Hay una muerte que ocurre lentamente y por eso resulta
difícil de reconocer. No es la muerte física de los periódicos, aunque los
periódicos impresos estén desapareciendo. Tampoco es la crisis económica de las
empresas periodísticas, aunque sus ingresos y sus capacidades de investigación
hayan sido severamente debilitados. Es algo más profundo; la desaparición de
las condiciones sociales que hacían posible una opinión pública fundada en los hechos,
contrastes, investigación y responsabilidad política.
Durante buena parte de los años ochenta y noventa, la
democracia latinoamericana construyó una esfera pública imperfecta, pero
reconocible. Había periódicos con redacciones profesionales, periodistas que
investigaban durante semanas, editores que verificaban documentos, columnistas
que incomodaban al poder y medios de comunicación que, incluso cuando tenían
preferencias ideológicas, todavía necesitaban competir mediante la credibilidad.
Aquella esfera pública no era inocente; nunca lo fue, existían
propaganda, manipulación, corrupción, intereses empresariales, financiamiento
político oscuro y campañas electorales construidas alrededor de la imagen. La
diferencia fundamental es que la mentira todavía necesitaba vencer a la verdad,
dentro de un espacio donde la verdad tenía instituciones que la defendían. Hoy,
ese espacio se está desintegrando. El problema no consiste solamente en que
existan más mentiras, sino en que éstas han adquirido una infraestructura
industrial de producción y distribución con la llegada de la inteligencia
artificial (IA) y los bots que diseminan falsedades en las redes sociales.
El periodismo de investigación necesitaba tiempo,
documentos fehacientes, fuentes reales, archivos, llamadas telefónicas,
entrevistas, contraste de versiones y, sobre todo, periodistas capaces de
soportar semanas o meses de silencio,
antes de publicar una historia.
Todo al revés
Actualmente, se premia la velocidad, reacción
irreflexiva, indignación, imágenes impactantes y la capacidad de producir una
cantidad incesante de contenidos (inútiles y malintencionados). El valor de una
información deja de medirse por su verdad y comienza a medirse por su capacidad
de circular en Internet.
Esta transformación está documentada por el Digital News Report donde, en 2026, el Reuters Institute expresa que solo el
37% de las personas encuestadas dice confiar en las noticias la mayor parte del
tiempo, el nivel más bajo registrado desde que comenzó esta medición en 2015.
Al mismo tiempo, crece el consumo de noticias mediante redes sociales,
plataformas de video, creadores improvisados e interfaces de IA. Los viejos
periodistas fueron reemplazados o quedaron absorbidos por Youtube y Facebook,
creyendo que así informan, cuando solamente aparecen
en medio de millones de mentiras.
El resultado es catastrófico; nunca hubo tanta
información y, simultáneamente, nunca fue tan difícil distinguir entre información
y mentiras. El periodismo profesional perdió su monopolio en la formación de
una opinión pública responsable, mientras surgen miles de intermediarios que no
están obligados a verificar los hechos, influencers inescrupulosos y
periodistas que antes eran cuidadosos y hoy sucumben frente a las poses de “lo
más visto”. El periodista investigaba los hechos, pero hoy quiere ser
influencer para ganar audiencia a como dé lugar y dinero con cualquier
publicidad.
El escenario
manipulado con signos
El sociólogo francés, Jean Baudrillard, explicó que la
sociedad del capitalismo postindustrial estaba ingresando en una condición
donde los signos comenzaban a sustituir aquello que supuestamente
representaban. Todo es publicidad y los medios masivos de comunicación distorsionan
la comprensión de la realidad porque promueven el simulacro que funciona sin la necesidad de un original: los signos
comienzan a referirse unos a otros y construyen una realidad totalmente
simbólica. Esta visión resulta muy útil para comprender la política
contemporánea.
Un candidato ya no necesita demostrar que es competente
en una campaña electoral; necesita “parecer competente”. Un gobierno no requiere
solucionar un problema, sino producir la imagen
o el cuento novelesco de que está haciendo “algo”. Un ministro no necesita
demostrar resultados; precisa una narrativa que explique por qué los resultados
todavía no aparecen. Un asesor tampoco necesita tener autoridad democrática,
pues únicamente requiere acceso al poder y controlar una parte de la producción
simbólica.
Una campaña no necesita convencer mediante argumentos,
solo necesita producir suficientes videos, memes, encuestas, titulares,
fotografías y testimonios para crear la sensación de que algo está ocurriendo.
Por lo tanto, la política se convierte en una fábrica de signos que se alejan
de la realidad y muestran, en la mayor parte de los casos, solamente ficciones.
Cuando los signos están siendo suficientemente
repetidos, comienzan a adquirir la apariencia de hechos. La explicación de Baudrillard
llega a su punto extremo: ya no se fabrica propaganda para representar una
realidad; se fabrica una realidad para que la propaganda pueda representarla.
La mirada de José Ingenieros
El médico y ensayista argentino, José Ingenieros,
adquiere una actualidad inesperada. Su libro de 1904, La simulación en la lucha por la vida, escrito originalmente a
partir de sus investigaciones sobre la simulación de la locura, estudia la
conducta mediante la cual los individuos pueden presentarse como algo distinto
de lo que son. La simulación aparece relacionada con mecanismos de adaptación y
supervivencia. Si bien no sería correcto trasladar mecánicamente la teoría
médico-psicológica de Ingenieros al análisis de los políticos contemporáneos,
sí resulta intelectualmente fecundo utilizar su concepto como metáfora sociopolítica
de una época dominada por la representación de lo que no existe o no es como
parece ser.
A partir de Ingenieros, el incompetente puede fingir
experiencia, el jefe autoritario puede simular institucionalidad; el político corrupto
puede aparentar austeridad; el narcisista puede simular vocación de servicio; el
incapaz puede fingir tomar una decisión coherente. La política ha desarrollado
una industria especializada para convertir esas simulaciones en productos comunicacionales: las verdades
a medias y la farsa simulada como realidad.
Siguiendo a Ingenieros, la mediocridad personal puede
transformarse en grandeza escénica y la inseguridad puede convertirse en
agresividad. El vacío intelectual puede transformarse en consignas porque la
ausencia de resultados puede transmutar en una narrativa de persecución.
Finalmente, la incapacidad de gobernar puede ser el pretexto para encontrar
enemigos imaginarios y la política se transforma en una competencia entre
mentiras y bots tecnológicos que emiten mensajes falsos. Así llegan los consultores
internacionales que lo único que saben hacer, es engañar con el objetivo de eliminar a la
opinión pública.
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