LA IMPLOSIÓN DE LAS DEMOCRACIAS OLIGÁRQUICAS EN EUROPA

 

Los conflictos en Francia son prácticamente imparables. Todo comenzó el 17 de septiembre mediante bloqueos estudiantiles en el liceo Saint-Exupéry, ubicado en Créteil (una región metropolitana de París), para protestar por la escasez de profesores y el deterioro de las infraestructuras escolares. La violencia escaló a tal extremo que la crisis ahora expresa el hundimiento de las estructuras de la “civilización política” que creyó haber convertido la democracia liberal en un destino irreversible de la historia.

Francia es un ejemplo de cómo las democracias occidentales europeas, no están amenazadas porque hayan desaparecido las elecciones, sino porque el poder económico, la integración de los mercados y la concentración de las decisiones oligárquicas vaciaron de contenido la soberanía popular, sin abolir formalmente las instituciones democráticas. Francia es un escenario para examinar una contradicción política difícil: el choque entre la crisis de representación, la conflictividad social, el debilitamiento de los partidos tradicionales y la dificultad de conciliar las promesas del Estado de bienestar con las restricciones de la economía globalizada. Todo está desmoronándose debido a los impactos negativos de la “lógica oligárquica” en toda Europa.

A comienzos del siglo XXI, cuando Rusia abandonaba los escombros de la Unión Soviética, los términos “oligarcas y oligarquías”, adquirieron una fuerza inusitada, pues designaban a un puñado de empresarios que habían acumulado fortunas colosales durante la privatización de los bienes públicos, convertido la riqueza en influencia política y aprendido a tratar al Estado como una prolongación de sus intereses particulares. La democracia rusa nació bajo la sospecha de que el dinero había comprado demasiado pronto las instituciones que debían limitarlo.

La posterior consolidación autoritaria de Vladimir Putin modificó aquella relación de fuerzas. Los oligarcas no fueron simplemente expulsados del poder para que triunfara la democracia; el nuevo régimen subordinó a los grandes empresarios, restringió la competencia política y concentró el poder en torno al Kremlin. La experiencia rusa dejó una lección amarga: una oligarquía debilita y destruye la democracia, pero su derrota no garantiza la libertad cuando el poder económico es reemplazado por una autoridad estatal sin controles efectivos.

Lo extraordinario es que, un cuarto de siglo después, la palabra oligarquía vuelve a adquirir pertinencia para interpretar la crisis de las democracias occidentales en Europa. Ya no se trata de reproducir mecánicamente la historia rusa en Europa, sino de reconocer una contradicción que el optimismo liberal prefirió mantener en segundo plano: la expansión del mercado mundial, la integración financiera y la concentración de la riqueza, no conducen a una ampliación equivalente de la ciudadanía democrática. Francia constituye uno de los escenarios más reveladores de esta contradicción.

La crisis de representación, la fragmentación parlamentaria, la conflictividad callejera y la presión sobre las finanzas públicas, muestran las dificultades de sostener un orden político que promete bienestar, exige disciplina fiscal y, simultáneamente, encuentra mayores obstáculos para producir acuerdos legítimos sobre quién debe pagar los costos de la transformación económica.

La crisis francesa no puede reducirse al desgaste personal de Emmanuel Macron, a los errores tácticos de su presidencia, ni tampoco a la rivalidad entre la izquierda y la derecha nacionalista. Esos elementos importan, pero expresan un problema mucho más grande: la dificultad de traducir la legitimidad electoral en una capacidad efectiva de gobernar una “sociedad dividida” que no puede hacer frente a las nuevas oligarquías financieras, por ejemplo.

La disolución parlamentaria de 2024, contribuyó a fragmentar la Asamblea Nacional y debilitó la posición del bloque presidencial. Desde entonces, la formación de mayorías estables y la aprobación de presupuestos políticamente sostenibles se convirtieron en obstáculos destructivos. La controversia sobre los recortes, las pensiones, los servicios públicos y el déficit presupuestario expuso una contradicción que atraviesa toda Europa contemporánea: los gobiernos necesitan contener sus compromisos financieros, pero los ciudadanos no aceptan fácilmente que el precio de ese ajuste recaiga sobre los derechos y condiciones de vida considerados “conquistas históricas”. Las oligarquías están conformes con los conflictos y, simultáneamente, tratan de que los mediadores democráticos desactiven los problemas, pero sin afectar los intereses oligárquicos en las finanzas, la economía petrolera y las transnacionales que diseñan la nueva ecología de la Inteligencia Artificial.

En octubre de 2026, la violencia callejera, los cuestionamientos a la capacidad gubernamental para mantener el orden y el deterioro de la autoridad presidencial, se combinaron con el miedo de los mercados ante el endeudamiento y la incertidumbre política. Francia está atrapada entre dos exigencias difíciles de reconciliar: los acreedores reclaman señales de disciplina presupuestaria, mientras numerosos ciudadanos exigen que el Estado siga garantizando protección social, seguridad material y servicios públicos.

El problema no consiste en que los gobiernos democráticos en Francia, España, Italia, Albania, Croacia o Serbia tengan dificultades para obtener una mayoría parlamentaria. El eje de todo radica en que las decisiones económicas responden a una racionalidad oligárquica que la ciudadanía no puede modificar fácilmente mediante el voto. Si cualquier programa político termina subordinado a la reacción de los mercados financieros, a las exigencias de competitividad internacional y a la necesidad de tranquilizar a los inversores, ¿hasta dónde llega realmente la soberanía popular?

Esta pregunta no implica que los mercados sean una conspiración, ni que la responsabilidad fiscal carezca de importancia. Un Estado endeudado enfrenta restricciones materiales que ninguna retórica puede abolir. Sin embargo, reconocer esas restricciones no obliga a aceptar que las decisiones distributivas deban quedar sustraídas de la deliberación democrática. Un presupuesto nunca es un documento exclusivamente contable, sino que determina qué necesidades serán atendidas, qué derechos tendrán financiación y qué grupos sociales sufrirán los sacrificios.

Por lo tanto, la crisis francesa revela que las elecciones producen representación, pero no necesariamente capacidad de decisión. Los gobiernos anuncian reformas, pero no logran construir consensos duraderos; los ciudadanos protestan, pero la protesta tampoco produce por sí misma una alternativa estable. El resultado es una acción política que oscila entre la impotencia parlamentaria, el decisionismo presidencial y la tentación de soluciones autoritarias.

Francia, patria histórica de la ciudadanía moderna, la soberanía popular y los derechos universales, descubre que las instituciones democráticas pueden sucumbir frente a nuevas oligarquías, mientras disminuye la confianza en la capacidad de cualquier democracia para transformar la vida colectiva.



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