Educar a los hijos no es una tarea técnica, ni tampoco una
simple transmisión de normas de convivencia. Es, ante todo, un acto ético
radical, quizá el más profundo que un ser humano puede asumir. En un mundo
marcado por la vulgaridad del presente —consumo sin sentido, violencia
simbólica, cinismo político y empobrecimiento moral— la educación paterna representa
un espacio de resistencia silenciosa. No contra el mundo en abstracto, sino
contra la resignación que pretende clausurar el futuro. Las razones que
sustentan esta mirada son sencillas: amor a los hijos y deseos por dejar un
legado.
Aquí resulta especialmente fecundo recuperar varias ideas
del filósofo alemán, Ernst Bloch, y su “principio esperanza”. Para Bloch, la
esperanza no es una ilusión, ni consuelo psicológico, sino que es una categoría
ontológica y política. El ser humano vive orientado hacia lo que todavía no es,
hacia lo posible, hacia lo que puede llegar a realizarse. En este sentido,
educar a un hijo es introducirlo en el mundo, no tal como es, sino como podría
y debería ser.
La paternidad ética se sitúa así en el presente del amor,
pero no se agota en él. Amar a los hijos no es solamente protegerlos o
satisfacer sus necesidades inmediatas; es habilitarlos para un futuro abierto,
incluso cuando el presente parece cerrado, hostil o absurdo. El amor paterno,
entendido éticamente, es una forma concreta de esperanza activa para tratar de
mirar el futuro.
Bloch hablaba de la “utopía concreta”, no de una fantasía
evasiva, sino de la anticipación racional de un mundo mejor, inscrita en las
prácticas cotidianas. Educar a un hijo es precisamente eso: sembrar utopías
concretas en la vida diaria. Enseñar que la dignidad no se negocia, que la
verdad importa, aunque incomode, que la justicia no siempre es rentable, que el
amor no es instrumental y que papá siempre estará presente en la vida diaria,
como luz y consejo hacia lo “posible”. Estas enseñanzas no garantizan el éxito,
pero reducen la incertidumbre moral de un presente atroz y vulgar.
La ética paterna no consiste en fabricar certezas, sino
en transmitir criterios, consejos, educación sentimental y brindar precauciones.
Un padre ético no promete que el mundo será justo; promete algo más honesto:
que vale la pena no convertirse en cómplice de la injusticia. En tiempos donde
la astucia es celebrada y la mediocridad se normaliza, educar desde el
principio esperanza es un acto contracultural.
Este punto es crucial, pues la esperanza de Bloch no
niega el sufrimiento, ni el fracaso. Al contrario, nace de ellos. Educar a los
hijos desde el principio esperanza implica no mentirles sobre la dureza del
mundo, pero tampoco rendirse ante ella. Es enseñar que el desencanto no debe
transformarse en cinismo y que la lucidez no tiene por qué desembocar en
desprecio por la vida.
El padre que educa éticamente, no es un héroe ni un
salvador. Es alguien que asume la responsabilidad de no transmitir su propio
resentimiento, aun cuando tenga razones para sentirlo. Aquí la paternidad se
vuelve una disciplina moral para no descargar en los hijos las frustraciones
propias, sin usar el amor como chantaje, sin convertir la experiencia del fracaso
en una pedagogía del miedo.
Desde Ernst Bloch, podríamos decir que “los hijos
encarnan el todavía-no” de la historia. No porque estén destinados a redimir
nada, sino porque representan la posibilidad abierta de hacer muchas cosas
valiosas. Educar es cuidar esa posibilidad sin domesticarla. No imponer un
destino, pero tampoco abandonar a los hijos a la deriva. Entre el autoritarismo
y la indiferencia, la ética paterna se juega en un equilibrio difícil: orientar
sin asfixiar, sostener sin poseer y amar a los hijos sin esperar una redención
mágica como padres para luego decir “ellos me deben algo en la vida”.
En contextos de descomposición social, la educación ética
de los hijos adquiere un valor político indirecto. No en el sentido partidario,
sino en el más profundo: formar sujetos capaces de imaginar alternativas, de no
aceptar como natural la humillación, de reconocer al otro como fin y no como
medio. La utopía, en este marco, no es un programa ideológico, sino una
sensibilidad moral para mejorar las funciones de un padre.
Tal vez educar sea, finalmente, un “acto de fe laica”. Creer
que el mundo no está terminado, que la historia no ha dicho su última palabra,
que incluso en medio del deterioro se puede seguir amando sin volverse ingenuo.
El padre que educa desde la esperanza sabe que puede fracasar, pero también
sabe que no educar sería un fracaso mayor.
En tiempos donde todo invita al abandono, la paternidad
ética afirma algo elemental y subversivo: que vale la pena apostar por el
futuro, no porque esté garantizado, sino porque renunciar a él sería la
verdadera derrota. El amor de papá es un esfuerzo ético que siempre florecerá,
a pesar de cualquier situación adversa.
Comentarios
Publicar un comentario