Hay una razón muy clara para que Bolivia participe en el Programa
para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) de la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): romper el cerco
epistemológico de la educación tradicional y las incoherencias de una supuesta
descolonización. Si Bolivia pudiera adherirse a PISA, entonces tendría la
posibilidad de salir de su propio espejo.
Durante mucho tiempo hemos discutido la educación
boliviana mirando casi exclusivamente hacia adentro: nuestras leyes, discursos,
tradiciones, problemas políticos, reivindicaciones históricas y
particularidades culturales. Todo esto es importante, pero existe un peligro cuando
nuestra sociedad comienza a creer que su sistema educativo puede definirse
únicamente desde sí mismo.
Un adolescente boliviano de quince años no vive solamente
en Bolivia. Vive también en un mundo atravesado por inteligencia artificial,
cambio climático, migraciones, transformaciones tecnológicas, mercados
laborales globales, circulación instantánea de información, conflictos
geopolíticos, epidemias, redes sociales y nuevas formas de producción del
conocimiento. Su futuro profesional dependerá, en gran medida, de su capacidad
para comprender problemas que no tienen nacionalidad. Hoy día se requiere una
educación “global”.
El valor de PISA
PISA no pregunta solamente cuánto contenido escolar puede
recordar un estudiante. Su diseño busca conocer hasta qué punto los jóvenes
utilizan conocimientos, razonan, interpretan información, resuelven problemas y
aplican lo aprendido en situaciones nuevas. La misma OCDE señala que el
programa evalúa la capacidad de los estudiantes para extrapolar y aplicar
conocimientos en contextos desconocidos, dentro y fuera de la escuela.
La educación tradicional suele preguntar: “qué
aprendiste”. La educación globalizada del siglo XXI debe preguntar, además: “qué
puedes hacer con aquello que aprendiste”. PISA constituye una referencia
internacional para mirar la segunda pregunta.
Existe una crítica legítima a las evaluaciones
internacionales: ningún instrumento puede capturar toda la complejidad cultural,
histórica y social de un sistema educativo. PISA tampoco pretende hacerlo, pues
evalúa principalmente a los estudiantes de 15 años en lectura, matemática y
ciencias, incorporando incluso otros dominios en distintos ciclos, como el pensamiento
creativo y la alfabetización financiera. Por eso, sería absurdo convertir PISA en
un nuevo catecismo educativo. Pero tampoco tenemos que desprender la conclusión
contraria: Bolivia debería encerrarse en sus propios parámetros de medición de
calidad educativa.
Una cosa es cuestionar las limitaciones de un instrumento
y otra muy diferente es rechazar la comparación internacional. De hecho, la
comparación es uno de los mecanismos más poderosos para descubrir aquello que
un sistema educativo no consigue ver desde adentro. La UNESCO ha utilizado los
resultados de PISA para analizar tendencias, equidad y desafíos del aprendizaje
en América Latina y el Caribe, precisamente con la finalidad de aportar
evidencia para influir en las políticas educativas. La pregunta, entonces, no
debería ser: “¿PISA sirve o no sirve?” La pregunta más desafiante es: ¿qué
hacemos con la información que PISA nos proporciona?
Educación e identidades
Aquí aparece uno de los problemas más delicados del
debate boliviano. La globalización educativa no significa borrar las culturas
nacionales. Tampoco significa imponer una única forma de pensar. Significa
reconocer que existen conocimientos universales y competencias que ningún
sistema educativo puede ignorar para asumir los retos epistemológicos, con el
fin de estar a la altura de la ciencia universal y los problemas transnacionales
como la necesidad de erradicar la pobreza global o enfrentar el cambio climático.
La matemática no deja de ser universal porque se enseñe
en Bolivia. La física no se vuelve colonial porque Newton, Einstein o la
mecánica cuántica hayan sido pensadas fuera de América Latina. La biología no
deja de ser científica porque estudiamos ecosistemas bolivianos. La
programación informática no necesita ser “descolonizada” para que un joven
boliviano pueda competir intelectualmente con otro de Corea, Finlandia, Sudáfrica,
Canadá o Singapur.
La capacidad de leer críticamente, interpretar datos,
formular hipótesis y resolver problemas tampoco pertenece a una civilización
particular. Es parte de una imperiosa necesidad de educarnos para cultivar una
visión epistemológica que abra el pensamiento hacia una ciencia compleja y
orientada hacia la solución de problemas globales. El conocimiento puede tener
historia, pero la verdad científica no necesita pasaporte. Este debe ser uno de
los principios de cualquier renovación educativa en Bolivia.
El problema de la Ley
070
La Ley 070 Avelino Siñani-Elizardo Pérez, tuvo una
aspiración ilusoria y autocomplaciente: recuperar la identidad cultural,
reconocer a los pueblos indígenas, promover la interculturalidad y superar una
educación históricamente desigual. El problema comienza cuando esos objetivos
se mezclan con una concepción excesivamente política del conocimiento,
generando una especie de cerco o “camisa de fuerza” que preserva la ignorancia
local. La Ley 070 definió la educación como “descolonizadora, liberadora,
revolucionaria, anti-imperialista” y orientada a la reafirmación cultural de
los pueblos indígena-originario-campesinos; al mismo tiempo, proclamó que debía
ser científica, técnica, tecnológica, universal e intercultural, pero como una
hueca retórica. En el fondo se tenía miedo a la educación globalizada y se
contentaron con los oscurantismos localistas.
La contradicción aparece cuando la identidad cultural
deja de ser un punto de partida y comienza a convertirse en un límite epistemológico
para acceder al conocimiento universal. Una educación intercultural debería
decirle al niño boliviano: conoce quién eres, tu historia, tu lengua, tu
comunidad y, precisamente por eso, aprende también a comprender el mundo
entero. No debería decirle: conoce el mundo solamente desde tu identidad. La
diferencia parece pequeña, pero pedagógicamente es enorme.
Una auténtica educación descolonizadora debería liberar
al estudiante de cualquier forma de subordinación intelectual, incluida la sumisión
frente a una doctrina oficial: la de los ignorantes que nunca podrán estar a la
altura de los desafíos transnacionales. Descolonizar no debería significar reemplazar
un canon occidental por un canon indígena. Tampoco sustituir una visión del
mundo por otra. Mucho menos construir una lucha permanente entre “conocimiento
propio” y “conocimiento occidental”.
La verdadera emancipación intelectual consiste en conocer
todo y decidir críticamente qué aceptar, qué cuestionar y qué transformar. Un
estudiante que solo conoce su tradición está limitado; PISA tiene, precisamente,
esa virtud: obliga a mirar hacia afuera, a pesar de las tradiciones y contra la
voluntad enmohecida de aquellos que se mueren de miedo al mirar la
globalización de los conocimientos.
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