AJUSTE ESTRUCTURAL, DEMOCRACIA Y REFORMA DEL ESTADO

 

Las economías en quiebra como la boliviana, no se corrigen únicamente con decretos ni con ortodoxia fiscal. El politólogo especialista en economía política de los ajustes estructurales, Stephan Haggard, lo advirtió tempranamente, afirmando que los procesos de ajuste son, ante todo, “conflictos políticos distributivos”, que ponen a prueba la estabilidad democrática, la legitimidad del Estado y la capacidad de las élites para construir coaliciones de apoyo.

Bolivia enfrenta hoy una combinación crítica de inflación persistente, déficit fiscal estructural y agotamiento de sus capacidades productivas, en un contexto de desconfianza social acumulada después de años de populismo autoritario e ineficiente. La implementación del Decreto Supremo 5516, impulsado por el gobierno de Rodrigo Paz, se inscribe exactamente en este escenario de alto riesgo y, por lo tanto, el ajuste estructural es inevitable, pero su mala gestión puede derivar en ingobernabilidad, bloqueo corporativo o erosión democrática.

Stephan Haggard ofrece un marco analítico útil para evitar un desenlace fatal, en dos libros fundamentales, tanto para la reflexión, como para el diseño de políticas de ajuste: The Politics of Economic Adjustment: International Constraints, Distributive Conflicts and the State y Pathways from the Periphery: The Politics of Growth in the Newly Industrializing Countries. En estos libros se sugiere claramente que el ajuste sin Estado es inviable. Uno de los errores recurrentes en América Latina fue asumir que el ajuste consistía en reducir el tamaño del Estado cuando, en realidad, los hechos requerían reformarlo y “fortalecerlo selectivamente”.

El Decreto 5516 apunta a corregir los desequilibrios fiscales y ordenar la economía. Ahora bien, si su implementación se limita a los recortes, controles o señales técnicas orientadas hacia el mercado, sin pensar en una reconstrucción de las capacidades estatales, las previsiones del decreto podrían conducir hacia un resultado que será doblemente negativo (si el ajuste no se consolida y la legitimidad democrática se debilita): por un lado, las instituciones del Estado Plurinacional dejarán de ser un referente de respeto y eficiencia ante la sociedad, y por otra parte, el déficit fiscal no podrá copar con las demandas de la descentralización política y las autonomías al interior de las gobernaciones y los gobiernos municipales.

Para Haggard, los países que lograron una estabilización sostenible lo hicieron, no por promover “menos Estado”, sino por la construcción de estructuras estatales capaces de disciplinar actores rentistas, coordinar políticas productivas y sostener reglas creíbles. La inflación y el déficit, no son solamente problemas macroeconómicos, sino expresiones de conflictos distributivos irresueltos.

“Ajustar” implica decidir quién paga el costo. En el caso boliviano, el DS 5516 enfrenta tres dilemas simultáneos: 1) reducción del déficit fiscal; 2) sin una reforma del gasto público que ataque privilegios corporativos y subsidios regresivos, el ajuste recaerá sobre los sectores productivos formales y las clases medias, erosionando todo apoyo político; y 3) control de la inflación como exigencia crucial, vía represión de precios o medidas administrativas, pues sin un aumento de la oferta productiva se reproducen las distorsiones y el desabastecimiento, algo ampliamente documentado por Haggard en el análisis de los países de Europa del Este y Asia.

Asimismo, sin inversión, crédito y reglas claras para la producción, el ajuste se convierte en una espiral recesiva y políticamente insostenible. El riesgo principal es que el ajuste se perciba como “castigo social” sin horizonte de crecimiento, abriendo espacio a la protesta y al veto corporativo. Uno de los aportes más relevantes de Haggard es su énfasis en la construcción de coaliciones políticas pro-reforma. Los ajustes exitosos no fueron tecnocráticos ni autoritarios, sino estratégicos. Implementar rigurosamente el DS 5516, implica una mayor transparencia radical sobre la magnitud de la crisis fiscal. Simultáneamente, se requiere la identificación clara de ganadores futuros del ajuste (productores, emprendedores, regiones dinámicas). Asimismo, es fundamental el aislamiento político de los actores rentistas que viven del déficit y la inflación.

La experiencia comparada muestra que cuando los gobiernos intentan ajustar sin construir narrativas creíbles ni alianzas, el ajuste se convierte en una guerra social de desgaste, como ocurrió en múltiples casos latinoamericanos durante los años 80 y 90.

Haggard insiste en que el ajuste solo es sostenible cuando va acompañado de una sistémica reforma institucional. En Bolivia, esto significa enfrentar un problema estructural: un Estado capturado por redes prebendales y corporativas, incapaz de promover productividad. En consecuencia, el DS 5516 debería articularse con: a) la reforma de empresas públicas deficitarias; b) la profesionalización de la burocracia económica; y c) el fortalecimiento de agencias reguladoras y fiscales. Sin estas reformas, el ajuste será percibido como arbitrario y transitorio, incentivando conductas evasivas y resistencia social.

El ajuste también debe presentarse, no como un sacrificio sin sentido, sino como una transición ordenada hacia un nuevo equilibrio económico. Para ello, se requiere un calendario claro de reducción del déficit, así como medidas explícitas de estímulo a la producción privada y regional. Un discurso político que reconozca costos, pero que también ofrezca un horizonte verosímil de recuperación, se convierte en una clave central porque no es la velocidad del ajuste, sino su consistencia política e institucional lo que importa, dejando atrás la ineficiencia profunda que caracterizó a los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce.

El mayor riesgo del Decreto Supremo 5516 no es fracasar técnicamente, sino fracasar políticamente. Haggard lo advirtió con claridad: los ajustes mal diseñados destruyen las coaliciones democráticas y abren la puerta al autoritarismo o al populismo de retorno. Hoy, Bolivia necesita un ajuste con Estado, con política y con visión productiva. La alternativa no es entre ajuste o estabilidad, sino entre ajuste inteligente o colapso prolongado.

En esta coyuntura crítica, las advertencias del politólogo israelí, Yehezkel Dror, resultan particularmente pertinentes. Para Dror, la “capacidad de gobernar” no es un atributo retórico ni una simple cuestión de liderazgo personal, sino un conjunto complejo de competencias institucionales, cognitivas y éticas que permiten al Estado tomar decisiones difíciles, anticipar consecuencias y sostener políticas en el tiempo. Mejorar esta capacidad implica aceptar costos inmediatos: abandonar la improvisación, enfrentar intereses enquistados y asumir decisiones impopulares que, sin embargo, son necesarias para preservar el futuro colectivo. Gobernar bien significa “decidir bajo la incertidumbre”, resistir la tentación del corto plazo y reconstruir la autoridad del Estado sobre bases racionales y profesionales.

El hecho de incrementar la capacidad de gobernar, tiene un costo político inevitable, pero no hacerlo tiene un costo histórico mucho mayor. Implementar el Decreto Supremo 5516 con éxito requiere fortalecer núcleos estratégicos de decisión, profesionalizar la gestión pública y reducir drásticamente la captura corporativa del Estado. Esto supone conflictos abiertos, pérdida de apoyos circunstanciales y una redefinición del ejercicio del poder. Únicamente a través de esta transformación sistémica —que articule ajuste económico, reforma del Estado y liderazgo político consciente de sus límites— es posible evitar la deriva hacia la ingobernabilidad crónica. No se trata de gobernar para sobrevivir, sino de gobernar para transformar, aun cuando el precio inicial sea muy alto.



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