En 1926, Bertrand Russell publicó On Education, Especially in Early Childhood, (Sobre educación, la mejor
traducción es de la editorial Espasa Calpe, colección Austral). Cien años después, muchas de sus reflexiones siguen
siendo actuales. El británico Russell, premio Nobel de Literatura en 1950,
entendió que la educación no comienza cuando el niño entra a la escuela; comienza
antes: en la relación cotidiana entre el niño, sus padres y el mundo que lo
rodea. Hoy, la neurociencia y psicología del desarrollo ofrecen explicaciones
que permiten comprender con mayor precisión aquello que Russell apenas intuyó.
Releerlo no es un ejercicio de nostalgia intelectual, sino que puede ayudarnos
a pensar una educación más eficiente, más humana y, sobre todo, consciente de
que los primeros años de vida constituyen una oportunidad que no deberíamos
desperdiciar.
Un libro escrito
hace un siglo
Hay libros que envejecen porque están conectados
demasiado con su época. Otros sobreviven porque las preguntas que plantean son
más profundas que las respuestas disponibles cuando fueron escritos. On Education pertenece a esta segunda categoría;
Russell no escribió un tratado de administración educativa ni un manual para
profesores. Su preocupación era mucho más profunda: ¿qué significa educar bien
a un ser humano? Y para responderse a sí mismo decidió mirar donde durante
mucho tiempo la educación había prestado poca atención: la educación inicial en
los primeros años de vida.
En su concepción, la educación no debía reducirse a
transmitir conocimientos; tenía que formar carácter, curiosidad, autonomía,
capacidad de convivir y disposición para aprender. De hecho, Russell sostenía
que la educación del carácter debía comenzar desde el nacimiento y dedicó una
parte sustancial de su libro al primer año de vida, al miedo, al juego, a la
construcción, al afecto, al castigo, a la relación con otros niños y a la
escuela infantil.
Durante décadas, buena parte de las políticas
educativas latinoamericanas concentraron sus esfuerzos en la escuela formal:
matrícula, infraestructura, docentes, currículos, libros, evaluaciones y
presupuesto. Todo esto es indispensable, pero existe una pregunta anterior: ¿qué
ocurre con el niño antes de llegar a la escuela?
La educación
comienza antes de la escuela
Russell comprendió que esperar a que el niño llegue a
la escuela para educarlo es una reacción tardía. En 1926 afirmaba que los
primeros cinco años tenían una importancia mucho mayor de la que
tradicionalmente se les había atribuido y que ello aumentaba considerablemente
la importancia de los padres. Hoy podemos considerar que esa intuición fue
genial.
La arquitectura cerebral se construye progresivamente antes
del nacimiento y las experiencias tempranas proporcionan los fundamentos sobre
los cuales se desarrollarán aprendizajes posteriores. Durante los primeros años
se produce una extraordinaria cantidad de conexiones neuronales y las
experiencias repetidas fortalecen determinados circuitos. Esto no significa
caer en el determinismo de afirmar que “todo está decidido antes de los cinco
años”. La plasticidad cerebral continúa durante toda la vida. Russell quiso
explicar algo más razonable: los primeros años ofrecen una oportunidad
especialmente poderosa para construir las bases del desarrollo posterior, pero
no disponía de resonancias magnéticas, neurociencia cognitiva, ni estudios
longitudinales contemporáneos. Sin embargo, comprendió que el niño pequeño no
era simplemente un adulto incompleto que esperaba ingresar a la escuela. Era un
ser humano en una etapa decisiva de formación. Y estas son las razones por las
que Russell merece ser releído.
Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre
1926 y 2026. Hoy sabemos que el desarrollo infantil no depende solamente de
cuánto dinero gastamos en educación, ni de cuántas horas permanece un niño en
una institución educativa. Depende de la “calidad” de las interacciones que
mantiene con los adultos significativos.
La investigación contemporánea ha identificado la
importancia de las interacciones, denominada como “servir y devolver” (serve and return) como en el tenis: el
niño mira, señala, balbucea, pregunta, gesticula o expresa una emoción; el
adulto responde de manera sensible y permanente. Ese intercambio repetido
contribuye al desarrollo de las conexiones cerebrales y constituye una base
para el lenguaje, las habilidades sociales y aprendizajes posteriores.
Russell insistía en que el niño aprende haciendo,
explorando y enfrentándose a dificultades adecuadas a sus capacidades. El
adulto debe proporcionar oportunidades, estímulos y un ambiente que permita al
niño descubrir progresivamente por sí mismo. La ciencia actual permite
comprender por qué esa intuición es tan importante. Un niño no aprende solo
porque alguien le enseña. Aprende porque interactúa con personas, objetos,
lenguaje, emociones y situaciones que organizan progresivamente su experiencia.
Por lo tanto, la primera infancia no puede ser entendida únicamente como una
etapa de cuidado, es también una etapa intensiva de aprendizaje.
Padres educadores,
no espectadores
Aquí aparece una de las cuestiones más importantes
para nuestra época. Hemos construido sistemas educativos que hablan
constantemente de docentes, ministerios, escuelas, currículos y evaluaciones,
pero hablan muy poco de los padres. No se trata de culpabilizar a las familias
cuando no tienen tiempo de amar y educar, sino de reconocer su enorme
responsabilidad y, al mismo tiempo, de proporcionarles las herramientas
necesarias para enseñar desde que un niño nace.
Los padres son los primeros educadores porque tienen
las interacciones más frecuentes con el niño durante sus primeros años. La Organización
de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), así como la Organización Mundial
de la Salud (OMS), han desarrollado enfoques de “cuidado cariñoso y sensible”
que fortalecen las capacidades de los padres y cuidadores para responder a las
necesidades de salud, nutrición, protección, seguridad, aprendizaje temprano y
desarrollo socioemocional.
No deberíamos preguntarnos ¿qué debe hacer la escuela
por el niño?, sino más bien ¿qué pueden hacer los padres todos los días para
construir las bases del aprendizaje? Hablar con el niño, leerle, cantar, jugar,
responder a sus preguntas, nombrar lo que observa, escuchar, mirarlo a los
ojos, permitirle explorar, establecer rutinas, poner límites sin violencia, estimular
su curiosidad, conversar con él incluso antes de que pueda hablar. Todo esto
puede parecer sencillo y por eso, muchas veces, se subestima.
La evidencia contemporánea muestra que las
interacciones sensibles y receptivas entre adultos y niños constituyen una
parte fundamental del ambiente en el cual se desarrolla el cerebro. La
educación de la primera infancia no comienza con una ficha de trabajo, comienza
con una conversación. Por lo tanto, no es recomendable convertir la primera
infancia en una escuela anticipada.
Al releer a Russell podemos evitar otro error
contemporáneo: transformar la primera infancia en una instancia para fundar una
escuela precoz, pero no es el camino adecuado. Si reconocemos la importancia de
los primeros cinco años, podemos cometer la equivocación de creer que la
solución consiste en adelantar los contenidos escolares con más letras, números,
tareas, ejercicios y presión.
El niño pequeño necesita aprender, pero aprender no
significa escolarizarlo prematuramente. El juego, la exploración, el lenguaje,
el movimiento, la imaginación, la interacción con otros niños y la relación
afectiva con adultos constituyen formas fundamentales de aprendizaje.
En On education,
Bertrand Russell dedicó capítulos específicos al juego, la imaginación y la
relación con otros niños para echar las bases de una inteligencia emocional. La
cuestión central consiste en combinar ideas que a veces se presentan como opuestas:
afecto y exigencia; libertad y límites; juego y aprendizaje; familia y escuelas;
cuidado y educación. Una política moderna de primera infancia no debería elegir
entre ellas, sino integrarlas. La eficiencia educativa comienza, definitivamente,
antes del aula.
Cuando un niño llega a la escuela con un desarrollo
lingüístico débil, dificultades de autorregulación, escasa exposición al
lenguaje, problemas de interacción social o experiencias adversas acumuladas, la
escuela dedica una parte importante de sus recursos a remediar esas
desventajas.
Por el contrario, una buena política de primera
infancia debería construir fundamentos psico-cognitivos y socioemocionales que
faciliten los aprendizajes posteriores. La inversión en una educación temprana
no debe confundirse con simple gasto social. El Banco Mundial afirma que las
inversiones en desarrollo infantil temprano, educación pre-escolar, cuidado
infantil, formación docente, salud materna y nutrición, mejoran los resultados
futuros de aprendizaje y capital humano.
La verdadera eficiencia educativa no consiste en
gastar más o menos en la primera infancia; consiste en obtener mejores
resultados utilizando inteligentemente los recursos disponibles y actuando en
el momento en que las intervenciones pueden producir mayores efectos.
La primera infancia debe dejar de ser periférica en la
política educativa para convertirse en uno de sus ejes estratégicos. Durante
décadas hemos discutido la educación desde las grandes categorías políticas:
presupuesto, currículum, infraestructura, docentes, sindicatos,
interculturalidad, acceso, universidades y reformas legales. Si bien estos
aspectos son legítimos, hay algo todavía más elemental: ¿qué estamos haciendo
con los niños bolivianos durante sus primeros cinco años?
Si queremos mejorar los resultados posteriores del
aprendizaje, no basta con discutir qué ocurre en primaria o secundaria. Bolivia
necesita una política integral de primera infancia que conecte salud, cuidados
sensibles, nutrición, protección, cuidado, educación inicial, familias y
desarrollo infantil. UNICEF plantea la necesidad de integrar estas dimensiones
y ha trabajado en modelos de desarrollo sistémico de la primera infancia, pero
ninguna política pública puede sustituir a la familia.
El Estado puede financiar servicios, formar profesionales,
crear centros de desarrollo infantil, establecer estándares, medir resultados, orientar
a las familias y detectar tempranamente varias dificultades. Sin embargo, hay
algo que ningún ministerio puede hacer por decreto: conversar todos los días
con un niño, jugar, leerle un cuento, escuchar sus preguntas y responder
afectuosamente cuando busca contacto. Este trabajo pertenece, fundamentalmente,
a los adultos que rodean al niño, a los padres que han decidido asumir un
compromiso de largo plazo con sus hijos.
La primera
infancia como eje de política pública
En el centenario del libro de Russell, la política pública
para la primera infancia debería hacer énfasis en una orientación sencilla: la
educación de un hijo ya comenzó desde que nace, no empieza el día en que lo
matriculan en el jardín infantil. No empieza cuando aprende a leer. No empieza
cuando recibe su primer cuaderno. Empieza cuando el bebé establece sus primeras
interacciones con quienes lo cuidan; empieza cuando alguien responde a su
mirada, cuando alguien le habla y genera un fuerte lazo de “apego”.
La política educativa del siglo XXI debe reconocer
esta realidad y convertirla en una estrategia consecuente. No basta con decir a
los padres que deben estimular a sus hijos. Hay que enseñarles cómo hacerlo. Por
ejemplo, los programas de cuidado para el desarrollo infantil de UNICEF buscan acompañar
a las familias mediante actividades sencillas de juego y comunicación,
fortaleciendo las capacidades de crianza sensible y receptiva.
Cien años después, Bertrand Russell no debe ser releído
porque todas sus ideas sean correctas. Algunas pertenecen inevitablemente a su
época y deben ser discutidas críticamente. Tiene que ser leído porque nos
obliga a formular preguntas que seguimos evitando: ¿qué queremos conseguir
cuando educamos? ¿Queremos producir obediencia o autonomía? ¿Queremos memorizar
información o aprender a pensar? ¿Queremos niños silenciosos o niños curiosos? ¿Queremos
escuelas que corrijan permanentemente déficits acumulados o sociedades que
prevengan esos déficits desde el comienzo? ¿Queremos padres que deleguen
completamente la educación en la escuela, o familias que comprendan que su
responsabilidad educativa comienza desde el nacimiento?
Russell defendía una educación en la que el
conocimiento debía estar acompañado por el amor y donde la educación contribuya
a liberar al individuo del sometimiento irreflexivo. Esa combinación sigue siendo
extraordinariamente actual porque una educación de calidad no puede construirse
solamente con afecto, pero tampoco puede desarrollarse únicamente con
conocimiento. Necesitamos conocimiento guiado por afecto, afecto acompañado de
límites, libertad acompañada de responsabilidad y políticas públicas guiadas
por evidencia, con la mirada puesta en el papel preponderante de los padres de
familia.
El siglo XXI ha generado tecnologías extraordinarias,
inteligencia artificial, nuevas pedagogías, neurociencia, sistemas de
evaluación cada vez más sofisticados y enormes cantidades de información. Sin embargo,
ninguna tecnología ha vuelto innecesaria la relación humana que está en la base
del desarrollo infantil. Un teléfono inteligente no reemplaza una conversación;
una aplicación no reemplaza el juego compartido. La pantalla del televisor y un
celular, no reemplazan la mirada y la educación afectuosa de un adulto, ya sea
un padre, madre o maestro. Ningún algoritmo reemplaza el vínculo afectivo. Y
ninguna reforma curricular puede compensar completamente una infancia en la que
faltaron oportunidades de interacción, lenguaje, juego, seguridad y cuidado.
Por eso Russell merece ser leído con las influencias
del siglo XXI, no para regresar a 1926, sino para comprender mejor la educación
efectiva. La pregunta fundamental sigue vigente: ¿qué clase de seres humanos
queremos formar? La respuesta comienza antes de ir la escuela y debería
involucrarnos a todos, pero especialmente a quienes tienen en sus manos la
primera y más importante responsabilidad educativa: los padres.
Si queremos una educación más eficiente, equitativa y
de mayor calidad, quizá debamos comenzar por una revolución mucho menos
espectacular que una reforma curricular, pero mucho más profunda y humana. Hacer
que cada madre y padre comprendan que los primeros años de su hijo son también
los primeros años de su educación y las semillas hacia el futuro. Sin embargo,
nadie tiene una bola de cristal para asegurar nada, aunque un factor es
fundamental: la educación del carácter nace en la familia y con el amor de los
padres. Es ahí donde comienza el largo camino de la educación. Gracias Bertrand
Russell.
Comentarios
Publicar un comentario