LAS RAZONES DE LA GUERRA: EL REALISMO ESTRUCTURAL

 

La invasión de Rusia a Ucrania en 2022 ha generado una crisis global que incluso amenaza con el uso de armas nucleares. Vladimir Putin no da su brazo a torcer e insiste en la eventual captura absoluta de un país soberano e independiente. El choque de dos tipos de soberanía estatal replantea y valoriza a las teorías realistas en la comprensión de los conflictos bélicos dentro del escenario internacional. Asociada al Estado está la realidad del poder. En esta línea de pensamiento, es importante recordar a John G. Stoessinger y su libro The might of Nations (El poder de las naciones), donde explica que el poder es la suma de las capacidades estatales, junto a la dimensión psicológica del poder (lo que un pueblo piensa de sí mismo y cómo lo perciben los demás).

Entre los elementos del poder, deben incluirse también a los recursos naturales, población, educación y su capacidad de desarrollo científico, técnico e industrial, la cultura nacional (incluida la cultura política, los valores), así como la naturaleza del gobierno. Todos éstos son elementos que influyen decisivamente sobre la capacidad de una nación para desarrollar su poder. En consecuencia, Stoessinger indicaba que el poder en las relaciones internacionales es la capacidad de una nación para usar sus recursos tangibles e intangibles, con el fin de afectar el comportamiento de otras naciones. El poder de un Estado, en suma, se mide siempre, comparándolo con el poder de otro.

En lo relativo al poder militar, éste puede definirse como el instrumento para el ejercicio de la violencia, legalmente sancionado y utilizado por los gobiernos en sus relaciones con otros Estados y, en caso necesario, empleado en asuntos de seguridad interna. Sin embargo, es evidente que el poder militar y la guerra se han usado y se usan en innumerables ocasiones fuera de la ley internacional, de manera que puede ser no solamente “una extensión de la política por otros medios” como lo expresaba Carl von Clausewitz, sino que el poder militar es también una especie de locura y desenfreno.

A pesar de varios peligros, el poder militar se emplea como una técnica racional en la elaboración y práctica de la política exterior. Este punto es de relevancia central en el análisis realista porque, además, la adquisición de poder militar significativo tiene costos elevados: exige enormes esfuerzos para cualquier sociedad y las aspiraciones para gozar de éste demandan sacrificios, junto a la priorización de opciones en la asignación de recursos. El poder militar tiene grandes costos políticos de índole doméstica porque las sociedades democráticas lo ven con un alto grado de desconfianza.

Al mismo tiempo, en el siglo XXI se requiere de una elevada capacidad científica y tecnológica, revelando que la racionalidad instrumental subordina el desarrollo de los conocimientos científicos al poder militar, lo cual convierte al Estado en una estructura política predispuesta para la guerra y, por lo tanto, tendiente también al abuso sistemático del poder que socava las bases de toda democracia, de manera que el enfoque realista reduce la política a un conjunto de acciones estratégicas totalmente alejadas de las posibilidades cooperativas y una solidaridad capaz de apoyar las orientaciones sobre la paz mundial.

No es posible imaginarse al orden internacional tal como es sin el ingrediente del poder militar. Sin embargo, tampoco es razonable absolutizar el peso del dominio militar pues el poder político, en el ámbito internacional, no emana simplemente de aquél. La derrota soviética en la Guerra de Afganistán (1979-1989) es un ejemplo de lo dicho, como lo fue también para los Estados Unidos el episodio de Vietnam (1965-1975). Factores como la voluntad política o la unidad nacional, juegan un papel muy importante.

El mayor exponente del neo-realismo o realismo estructural ha sido Kenneth Waltz, para quien la anarquía y la falta de autoridad en el sistema internacional, agranda las posibilidades de conflicto. Para analizar mejor esta situación, el neo-realismo atribuye a la estructura global el rol de factor determinante en la conducta de los Estados, que son las unidades del sistema transnacional. El sistema en el mundo de la política es como un objeto que tiene partes móviles que interactúan dentro de un ambiente. El sistema político es un conjunto de instituciones dedicadas a la formulación de las metas colectivas de la sociedad o de grupos dentro de ella. Las decisiones del sistema político están respaldadas normalmente por la coerción legítima, es decir, por la obediencia a tales decisiones que pueden ser impuestas a todos.

Es conveniente recalcar que la definición dada por otro importante teórico político como Gabriel Almond se refiere al sistema o sistemas políticos nacionales, donde existe la “autoridad” como elemento esencial. Tal característica nos indica fácilmente un marcado y útil contraste con el sistema internacional. Éste tiene una serie de elementos comunes a cualquier sistema. Tiene partes que interactúan dinámicamente; tiene un determinado ambiente; posee instituciones (la más universal de ellas son las Naciones Unidas, aunque existen muchísimas otras instituciones internacionales). Sin embargo, el sistema internacional tiene una característica muy propia: carece de una autoridad superior, supraestatal y universal. El estudio del sistema internacional como la variable más importante en las relaciones internacionales es una característica fundamental del realismo estructural.

Implícito en el neo-realismo está además el concepto de estructura. Éste es muy utilizado en ciencias políticas para analizar sistemas, aunque más bien en el ámbito nacional o interno de los Estados, e inicialmente aplicado al análisis sociológico y antropológico, tal como lo hicieran Levy Strauss (escuela francesa), Radcliffe Brown (escuela inglesa) y Max Weber (escuela alemana).

Hay muchos críticos de los análisis de las estructuras. Los marxistas, en particular, criticaban las metodologías propias del análisis estructuralista y de la teoría funcional-estructuralista por considerarlas conservadoras, estáticas y defensoras del statu quo. A estas críticas han respondido los teóricos estructural-funcionalistas, como Gabriel Almond, quien afirma que es de sentido común referirse, en primer lugar, a la estructura, a la urdimbre básica de una realidad social perteneciente a un período determinado, describiéndola, comparándola y explicándola, para proceder después a desentrañar sus problemas y sus funciones, para efectuar adecuadamente el estudio de la parte dinámica de una realidad social. 

El análisis estructuralista explica cómo es una estructura, pero no explica (y así lo señala Almond) por qué y cómo funciona aquélla. Para esto hace falta una dimensión dinámica complementaria: las funciones. Esto es lo que hace el funcional-estructuralismo, estudiar estructuras y funciones. Quizás podría faltarle a esta teoría un mayor énfasis en los aspectos históricos, pero, en cualquier caso, aquélla ha originado estudios serios y sólidos en el campo de las ciencias sociales. Por ello no resulta válido el argumento de los críticos del funcional-estructuralismo al que señalan como un arma ideológica de la derecha, e incluso una conspiración de las ciencias políticas burguesas para defender al establishment (statu quo).

El realismo estructural se concentra en el estudio de la estructura del sistema internacional y, a partir de allí, se enfoca en temas tales como la interacción de las unidades en el interior del sistema. Aquí se inscriben temas tales como el análisis de la distribución de capacidades (el balance de poderes) y la conducta de los Estados, que queda determinada, en última instancia, por las características y la dinámica del sistema.

El realismo estructural dio origen a una teoría elegante, aunque sus críticos señalan algunas debilidades. Vale sin embargo adelantar una opinión. Al realismo estructural le hace falta una visión histórica más amplia y más detallada para así determinar con mayor precisión la función del sistema en determinado momento histórico, puesto que el realismo estructural considera que el sistema es siempre la variable independiente en el análisis de la política internacional.

En realidad, la historia pareciera indicar que existen épocas en las que el sistema es en efecto el que determina la conducta de los Estados, particularmente en la esfera de la paz y la guerra. La Primera Guerra Mundial sería un ejemplo ilustrativo de cómo el sistema condujo a la confrontación armada entre Estados que participaban de una serie de características comunes, pero que se vieron enfrentados por la dinámica de un sistema fundamentalmente competitivo, movido por las ambiciones del imperialismo en su momento cumbre.  

En claro contraste con el caso citado, el colapso de la Unión Soviética en la última década del siglo pasado, podría ser una instancia en la que el desempeño de los Estados resultó ser la variable independiente que determinó la transformación del sistema internacional. Evidentemente, probar esta hipótesis de la transmutación del sistema o de los Estados en variables dependientes o independientes, requeriría un detallado estudio de determinadas épocas. En todo caso, es evidente la interconexión entre el sistema como un todo y las unidades que lo componen.

El papel del sistema en el azaroso campo de la política ya ha sido tratado desde hace mucho tiempo, aunque fue Waltz quien le dio su más refinada expresión. En efecto, desde la época de la Ilustración, pensadores como Jean Jacques Rousseau ya señalaban la importancia del sistema de Estados como factor clave en la conducta de los actores internacionales.

La guerra, decía Rousseau, solamente se puede dar entre Estados, los cuales se enmarcan en un sistema donde prevalece la desconfianza mutua. El hecho de que actualmente en la arena internacional se puede dar la guerra entre determinados Estados y grupos no estatales, como los terroristas, quita mucha actualidad a las palabras de Rousseau acerca de que la guerra solamente puede ser un fenómeno interestatal. Sin embargo, vale recordar su criterio sobre el tema, pues la guerra no sería un asunto entre hombres, sino un asunto entre Estados. Los individuos son enemigos solamente de manera accidental, no como hombres, o ciudadanos, sino como soldados, no como miembros de un país sino como sus defensores. En suma, los Estados solamente pueden tener como enemigos a otros Estados y no a hombres o individuos porque la guerra en el sistema internacional tiene que ver con ambiciones enmarcadas dentro del realismo estructural de lo político.

En el caso de la guerra declarada por Rusia contra Ucrania, la dinámica de agresiones se desata entre la fortaleza de la Organización para el Atlántico Norte (OTAN), los Estados Unidos y gran parte de Europa occidental quienes, al defender a Ucrania, ponen en vilo la subsistencia de la fortaleza militar y política de Rusia junto con Vladimir Putin. Sólo el tiempo dirá cómo se van a definir las soluciones; sin embargo, el riesgo de un conflicto nuclear refuerza la idea donde debe imponerse un ganador y, en este caso, el actor con mayores riesgos de perder en el choque entre Estados, es, claramente, Rusia. El final del conflicto se observará en el desenlace militar que tiene lugar en medio de la violencia y no en las negociaciones diplomáticas.

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