, la caída de la dictadura en Irán podría reproducir,
una vez más, la tragedia del Medio Oriente contemporáneo: mayor fragmentación
cultural, guerras civiles dolorosas, ajusticiamientos tribales, odios étnicos y
un mayor radicalismo religioso para, supuestamente, reconstruir el alma
islámica que, paradójicamente, ha conducido a todo el orbe musulmán, a las
tragedias más dramáticas del siglo XXI.
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