En Bolivia, negociar no es simplemente un ejercicio
técnico de diálogo racional, es, ante todo, un acto político cargado de
historia, resentimientos, desconfianza y prácticas autoritarias profundamente
arraigadas. Los conflictos sociales: bloqueos, paros, marchas o tomas
institucionales, no responden únicamente a demandas materiales, sino también a
una lógica de poder donde ceder suele interpretarse como debilidad y dialogar,
muchas veces se convierte en una derrota simbólica.
En este contexto, las técnicas de negociación adecuadas,
ofrecen herramientas valiosas, pero requieren una adaptación importante.
Aplicarlas mecánicamente en Bolivia, sin considerar la cultura política
autoritaria y corporativa, conduce al fracaso. El primer elemento a tomar en
cuenta, es desechar la idea donde una negociación se considera solamente como
una “guerra simbólica” que no trae beneficios reales. Hay que partir de un
supuesto básico: ¿desean las partes resolver el conflicto? En Bolivia, este
supuesto es frágil, pues muchos sectores conflictivos no buscan resolver el
problema, sino demostrar fuerza, preservar privilegios corporativos o humillar
al adversario político.
La negociación, entonces, se concibe como una
prolongación del conflicto por otros medios. El adversario no es un
interlocutor legítimo, sino un “enemigo” al que hay que doblegar. Esta lógica
proviene de una cultura política marcada por el sindicalismo vertical y
caudillista, caracterizada por el uso sistemático de la presión violenta como
método de negociación, por la instrumentalización del conflicto por los partidos
políticos, y por la ausencia de reglas claras y creíbles. Antes de negociar,
hay que pensar este contexto y no entrar, de inmediato, a la mesa de
negociaciones.
Una de las ideas centrales en cualquier negociación, es
“subir al balcón”. Esto significa, tomar distancia emocional para no reaccionar
impulsivamente. Este aspecto es crucial porque los conflictos suelen estar
saturados de discursos de victimización, agravios históricos, provocaciones
calculadas y retóricas maximalistas. El error recurrente del Estado boliviano
ha sido reaccionar con soberbia, represión o concesiones improvisadas. Subir al
balcón, implica no responder inmediatamente a un ultimátum, evitar el lenguaje
confrontacional, romper la dinámica amigo-enemigo y ganar tiempo para redefinir
el conflicto. En un país autoritario, la serenidad estratégica es una forma de
poder, no de debilidad.
Un segundo elemento clave para negociar es “separar las personas
de los problemas”, en un contexto donde se confunden deliberadamente. En Bolivia
ocurre lo contrario porque en varias circunstancias, los liderazgos personalistas
convierten cualquier demanda en una cuestión de honor, identidad o
supervivencia política. Negociar eficazmente implica “despersonalizar” el
conflicto, algo difícil cuando los dirigentes necesitan mostrarse “duros” ante
sus bases, cuando la pérdida de autoridad interna es más temida que el fracaso
del diálogo, o cuando el conflicto se convierte en una fuente de beneficio
político.
Aquí, la estrategia no es confrontar al líder, sino crear
salidas que preserven su prestigio, aun cuando las concesiones reales sean
limitadas. Esto es lo que se llama “ayudar al otro a salvar la cara”; en
Bolivia, esto es una condición indispensable.
El tercer principio clave es “negociar sobre intereses,
no sobre posiciones”. Sin embargo, en Bolivia las posiciones suelen ser,
deliberadamente, irracionales con demandas imposibles, plazos inaceptables y
amenazas extremas. La tarea del negociador no es aceptar esas posiciones, sino
traducirlas. Detrás del bloqueo, casi siempre hay intereses identificables
como, por ejemplo: control territorial, recursos económicos, reconocimiento
político y protección frente a las investigaciones o pérdidas de poder. La
negociación eficaz no legitima la posición extrema, pero ofrece alternativas
funcionales que satisfagan parcialmente los “intereses reales”, sin desbordar
al Estado.
El cuarto aspecto es el uso inteligente del poder, sin
sumisión ni autoritarismo. No es prudente negociar desde la ingenuidad. Al
contrario, hay que enfatizar en la importancia de reconocer “cuál es la mejor alternativa
a un acuerdo negociado”. En Bolivia, el Estado suele cometer dos errores
opuestos: ceder todo, reforzando la cultura del chantaje, o imponer por la
fuerza, reactivando el ciclo de victimización.
Una negociación eficaz requiere que el Estado muestre que
tiene alternativas reales: capacidad institucional, respaldo legal, legitimidad
social y coherencia política. No se trata de reprimir, sino de mostrar límites
creíbles. En una cultura autoritaria, la negociación solo funciona cuando el
otro cree que “no negociar” también tiene costos negativos.
Finalmente, el quinto elemento exige que un “acuerdo sin
legitimidad es inestable”. En Bolivia, muchos pactos fracasan porque se
negocian de manera opaca, clientelar y coyuntural. Negociar bien implica tener
transparencia mínima, reglas conocidas, instituciones mediadoras creíbles y seguimiento
público de los acuerdos. De lo contrario, la negociación se convierte en una
escena más del deterioro institucional, donde todos aprenden que bloquear es
útil y dialogar es una farsa.
Negociar con sectores conflictivos en Bolivia no requiere
solamente el uso de técnicas, sino lucidez política. Conocer bien las
herramientas de la negociación es un recurso poderoso, pero su aplicación demanda
comprender que el conflicto boliviano no es únicamente distributivo, sino
cultural, autoritario y profundamente simbólico.
La verdadera negociación democrática y productiva, no
consiste en apagar incendios momentáneos, sino en desmontar la lógica perversa donde
el conflicto se convierte en una forma de poder. Mientras no se rompa esa
cultura, el diálogo seguirá siendo frágil, instrumental y, muchas veces, una
antesala del próximo bloqueo.


Comentarios
Publicar un comentario