EL SENTIDO TRÁGICO DE LA POLÍTICA



Es un hecho que los partidos políticos perdieron el monopolio de la representación y canalización de las demandas sociales y políticas, apareciendo nuevos espacios que privilegian más lo regional y local que el Estado Nacional. A su vez, en todo el mundo existe un proceso de transformación de lo que es la polis; es decir, aquel lugar donde se toman las decisiones respecto a la marcha de una sociedad.



            Hoy día aspiramos a reconstruir la política pero, al mismo tiempo, tratamos de fijarle barreras para evitar que ésta se involucre con todo y atropelle con corrupción. La política necesita contrapesos; el poder no puede hacer lo que quiera y los políticos tampoco pueden tratar los ámbitos públicos como si fueran privados. Esta necesidad de limitar el poder de los políticos hizo promover la eliminación del monopolio de la representación a través de los partidos. Sin embargo, esta reforma de los partidos trae el surgimiento de espacios también autoritarios de ejercicio del poder. Así nacen algunos líderes mesiánicos en los ámbitos locales y tótems imbatibles en las regiones con tradición caudillista que pueden ser un revés para la administración del aparato público.

            Esto fue igualmente visible en el caso peruano y brasileño donde todo terminó mal, precisamente por la irrupción de outsiders: gente que ingresa a la política pero que viene fuera de ésta, personas que tienen éxito en el mundo de los medios de comunicación, los negocios o los sindicatos, pero en el ámbito del sistema político sucumben ante la corrupción, como el caso Fernando Collor de Melho (presidente de Brasil 1990-1992) o las acciones dictatoriales de Alberto Fujimori (presidente de Perú 1990-2000). La crisis del sistema político en Bolivia y la incapacidad de renovación democrática en el liderazgo de derecha e izquierda, expresan diferentes formas huecas que no pueden transformar el ámbito de lo político.



Allí donde el sistema de representación pierde legitimidad, es muy probable que los liderazgos carismáticos y personalistas que vienen de otras dimensiones –no de la política– ocupen el espacio político. La gravedad actual de la crisis hace que la sociedad civil rechace del mismo modo a los outsiders, los cuales podrían tender a desaparecer, por lo menos en teoría, en cuanto el sistema de partidos y el sistema político de representación formal vuelvan a ser legítimos. Es decir, que los partidos discutan aquellas cosas que tiene que discutir pues no van a desterrar los liderazgos autoritarios de corte mesiánico por arte de magia. Ahora bien, tampoco se trata de eliminar a los outsiders, sino de evitar que invadan el terreno de la política, así como se trata de que la política no invada el ámbito de la vida privada de cualquier ciudadano.

            Los outsiders deben comprender que  su legitimidad, cultivada en un escenario fuera de la política, no es trasladable al ejercicio del poder y la administración estatal. Allí donde brota una crisis del sistema de partidos, la gente usa o promueve líderes carismáticos para el ámbito que requieren pero, generalmente, no convierte su apoyo en votos y, por lo tanto, la participación de las múltiples agrupaciones ciudadanas constituye una superficie deleznable porque en lugar de representar los intereses colectivos y nacionales, podrían copar espacios para la satisfacción de gustos restringidos, haciéndonos tropezar con el sentido trágico de la política.

            La política como tragedia significa que hoy no se puede reconstituir la idea de polis, Estado y sistema de partidos, desvaneciéndose las posibilidades de recuperar las formas de consolidación democrática porque grandes segmentos de la ciudadanía parecen buscar a la política solamente para ganar dinero, insertarse de mejor manera en el mercado y consumir; es decir, estamos en un ciclo histórico donde se desvalorizó la política, degeneraron las acciones colectivas y el sistema de representación se convirtió en un negocio que degradó a la autoridad. La política es ahora una actividad mediocre, anti-cívica y finalmente, trágica que muestra la destrucción del honor para no comprometerse con los intereses de lo público y la sociedad democrática.

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