Hay ejercicios intelectuales que parecen sencillos.
Uno de ellos consiste en imaginar que la inteligencia artificial no existe. No
porque debamos ignorarla, ni porque sea posible regresar a un mundo anterior a
ella, sino porque necesitamos recuperar una pregunta que podría perderse entre
tantas respuestas disponibles: ¿qué significa educarse?
Antes de preguntarnos cómo cambiará la inteligencia
artificial la educación, convendría detenernos un momento y pensar cómo
entendíamos la educación cuando el conocimiento todavía exigía tiempo,
conversación, memoria, lectura, ensayo, error y paciencia. No para idealizar el
pasado, sino para recordar que aprender nunca fue simplemente recibir
información.
Quizá una de las mejores puertas de entrada para esta
reflexión se encuentre en el filósofo griego, Sócrates (470 a.C.-399 a.C). El
filósofo ateniense no dejó libros, no diseñó un currículum, ni escribió un
manual sobre métodos pedagógicos. Caminaba, preguntaba, escuchaba y volvía a
preguntar. Su instrumento educativo fundamental era el “diálogo”. Y detrás de
cada pregunta había una provocación: ¿realmente sabes aquello que dices saber?
El método socrático, la mayéutica (dar a luz el bien y
la verdad), partía de una paradoja extraordinariamente moderna: el maestro no
es quien posee todas las respuestas. Puede ser, más bien, quien ayuda al otro a
descubrir las preguntas que todavía no sabe formular. Sócrates no entregaba
soluciones terminadas, obligaba a buscarlas. Aquí aparece una cuestión
fundamental para la educación del siglo XXI: ¿qué ocurre con el aprendizaje
cuando desaparece el esfuerzo de
encontrar una respuesta?
Aprender no es
recibir una respuesta
Durante mucho tiempo hemos confundido educación con
acumulación. Más información, más contenidos, más materias, más libros, más
tareas o más exámenes. El estudiante aprende cuando puede repetir aquello que
el profesor explicó y cuando consigue reproducir correctamente aquello que
aparece en un texto. Pero saber algo y haberlo aprendido no son, necesariamente,
la misma cosa.
Existe una gran diferencia entre recibir una respuesta
(previamente memorizada) y descubrirla.
Cuando alguien resuelve por sí mismo un problema matemático después de
equivocarse varias veces, ocurre algo distinto de lo que sucede cuando
simplemente observa el procedimiento correcto. Cuando un estudiante escribe un
ensayo después de haber dudado, leído, discutido y cambiado de opinión, su
relación con ese conocimiento es diferente de quien simplemente reproduce una
explicación ajena.
El esfuerzo es parte del aprendizaje y genera cierta dificultad
que obliga a pensar. El error obliga a revisar, la duda obliga a preguntar, la
contradicción obliga a argumentar y la búsqueda de una solución construye algo
que ninguna respuesta inmediata puede entregar completamente: la experiencia
intelectual de haber llegado hasta ella. Por eso la mayéutica socrática
conserva una fuerza extraordinaria para hablar, contrastar, encontrar
contradicciones y esclarecer problemas.
Sócrates hacía preguntas porque sabía que una persona
puede memorizar una respuesta sin comprender el problema que esa respuesta
intenta resolver. Educarse debería significar, en gran medida, aprender a
descubrir por esfuerzo propio. Descubrir que una idea que parecía evidente
puede ser falsa. Descubrir que dos personas inteligentes pueden pensar de
manera diferente. Descubrir que una pregunta aparentemente sencilla puede
esconder un problema enorme. Descubrir que no sabemos y, finalmente, descubrir
que pensar consiste en permanecer durante un tiempo dentro de la “incertidumbre”.
Alguien cuestionará diciendo: casi todo ya se sabe,
pues las revoluciones de la ciencia y los conocimientos han hecho
descubrimientos donde hay poco que develar. Sí, pero no es lo mismo acceder a
la información rápidamente y repetirla, que esforzarse por buscar, estimular la
curiosidad y redescubrir con los propios ojos algo que, a pesar de que muchas
cosas ya se saben, uno mismo es capaz de reinterpretar los conocimientos y
redefinirlos para seguir aprendiendo.
La escuela, universidad y cualquier espacio educativo
deberían ser lugares donde sea posible experimentar las incertidumbres del
conocimiento y los aprendizajes sin miedo. Sin embargo, muchas veces hacemos
exactamente lo contrario. Queremos respuestas expeditas, resultados
cuantificables y soluciones inmediatas. Transformamos el aprendizaje en una
carrera contra el tiempo. Preguntamos cuánto aprendió el estudiante, pero pocas
veces preguntamos cuánto aprendió a pensar por sí mismo.
La diferencia es decisiva. Una educación
verdaderamente formativa no debería producir únicamente personas capaces de
contestar preguntas. Debería producir personas capaces de formular preguntas
nuevas porque es ahí donde comienza el verdadero conocimiento. Y mejor si este
esfuerzo se realiza “dialogando” con maestros, colegas, científicos y todos.
El maestro como
interlocutor
La figura del maestro también necesita ser repensada. El
maestro no pierde importancia porque los estudiantes puedan encontrar
información en múltiples lugares. Al contrario, su función intelectual puede
hacerse todavía más profunda. Ya no se trata solamente de transmitir
conocimientos, sino de ayudar a distinguir entre información y conocimiento,
entre opinión y argumento, entre una respuesta cómoda y una respuesta razonada.
El maestro puede convertirse en aquel eje de aprendizaje que incomoda
intelectualmente.
El que pregunta: ¿por qué?, mientras el estudiante
responde: porque es así, genera entonces una nueva pregunta: ¿y cómo lo sabes? Así
se va desarrollando la educación dialogada. No porque aparezca inmediatamente
una respuesta correcta, sino porque el estudiante descubre que necesita
justificar aquello que piensa y es capaz de conversar para aprender. Ese
pequeño movimiento —pasar de afirmar a argumentar— puede ser una de las
operaciones intelectuales más importantes del proceso educativo.
Hay otra dimensión que merece ser recuperada. Pensar
exige cierta soledad, no una soledad triste suspendida en el vacío, sino tener
un espacio interior en el que una persona puede enfrentarse con una idea sin
que alguien le entregue inmediatamente una conclusión. Leer un libro difícil,
así como resolver un problema, escribir una página y descubrir que no funciona.
Volver a empezar, permaneciendo durante horas con una pregunta. Ese tiempo,
aparentemente improductivo, puede ser muy fecundo y, por lo tanto, la educación
contemporánea debe protegerlo.
Una persona que nunca tuvo que luchar intelectualmente
con un problema difícil puede acumular conocimientos y, sin embargo, carecer de
autonomía intelectual. La autonomía no consiste en saberlo todo; consiste en
pensar cuando nadie está pensando por nosotros.
El diálogo como
arquitectura del conocimiento
El complemento posterior después del “pensamiento en
soledad” es el diálogo educativo. Sócrates no defendió una educación solitaria;
su instrumento era el coloquio, pues pensamos también junto con otros. Una
buena conversación puede destruir una certeza falsa y construir una idea mejor.
El diálogo obliga a escuchar aquello que contradice nuestras propias
convicciones y permite descubrir los límites de nuestro razonamiento. Por esto,
una clase debería ser algo más que un lugar donde solo una persona habla y las
demás toman apuntes. Debería ser una pequeña comunidad intelectual donde se
pueda preguntar, disentir, equivocarse, argumentar, escuchar y volver a dialogar.
Aquí está una de las grandes tareas de la educación en
el siglo XXI: formar personas capaces de conversar inteligentemente en
sociedades cada vez más fragmentadas. No basta con saber leer y escribir, hay
que aprender a escuchar. No basta con tener una opinión, hay que aprender a
justificarla. No es suficiente defender una idea, hay que aprender a
modificarla cuando aparecen mejores argumentos. Esto es educarse.
Existe una tentación permanente en la educación: encontrar
soluciones demasiado pronto. Sin embargo, una solución rápida puede ser
pedagógicamente pobre si impide comprender el problema. El niño que pregunta
por qué el cielo cambia de color, está iniciando un camino intelectual. El
adolescente que intenta comprender una injusticia, está entrando en el terreno
de la filosofía política. El estudiante que no entiende una ecuación, está
enfrentándose a un límite de su propio razonamiento. En todos estos casos, la
respuesta inmediata puede cerrar una puerta. La pregunta adecuada es capaz de
abrirla.
La educación debería aprender nuevamente a estimular
el tiempo de las “preguntas”; no todo tiene que resolverse inmediatamente. Hay
conocimientos que requieren maduración. Hay ideas que necesitan silencio. Hay
problemas que solo comienzan a enseñarnos algo cuando descubrimos que no
sabemos resolverlos. La educación es aprender a convivir con esas dificultades,
pacientemente.
Educarse no consiste solo en adquirir conocimientos; radica
en convertirse, progresivamente, en alguien capaz de buscar conocimientos por
sí mismo. Una persona educada no es aquella que tiene una respuesta para cada
pregunta. Puede ser aquella que sabe reconocer una buena pregunta, investigar
antes de opinar, escuchar antes de juzgar, argumentar antes de afirmar y
aceptar que puede estar equivocada.
Esto convierte a la educación en algo más profundo que
una preparación para el mercado laboral. Educarse es construir una relación con
el mundo. Es aprender a mirar, distinguir, comparar, volver a preguntar, imaginar,
recordar, dudar de lo fácil y también crear; comprender que ninguna generación
recibe el mundo terminado, pues los jóvenes tienen que reinterpretarlo
nuevamente.
Volver a Sócrates
Pensar como si la inteligencia artificial no existiera
nos permite recuperar una pregunta esencial, antes de discutir sobre cualquier
tecnología educativa. ¿Qué queremos que ocurra dentro de la mente de una
persona cuando está aprendiendo? Si la respuesta es solamente que encuentre
rápidamente la información correcta, habremos reducido la educación a una
técnica de eficiencia. Si esperamos que memorice contenidos, habremos reducido
la educación a una acumulación. Pero si queremos que aprenda a pensar, entonces
necesitamos algo más difícil: permitirle equivocarse, preguntar, investigar,
discutir, imaginar hipótesis, buscar soluciones y experimentar la satisfacción
—y la frustración— de descubrir algo por sí mismo.
Ese era el secreto de Sócrates: no enseñar a sus
discípulos qué pensar, sino obligarlos a descubrir cómo pensar. Quizás la
educación del siglo XXI tenga que recuperar precisamente esa humildad. Antes de
correr detrás de las herramientas tecnológicas, deberíamos fortalecer el
esfuerzo por pensar de manera autónoma y conversar con los maestros, padres de
familia y expertos para consolidar una formación integral sin tecnologías.
Antes de celebrar la velocidad, deberíamos recordar el valor de la paciencia. Antes de buscar respuestas, deberíamos recuperar las preguntas. Y antes de enseñar a los estudiantes a encontrar soluciones, deberíamos permitirles experimentar algo que parece extraño en la actualidad: el placer de haber descubierto una solución que nadie les entregó. En ese pequeño instante en que una persona comprende algo después de haber luchado intelectualmente para entenderlo, ocurre una de las experiencias más profundas de la educación. Y quizás Sócrates, caminando nuevamente por las calles de cualquier ciudad, volvería a preguntarnos: ¿pero estás seguro de que sabes qué significa educar? ¿Qué aprendiste realmente? ¿Estás seguro de eso? ¿Por qué?
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