Cuando la negativa influencia de los robots abunda en Internet
(los programas informáticos diseñados para ejecutar tareas automatizadas y
repetitivas), diseminando campañas de desinformación,
nadie imaginó que la “veracidad de los hechos” y la información fehaciente estaban
a punto de desaparecer. Sin embargo, fue la filósofa, Hannah Arendt, quien
previó los fenómenos masivos de la mentira en política, ofreciendo algunas advertencias.
Para Arendt, la política necesita un mundo común: una realidad factual que,
aunque pueda ser interpretada desde perspectivas diferentes, no sea prefabricada
arbitrariamente. La mentira política adquiere una dimensión peligrosa cuando
deja de ser una excepción y empieza a destruir el terreno de los hechos sobre
el cual los ciudadanos puedan discutir.
Su preocupación por la propaganda, la mentira política
y la verdad factual resulta extraordinariamente pertinente hoy día. Según Arendt,
la democracia puede sobrevivir a la existencia de opiniones contradictorias,
puede salir adelante a pesar de los conflictos ideológicos; puede remontar obstáculos
incluso cuando los gobiernos malos agreden a las condiciones mínimas de
supervivencia de la población. Sin embargo, lo que difícilmente puede soportar
es la desaparición de un mundo común de hechos objetivamente existentes.
Si cada grupo dispone de una realidad factual
diferente, el desacuerdo deja de ser político y comienza a convertirse en
ontológico; es decir, ya no discutimos qué debemos hacer con la realidad, pues discutimos
sobre qué realidad existe. Para unos grupos podría surgir una realidad
completamente inventada por las redes sociales (la que defenderán con furia
narcisista), mientras que otro grupo tratará de comprender la realidad a partir
de datos factuales.
Así aparece el papel contemporáneo de los llamados
especialistas en comunicación política. No todos son propagandistas como lo
explicó Arendt. Muchos realizan un trabajo profesional legítimo y necesario, pero
existe una transformación preocupante: cuando la comunicación política deja de
ser un mecanismo para explicar decisiones públicas y se convierte en una
industria destinada a prefabricar percepciones, el comunicador ya no se
comporta como intermediario de información, sino como un publicista del poder. La
pregunta deja de ser ¿qué ocurrió?, para convertirse en ¿qué debemos conseguir
que la gente crea que ocurrió? Este es
un desplazamiento devastador, pues la mentira política, en la era de las redes
sociales y la Inteligencia Artificial (IA), busca desvanecer la realidad
compuesta de hechos y fenómenos verificables.
El comercio de la
opinión pública
Las campañas electorales y comunicacionales contemporáneas
se parecen cada vez más a campañas comerciales. Se segmenta el electorado, se
identifican emociones, se prueban mensajes, se estudian comportamientos, se
fabrican imágenes, se ensayan respuestas, se diseñan enemigos, se compran
espacios y medios de comunicación. Cada vez más se automatiza la producción del
contenido con robots que programan las mentiras. El ciudadano deja de ser entendido
como un sujeto político y comienza a ser tratado como un consumidor de cuentos
chinos.
La pregunta central ya no consiste en saber qué
piensa el ciudadano sobre el bien común; sino en identificar con qué estímulo
consigue miles de reacciones en las redes sociales. Por lo tanto, la política
abandona, progresivamente, la persuasión racional para ingresar en un escenario de
la atención que gira hacia la propaganda de las ficciones, apareciendo un fenómeno
patológico: la verdad puede ser comprendida lentamente, pero la mentira es
capaz de correr por Internet rápidamente.
El maldito modelo ruso
y su política de la inundación
Antes de los robots que automatizan millones de falsedades,
desmentir requería tiempo, explicar también necesitaba mucho tiempo. Ahora, fabricar
una mentira puede tomar segundos y reproducirla puede tomar menos tiempo que
investigarla. Aquí aparece una transformación: las operaciones de desinformación
vinculadas a Rusia han mostrado que no siempre es necesario conseguir que la
mayoría crea una mentira, ya que, a veces, basta con producir tantas versiones
contradictorias que nadie sepa qué creer. Esta es una diferencia fundamental,
pues la propaganda tradicional intentaba imponer una verdad oficial; sin
embargo, hoy en día, la desinformación contemporánea produce incertidumbre generalizada.
Las investigaciones sobre redes digitales vinculadas a
Rusia han documentado campañas destinadas, no solo a fabricar noticias falsas, sino
también atribuir falsamente mensajes a organismos públicos, utilizar robots y
amplificar discursos novelescos destinados a provocar miedo, desconfianza o
abstención electoral. El objetivo no siempre es: “cree esta versión”. También
puede ser: “ya no creas en nada”. Esta estrategia es más destructiva pues la
ciudadanía que cree una mentira puede, eventualmente, descubrir la verdad, pero
una opinión pública convencida de que toda verdad es una mentira posible, queda
políticamente paralizada.
La consecuencia es el cinismo generalizado y éste es
una de las condiciones ideales para la manipulación. Son estrategias de guerra
psicológica que ya las practicaba el servicio secreto de la KGB para la ex Unión
Soviética y ahora, gracias al dictador Vladimir Putin, la inteligencia
artificial industrializa el simulacro y la falsedad, matando la opinión pública
que antes necesitaba fuentes fehacientes para mirar de frente a la verdad
factual.
La IA introduce una dimensión completamente nueva ya
que la propaganda de hace 30 años necesitaba propagandistas; actualmente, la
propaganda digital necesita plataformas y la propaganda asistida por IA y
robots requiere simplemente una pequeña estructura, capaz de producir cantidades
gigantescas de contenidos: un video falso, una fotografía falsa, una voz falsa,
una entrevista falsa, una cuenta falsa y un supuesto periodista.
Todo puede
fabricarse ilimitadamente
Si todo puede prefabricarse para destruir la realidad
factual, la amenaza no consiste únicamente en caer en el agujero negro de las noticias
falsas; de hecho, varias experiencias electorales y comunicación política
distorsionada han mostrado que la desinformación es más amplia, incluyendo
contenidos maniobrados, imágenes fuera de contexto, falsificaciones simples y
amplificación algorítmica. La IA reduce radicalmente el costo de producirlos. Es
por esto que el problema no consiste en que los diferentes tipos de IA “mientan”,
sino que ésta puede hacer económicamente viable la producción masiva de falsificaciones.
Una farsa que antes necesitaba diez personas, puede ahora necesitar solo una;
asimismo, una propaganda que antes demandaba una imprenta, puede ahora requerir
un modelo generativo de lenguaje que es entrenado en la confusión, alucinación
y diseminación premeditada de múltiples mentiras políticas. La basura
informativa adquiere entonces una característica inédita: es, potencialmente,
ilimitada.
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