La política exterior de Estados Unidos atraviesa hoy por una
regresión inquietante. Lejos de los discursos sobre un “orden liberal
internacional”, el gobierno de Donald Trump ha reinstalado una lógica de poder
que recuerda menos a la diplomacia del siglo XXI y más a los impulsos
imperiales de finales del siglo XIX. No se trata únicamente de un eco de la
Guerra Fría, con su obsesión por las esferas de influencia y el anticomunismo
estratégico, sino de un retorno todavía más profundo y arcaico: una
reinterpretación personalista de la Doctrina Monroe, teñida de autoritarismo,
voluntarismo y desprecio por la soberanía de los Estados periféricos.
Como advierte el experto en política internacional, Aroop
Mukharji, en un artículo publicado en la revista Foreign Affairs, el 9 de enero de 2026, la intervención
estadounidense en Venezuela no debe leerse desde los marcos habituales del
siglo XX, sino como una reactivación de la lógica inaugurada en 1898, cuando
Estados Unidos emergió como potencia imperial tras la guerra con España. En ese
momento fundacional, Washington no solo expandió su territorio, sino que
redefinió su manera de concebir el poder, la seguridad y la civilización. Esa
cosmovisión —basada en la riqueza, la geografía y una jerarquía moral de
pueblos— es la que hoy reaparece, deformada pero reconocible, en la política
exterior de Trump.
El paralelismo histórico es perturbador. Así como William
McKinley y Theodore Roosevelt consideraban a América Latina y el Caribe como un
espacio “natural” de tutela estadounidense, Trump ha recuperado la idea donde el
hemisferio occidental es una zona de administración casi doméstica. La captura
de Nicolás Maduro y la declaración explícita, afirmando de manera tajante que
Estados Unidos “va a gobernar” Venezuela durante una transición hacia “la
democracia u otro régimen sin Maduro”, no solo vulneran principios básicos del
derecho internacional, sino que revelan una convicción más profunda: ciertos
países no están en condiciones de autogobernarse y requieren una autoridad
civilizatoria externa. En el caso de Venezuela, necesitan de los Estados Unidos.
Aquí emerge el núcleo más peligroso de la regresión en
política exterior: la reaparición de una “teoría civilizatoria del poder”.
Mukharji nos ayuda a reflexionar con claridad cómo, a fines del siglo XIX, las
élites estadounidenses concebían el mundo como una jerarquía de sociedades,
donde la civilización —definida desde parámetros raciales, culturales y
morales— legitimaba la intervención y el dominio. Trump y su entorno han
resucitado esa lógica, ahora envuelta en el lenguaje del orden, la seguridad y
la “identidad occidental”. No es casual que esta visión se combine con
políticas migratorias agresivas, controles culturales internos y una narrativa
de amenaza civilizatoria, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.
A diferencia de la Guerra Fría, donde el intervencionismo
se justificaba en nombre de una ideología universal (la contención del
comunismo), Donald Trump carece de un marco normativo coherente. Su política
exterior es profundamente personalista, dependiente de impulsos, agravios y
obsesiones del presidente. El resultado es un tipo de diplomacia errática, pero
no menos peligrosa, con una mezcla de nostalgia imperial, mercantilismo riguroso
y decisiones caprichosas sobre territorios, recursos y pueblos enteros. Esto es
lo que lleva a Trump a declarar que tomará Groenlandia por las buenas o por las
malas. La idea de “recuperar” el Canal de Panamá, administrar Venezuela o
insinuar anexiones territoriales, no responde a una estrategia global racional,
sino a una pulsión de dominio simbólico y material.
El mayor riesgo de este retorno imperial no es únicamente
moral, sino estructural. Aquí hay una lección histórica: cuanto más interviene
una potencia, más sobredimensiona la importancia estratégica del territorio
intervenido, quedando atrapada en un ciclo de compromiso, violencia y desgaste.
Así ocurrió con Filipinas, cuya anexión generó una guerra prolongada, miles de
muertes y una herida ética profunda en la historia estadounidense. Gobernar
Venezuela, o cualquier otro país bajo esta lógica, no solamente sería
impracticable, sino que también sería casi imposible de abandonar sin costos
crecientes.
En consecuencia, Trump no inaugura una nueva era de poder
estadounidense, sino que reactiva su costado más oscuro y autodestructivo. El
imperio, como advertía Hannah Arendt, no solo corrompe a los dominados, sino
también al dominador. La política exterior de Trump, al despojarse de los límites
institucionales, principios multilaterales y autocontención estratégica,
arriesga empujar a Estados Unidos hacia un aislamiento violento, atrapado en
conflictos que él mismo fabrica.
El retorno a la Doctrina Monroe, reinterpretada como “derecho
de intervención” y administración directa en el siglo XXI, no es una muestra de
fortaleza, sino de inseguridad imperial. Es la señal de una potencia que, al
sentirse amenazada por el declive relativo, opta por el atajo de la fuerza y el
simbolismo territorial. La tragedia es que esta regresión, no solo compromete
el futuro de América Latina, sino que también erosiona la posibilidad misma de
un orden internacional basado en reglas, dejando como herencia un mundo más
inestable, cínico y propenso a la violencia. Desde esta perspectiva, el futuro
de Venezuela es incierto, probablemente más destructivo y sin las posibilidades
de una construcción democrática independiente, convirtiendo a toda América
Latina en un teatro de neoimperialismo sin garantías de ningún tipo.
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