La historia intelectual del siglo XX —y lo que va del
XXI— está plagada de una paradoja inquietante: nunca hubo tantos intelectuales
críticos del poder y, al mismo tiempo, nunca fue tan frecuente su ceguera
frente a la corrupción moral que los rodeaba. El premio Noble de Literatura, Octavio
Paz, lo advirtió con lucidez implacable en el ensayo, Hombres en su siglo: el intelectual moderno no solamente se
equivoca políticamente, sino que también suele equivocarse éticamente cuando
confunde la causa con la virtud y la cercanía al poder con la trascendencia
histórica.
El caso del intelectual estadounidense de izquierda, Noam
Chomsky, vinculado social e intelectualmente al depredador sexual condenado,
Jeffrey Epstein, no debe leerse como un proceso penal —no lo es— sino como un
síntoma moral. No se trata de imputar delitos sin pruebas, sino de interrogar
una pregunta más profunda y más incómoda: ¿qué ocurre con la ética intelectual
cuando la lucidez crítica convive con la indiferencia moral? Chomsky fue
fotografiado con Epstein, mantuvo una comunicación poco usual con él y jamás
criticó nada sobre los graves delitos cometidos por Epstein con mujeres menores
de edad, en sus orgías calculadas y llenas de escenarios de poder.
Las fotografías que muestran a Noam Chomsky en entornos
sociales vinculados a Jeffrey Epstein no constituyen, por sí mismas, prueba de
delito alguno. Su peso es otro y más incómodo: el peso del contexto moral.
Epstein no era un desconocido, ni tampoco un benefactor neutral cuando esas
imágenes circulan en el dominio público. Su condena previa y su reputación como
operador de élites ya eran conocidas. En ese marco, la persistencia del vínculo
—aunque fuese intelectual, social o circunstancial— revela una falla de juicio
ético, no necesariamente una complicidad criminal. La pregunta relevante no es
“qué hizo Chomsky”, sino qué decidió no hacer. No romper públicamente, no tomar
distancia clara, no asumir el deber de ejemplaridad que se espera de quien ha
construido su autoridad denunciando las estructuras del poder y la impunidad.
Aquí es fundamental traer nuevamente los argumentos de
Octavio Paz. En Hombres en su siglo,
Paz desmonta una ilusión persistente: la idea de que el intelectual, por el
solo hecho de pensar críticamente, posee una superioridad moral. Para Paz, el
siglo XX demostró lo contrario. Intelectuales brillantes defendieron a Stalin,
justificaron los campos de concentración (gulags), relativizaron los crímenes
de Mao y cerraron los ojos ante varias dictaduras “amigas”. No por ignorancia,
sino por fidelidad ideológica.
La traición no consistía solamente en apoyar regímenes
criminales, sino en algo más sutil y más grave: la renuncia al juicio moral
autónomo, en nombre de una etérea causa superior. Ese es el punto clave para
entender la crisis ética contemporánea. El intelectual deja de ser conciencia
crítica y se convierte en administrador simbólico de una narrativa, incapaz de
ver el mal cuando este no contradice su mapa ideológico.
Noam Chomsky representa una de las cumbres del
pensamiento crítico contemporáneo en lingüística y análisis del poder
mediático. Sin embargo, precisamente por eso, su relación con Epstein
—documentada en encuentros, conversaciones y sociabilidad— genera una
disonancia ética profunda. Es vital reiterar nuevamente: el problema no es
jurídico, es moral. Chomsky sabía quién era Epstein. Sabía de su condena. Sabía
del mundo turbio que lo rodeaba. Y aun así no rompió públicamente, cerró la
boca de manera insólita, no denunció, no se distanció de forma clara y
ejemplar. Esa omisión, para un intelectual que ha hecho de la crítica moral al
poder su bandera, no es un detalle menor.
Aquí se revela lo que Paz llamaría una “ceguera
voluntaria”: cuando el mal no se presenta como enemigo político, sino como
anfitrión culto, financista amable o interlocutor interesante, la ética se
vuelve flexible. En este caso, debemos debatir nuevamente los alcances de la
banalidad, no del mal, sino de la quimera. Hannah Arendt habló de la banalidad
del mal. Paz, más escéptico, nos previno contra otra cosa: la banalidad de la
ilusión moral del intelectual. No es el mal radical lo que corrompe, sino la
sensación de estar “por encima”, la despreciable suposición de que la propia
inteligencia concede una “inmunidad ética”.
El depredador sexual Epstein, no sedujo a intelectuales, únicamente
con dinero. Los sedujo con acceso a ciertos privilegios, con reconocimiento,
con la promesa de pertenecer a un círculo donde el poder, el deseo y la
excepcionalidad se confunden. La tentación no fue el crimen, sino la excepcionalidad.
En consecuencia, el escándalo de la relación
Epstein-Chomsky, no revela una perversión individual, sino una patología
estructural de las élites intelectuales. Creer que la crítica al sistema capitalista
los exime de examinar su propia conducta.
Para Octavio Paz, el intelectual no está obligado a ser
un santo, pero sí a asumir una responsabilidad especial: la ejemplaridad
negativa. Saber cuándo callar es complicidad; saber cuándo hablar es ética. La
responsabilidad moral no consiste en no errar, sino en saber romper, saber
decir “no”, saber retirarse cuando el entorno se vuelve éticamente tóxico.
Cuando un intelectual no lo hace, su obra no desaparece, pero su autoridad
moral se erosiona, volviéndose vil e inútil.
Esto no invalida los aportes teóricos de Chomsky, pero sí
obliga a leerlos sin devoción. La lección es dura: nadie está a salvo de la
caída moral, y la izquierda ilustrada no es más pura que las élites de derecha
que critica. La lección final: contra la idolatría Octavio Paz desconfiaba de
los ídolos, incluso de los propios. Sabía que el siglo de las ideologías había
convertido a los intelectuales en vulgares “sacerdotes laicos”, más preocupados
por preservar su lugar simbólico y popularidad, que por sostener la verdad.
La deshonestidad intelectual y pueril que hoy destruye a Chomsky,
se relaciona también con lo que sucede a la izquierda latinoamericana actual,
que padece una forma particularmente grave de anemia moral: su silencio
selectivo frente a los autoritarismos que se autoproclaman progresistas.
Mientras la izquierda denuncia —con razón— los abusos del neoliberalismo o de
las derechas conservadoras, guarda una cautela cómplice ante las dictaduras de Nicolás
Maduro y Daniel Ortega, minimizando los presos políticos, exilios forzados y
destrucción institucional. Este silencio no es ignorancia; es lealtad
ideológica. Como advertía Octavio Paz, la fidelidad a una causa puede
convertirse en la más eficaz coartada para abdicar del juicio moral. Así, la
izquierda que dice defender a los oprimidos, termina justificando a sus
opresores cuando estos hablan el lenguaje correcto o aparecen junto a oscuros
delincuentes como Epstein.
El caso Chomsky no exige cancelación y odio hacia su obra,
sino desmitificación. No exige linchamiento, sino exigencia ética. Nos recuerda
que la inteligencia no redime, que la lucidez no purifica y que la ética
comienza allí donde termina la coartada ideológica.
Tal vez esa sea la lección más incómoda que muestra el absurdo
silencio de Chomsky sobre su relación con el delincuente Epstein, sea la
siguiente: no hay pensamiento crítico sin coraje moral, y no hay ética
intelectual sin la disposición a perder prestigio, influencia o comodidad. El
mexicano Octavio Paz lo sabía y por eso sigue siendo incómodo. Chomsky, en
cambio, hoy aparece como una advertencia: el pensamiento más brillante puede
naufragar cuando se divorcia de algo simple y poderosamente trascedente: la
responsabilidad moral.
Finalmente, es crucial repensar al filósofo alemán, Ernst Bloch, y su “principio esperanza”, el cual no es optimismo ingenuo, sino apuesta ética por lo posible-no-realizado, una orientación práctica hacia un futuro más digno. En ese sentido, la responsabilidad moral del intelectual no se agota en criticar el presente, sino que exige “anticipar”, normativamente, un mundo mejor mediante la coherencia entre pensamiento y conducta. La esperanza, sin ética, degenera en propaganda; la crítica, sin responsabilidad, se vuelve cinismo. “El intelectual sostiene la esperanza” cuando se atreve a perder prestigio, privilegios y comodidad en nombre de la verdad; cuando rompe con el silencio rentable y asume que la ejemplaridad no es un lujo, sino una obligación. Sin ese riesgo, no hay esperanza, sino solo retórica. Chomsky será recordado, lamentablemente, por una larga hojarasca de figuras retóricas.
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