PISA Y LA EDUCACIÓN LÍQUIDA COMO ESPECTÁCULO

 

Hay algo extraño en la manera como el mundo contemporáneo recibe los resultados de PISA 2025, el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes, una prueba global de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Cada vez que aparecen nuevas cifras, los medios de comunicación descubren una catástrofe que, aparentemente, nadie vio venir. Los países son ordenados como una pirámide jerárquica, las tablas se convierten en titulares, los políticos buscan culpables y los expertos aparecen en la televisión para explicar por qué unos estudiantes están arriba y otros abajo. Durante varios días, la educación mundial se reduce a una clasificación. Después, el espectáculo desaparece.

Las escuelas continúan allí; los maestros vuelven a sus aulas; los estudiantes regresan a sus teléfonos, sus familias, sus dificultades económicas, sus rutinas culturales y sus eternos estímulos digitales. Nada cambia. Esta contradicción debería obligarnos a formular una pregunta: ¿para qué utilizamos realmente PISA?

La pregunta no supone negar el valor de la evaluación comparada. Una sociedad que no mide sus aprendizajes está condenada a discutir desde la intuición, el deseo o la ideología. PISA aporta información relevante sobre determinadas competencias de estudiantes, de alrededor de 15 años y permite observar tendencias, comparar sistemas y detectar dificultades. El problema aparece cuando transformamos esa fotografía estadística en una película completa sobre la educación de un país.

Una prueba muestra cómo se desempeña una población estudiantil en determinadas competencias y bajo determinadas condiciones. No puede, por sí sola, explicar toda la escuela, la cultura, la terrible desigualdad, la formación docente ni todas las experiencias de aprendizaje. Sin embargo, eso es precisamente lo que suele hacer el espectáculo de los medios de comunicación y las redes sociales.

La educación convertida en ranking

El mecanismo es sencillo. Primero se realiza una medición técnicamente sofisticada. Después se construye una tabla, luego se ordenan los países y finalmente aparece una tabla que se convierte en noticia. La complejidad educativa queda reducida a una “posición” y puntajes. Un país “sube”. Otro “cae”. Uno “fracasa”. Otro “triunfa”. La estadística termina convertida en una especie de campeonato mundial de la inteligencia escolar.

Aquí aparece una contradicción. La evaluación fue concebida para producir información que permita comprender mejor los sistemas educativos, pero la lógica mediática necesita exactamente lo contrario: simplificar la información para convertirla en el nuevo espectáculo. La educación deja de ser un problema de aprendizaje y se transforma en una competencia entre países.

Es difícil no advertir una dimensión comercial. PISA forma parte de una poderosa economía internacional de la medición educativa: pruebas, consultorías, sistemas de información, rankings, publicaciones, seminarios, asesorías y políticas públicas construidas alrededor de indicadores comparables. Esto no significa que sus resultados sean falsos, ni que exista, necesariamente, una conspiración detrás de ellos. Significa algo más sencillo: las mediciones también generan mercados de asesoría, agendas institucionales y productos de conocimiento.

Los indicadores terminan adquiriendo vida propia. Y entonces ocurre lo que ya conocemos en otros ámbitos de la sociedad contemporánea: aquello que debía ser un instrumento para resolver problemas de educación, comienza a comportarse como un fin en sí mismo.

Bauman y el aprendizaje en una sociedad líquida

Aquí resulta especialmente sugerente volver al sociólogo británico, Zygmunt Bauman, que estudia la modernidad líquida del siglo XXI: una sociedad donde las instituciones, las relaciones sociales, las identidades y los proyectos han perdido buena parte de la estabilidad que caracterizaba a la modernidad sólida de los años 60 al 90. Lo permanente se vuelve provisional. La continuidad es sustituida por la adaptación. El individuo debe aprender a moverse en un mundo donde las condiciones cambian antes de que pueda acostumbrarse a ellas.

Miles de escuelas, sin embargo, continúan funcionando con la lógica de otro tiempo. Todavía organizamos el aprendizaje alrededor de horarios, grados, materias, calendarios, contenidos y evaluaciones periódicas. Pretendemos medir conocimientos relativamente estables, pero en una sociedad donde la información se transforma a una velocidad extraordinaria.

El estudiante contemporáneo vive una contradicción profunda. En la escuela se le pide concentración; fuera de ella encuentra interrupciones permanentes. En la escuela se le exige profundidad; mientras que el ecosistema digital premia la velocidad. En la escuela se le reclama memorizar y comprender; cuando las plataformas le ofrecen respuestas instantáneas. En la escuela se le demanda construir una identidad intelectual, pero la cultura contemporánea le exige reinventarse constantemente.

No estamos simplemente frente a un problema de matemáticas, lectura o ciencias; estamos frente a una transformación del ambiente cultural de los aprendizajes. Y ésta es una dimensión que ningún ranking o medición puede capturar completamente.

El problema no está dentro del aula

Tal vez cometimos un error al buscar la explicación de los resultados educativos exclusivamente dentro de las escuelas. ¿Qué ocurre con una sociedad que tiene cada vez menos tiempo para conversar con sus hijos? ¿Qué ocurre con familias sometidas a jornadas laborales extensas? ¿Qué ocurre cuando la atención se convierte en mercancía y las plataformas digitales compiten permanentemente por ella? ¿Qué ocurre cuando leer un libro durante una hora parece una actividad demasiado larga, frente a la sucesión infinita de imágenes, mensajes y videos de las redes sociales? Todo fluye vertiginosamente, todo es líquido.

El niño llega al aula después de haber vivido varias horas dentro de un ecosistema cultural más dinámico y con múltiples fuentes de información y saberes. El maestro recibe solamente una parte de ese niño. Por eso resulta insuficiente decir que una escuela tiene malos resultados porque “los profesores enseñan mal” o porque “el currículo es malo”. Puede ser cierto en determinados casos, pero la explicación es mucho más amplia. La escuela no educa sola porque hay varios actores. La familia educa. Los medios educan. Internet educa. Las redes sociales educan. Los amigos educan. La publicidad educa. El mercado educa. La cultura política educa. La arquitectura de las plataformas digitales educa, porque moldea aquello a lo que prestamos atención y aquello que rápidamente abandonamos como, por ejemplo, el libro impreso.

La sociedad líquida de Bauman no produce únicamente consumidores líquidos. También genera aprendizajes líquidos: fragmentados, rápidos, discontinuos y fácilmente sustituibles. Entonces aparece una pregunta que PISA no puede responder: ¿estamos ante un fracaso de la escuela o ante una transformación cultural mucho más profunda del modo en que los seres humanos aprenden? Es un cambio de época muy profundo donde ni las escuelas, ni los especialistas de PISA tienen un lugar, pues la educación del siglo XXI está es manos de la Inteligencia Artificial y de esfuerzos cada vez más descentralizados y pluralistas, que rompen con cualquier intento de ranking o evaluación como fotografía estática.

PISA es una foto, no una película ni un apocalipsis

El informe de PISA 2025, muestra datos fundamentales en el desempeño académico de los jóvenes de 15 años, dentro de las áreas de lenguaje, escritura, matemáticas, ciencias y habilidades computacionales. Sus datos señalan un retroceso en varios países de la OCDE y de América Latina; entre los que tienen puntajes más bajos están Guatemala, El Salvador, Paraguay y Argentina. En Europa, no les fue bien a España, Francia, Suecia e incluso a Finlandia y Alemania; sin embargo, PISA es solo una fotografía. Una foto puede ser extraordinariamente útil. Expresa algo que no se observa con simples diagnósticos cualitativos y, además, permite comparaciones. Puede revelar tendencias y recomendar a los gobiernos que abandonen discursos complacientes para reformular las políticas educativas.

El problema de las fotografías en cuanto a medición de los aprendizajes, descansa en que siguen siendo una imagen estática de la realidad. Por lo tanto, no es prudente convertir a PISA en una película completa de cualquier escenario educativo. Los resultados corresponden a una población determinada, a competencias específicas y a un cierto momento (cada tres años).

Las diferencias entre los países pueden estar relacionadas con numerosos factores: condiciones socioeconómicas, desigualdad, políticas educativas, características institucionales, formación docente, cultura familiar, asistencia escolar y composición de la población evaluada. Por eso, los indicadores necesitan ser explicados dentro de su “contexto”. Un resultado malo o deficiente debe producir la necesidad de ejecutar una mayor investigación, no solamente indignación. Una caída en los aprendizajes debe producir preguntas, no únicamente sospechas en cuanto quiénes serían los eventuales culpables de la mala educación.

La posición dentro de un ranking debería abrir una reflexión sobre cómo aprender, no cerrar la conversación mediante la etiqueta de “país exitoso” o país con “fracasos constantes”. El verdadero peligro de PISA aparece cuando la medición deja de ser un instrumento estadístico para conocer la realidad y se convierte en la realidad misma.

¿Quién mejora después de conocer los resultados?

Esta es la pregunta fundamental. Después del enorme pánico producido por los resultados (los jóvenes ya no leen y, asimismo, comprenden menos, escriben mal y fallan en el razonamiento lógico), debemos reflexionar en torno a lo siguiente: ¿qué sucede concretamente en las escuelas? ¿Se modificará la formación de los profesores? ¿Se identificarán las dificultades específicas de aprendizaje de cada estudiante para que puedan salir adelante? ¿Se desarrollarán sistemas de alerta temprana? ¿Se podrá intervenir antes de que el niño acumule años de rezago? ¿Se mejorará la enseñanza de la lectura y las matemáticas en América Latina? ¿Se acompañará pedagógicamente al maestro? ¿Se fortalecerá la educación inicial? ¿Se trabajará también con las familias? ¿Se reorganizará el tiempo escolar? ¿Se construirán mejores instrumentos de evaluación formativa?

Si la respuesta es no, entonces se realizó una extraña operación burocrática: se midió el problema, sin saber si se va a intervenir apropiadamente sobre él. Esto transforma a la evaluación en una ceremonia. Medimos, publicamos, comentamos, discutimos y olvidamos, hasta que llega la siguiente prueba PISA.

La presencia de la inteligencia artificial (IA)

Aquí aparece una segunda problemática histórica. Mientras seguimos utilizando pruebas estandarizadas para medir las capacidades de los estudiantes, la inteligencia artificial (IA) comienza a realizar algunas de las tareas cognitivas que esas pruebas intentan capturar. La IA resuelve problemas matemáticos, resume textos, traduce, escribe ensayos, explica conceptos científicos y produce respuestas académicas en segundos. La frontera entre saber, buscar, interpretar y producir conocimiento está cambiando.

Esto no significa que la IA vuelva inútil a PISA; significa que obliga a reconsiderar qué entendemos por aprendizaje. Si una máquina puede proporcionar rápidamente una respuesta correcta, quizá la pregunta educativa fundamental ya no sea solamente: ¿puede el estudiante responder correctamente? Tal vez debamos preguntar también: ¿puede comprender el problema? ¿Puede formular una buena pregunta? ¿Puede verificar una respuesta cuando consulta la IA? ¿Puede distinguir información verdadera de información falsa? ¿Puede argumentar por sí mismo sin la IA? ¿Puede reconocer un error producido por una máquina? ¿Puede utilizar la IA sin depender constantemente de ella? ¿Puede crear conocimiento y tomar decisiones responsables? Estas capacidades son mucho más difíciles de medir con PISA.

El juez y el remedio

La cuestión se vuelve todavía más problemática cuando proponemos que la inteligencia artificial sea, simultáneamente, juez y remedio del aprendizaje. Primero utilizamos tecnologías algorítmicas para diagnosticar al estudiante. Después utilizamos otras tecnologías algorítmicas para enseñarle. Finalmente volvemos a utilizar sistemas algorítmicos para evaluar si aprendió. El círculo parece perfecto. Pero, precisamente, por eso debemos desconfiar.

Una tecnología que diagnostica, recomienda, enseña y evalúa puede terminar definiendo aquello que consideramos aprendizaje. El peligro no está en utilizar IA; el riesgo está en permitir que la tecnología determine silenciosamente los fines de la educación. La escuela no existe para producir seres humanos que respondan correctamente a las máquinas. Existe para formar personas capaces de pensar, juzgar, crear, convivir y actuar responsablemente, en un mundo que ninguna prueba puede “predecir” completamente.

La discusión debería abandonar la obsesión por saber quién está arriba y quién abajo en las pruebas PISA. La pregunta crucial no es qué país ocupa determinado lugar. Es otra: ¿qué estamos haciendo para que un niño o un joven, que hoy tiene dificultades de lectura, pueda leer mejor dentro de un año? Esta pregunta es menos espectacular. No produce grandes titulares, ni discusiones en los medios masivos de comunicación; no permite organizar fácilmente una tabla internacional; no ofrece la satisfacción inmediata de declarar vencedores y perdedores. Pero es mucho más cercana a la escuela.

Debemos intervenir cada día pensando en mejorar las escuelas, hablar con los docentes para obtener más compromisos, involucrar a las familias para que acompañen todo el tiempo a sus hijos en los aprendizajes de la escuela y de la vida. Así, PISA será solo un referente estadístico para mejorar y evitar que todo se convierta en una visión apocalíptica sobre la educación. La dirección es única: amar o apreciar a los estudiantes, a los hijos para que, con calma y tiempo de calidad, aprendan lo fundamental y sean hombres o mujeres éticos, valiosos y capaces de cambiarse a sí mismos.

Conclusiones: más allá de PISA

Necesitamos PISA, pero necesitamos mucho más que PISA. Necesitamos mediciones internacionales, pero también evaluaciones nacionales y locales. Necesitamos conocer tendencias, pero también diagnosticar individuos. Necesitamos comparar sistemas, pero también entrar en las aulas. Necesitamos estadísticas, pero también observar cómo aprende un niño. Necesitamos datos, pero también comprender a los maestros y a las familias.

Requerimos, sobre todo, dejar de confundir “medir la educación” con “mejorar la educación”. La crisis contemporánea no consiste en que algunas escuelas enseñan mal. La dificultad reside en que la escuela intenta construir aprendizajes duraderos dentro de una cultura que produce constantemente provisionalidad, velocidad y obsolescencia. PISA puede registrar una parte de ese fenómeno, pero no puede resolverlo.

La verdadera prueba no ocurre cada cierto número de años cuando se publica un ranking internacional, sucede cada mañana, cuando un maestro entra en un aula y un niño intenta comprender algo que ayer todavía no comprendía. Allí no hay rankings; no hay titulares y no hay países ganadores; hay solamente una pregunta central: ¿aprendió realmente el estudiante? Si la respuesta es no, el problema no se resuelve publicando las cifras de PISA, sino actuando de manera integral con los padres de familia, maestros convertidos en mentores y estudiantes que quieren aprender cada día, porque así se liberan a sí mismos, no solamente de la ignorancia, sino también de los vicios que la propia sociedad arrastra.

 



Comentarios