POR UNA REFORMA CONSTITUCIONAL QUE CORRIJA LA ANOMIA DE 2007

 

Pasaron dos décadas desde aquella Asamblea Constituyente que prometió refundar el país y terminó aprobando un texto “apócrifo”. No fue escrito por los asambleístas; fue un injerto redactado en la opacidad del poder, un traje a la medida de un Leviatán que, creyéndose omnipotente, decidió ser empresario, socialista, banquero y tendero. Hoy, cuando la palabra “reforma constitucional” vuelve a pronunciarse con una ingenuidad que raya en lo irresponsable, es imperativo desempolvar la memoria y entender que la Constituyente estableció una matriz anómica dentro del sistema político.

Vi el fracaso desde adentro y lo documenté. Hoy lo digo con la certeza de un experto: uno de los errores más graves del apócrifo texto constitucional, fue la figura del Estado como eje del desarrollo económico. El Estado interventor en la economía no es sinónimo de justicia social, sino el vector más claro de anomia que hemos conocido y todo se gestó en un diseño erróneo desde un comienzo, al ver ingentes cantidades de dinero provenientes de la renta petrolera.

La anomia como legado

En 2007 no se redactó una carta magna; se legalizó una ficción. El texto aprobado declaraba un “Estado social de derechos” pero, en realidad, diseñaba un “Estado patrimonialista de facto”. Esa contradicción fundacional es la anomia en sentido estricto: un conjunto de normas que no ordenan la realidad, sino que la distorsionan para beneficio de una maquinaria política. La anomia no es ausencia de leyes, es la existencia de un sistema legal que nadie cumple porque el propio Estado las viola sistemáticamente al competir deslealmente, al quebrar empresas y al desproteger el mínimo sentido de ciudadanía.

Esa anomia ya estaba ahí, en el texto que los constituyentes no escribieron pero que se vieron obligados a aplaudir. Veinte años después, todo empeoró porque la economía y la estructura estatal siguen gobernadas por ese guion mitológico: intervenir, malgastar, corromper el poder público y perder la soberanía frente al narcotráfico y el crimen organizado.

La reforma no es achicar, es reordenar

El debate sobre el “tamaño del Estado” es pueril. Un Estado puede ser pequeño y déspota, o grande y ágil. La clave está en sus capacidades, y éstas dependen de su fisonomía interna. La reforma constitucional debe hacer dos cosas simultáneamente: a) alejar al Estado de la función empresarial directa, suprimiendo constitucionalmente su rol de productor de bienes y servicios en competencia con los ciudadanos y b) garantizar un robusto blindaje institucional para la regulación y el reordenamiento estatal.

Es un nuevo paradigma: la Constitución ya no debe ser la llave para que el Estado haga todo, sino el código fuente de un Estado que sabe regular lo que no debe hacer. La regulación moderna requiere autonomía técnica, no sumisión al calendario electoral del partido de turno. Requiere superintendencias, financiamiento intocable y directores elegidos por concurso público, no por cuotas de poder. Eso es lo que jamás se resolvió en 2007, porque el objetivo no era ordenar, sino controlar, intimidar y hacer pasar por novedad, una Constitución que terminó llevando al país hacia un estancamiento lleno de ofertas populistas insostenibles.

Al evitar que el Estado asuma el peso de gestionar fábricas, hoteles, aerolíneas y medios de comunicación, se liberan las capacidades reales para lo que sí es indelegable: planificar, fiscalizar, sancionar al infractor y redistribuir con inteligencia. Se pasa de un Estado musculoso pero incompetente, a un Estado esbelto con capacidad de arbitraje.

El cementerio de elefantes blancos

El artículo transitorio más importante de una nueva Constitución debería listar la eliminación y clausura total de, al menos, 25 empresas estatales. No fusionarlas, no “reestructurarlas” bajo el mismo manto político. Clausurarlas o liquidarlas. Son cadáveres económicos que parasitan el presupuesto general. Mantener empresas en quiebra, que sobreviven gracias a las transferencias del tesoro, es la definición exacta de anomia económica. Esa hemorragia de recursos es lo que impide pagar mejores salarios a médicos o maestros; es lo que confisca el ahorro nacional para alimentar la ineficiencia.

El cementerio de elefantes blancos no es un fracaso accidental del modelo; es su producto inevitable. Al mantenerlos con respiración artificial, el Estado corroe su propio ordenamiento jurídico, porque debe violar la Ley del Presupuesto, la Ley de Empresas Públicas y los contratos colectivos para mantener ese artificio. Una reforma que no los ejecute es una reforma cómplice.

Un Estado que se respete a sí mismo

El país no se enfrenta únicamente a una crisis económica, se enfrenta a un proceso de descomposición institucional muy profundo: el Estado anómico donde se constata que, al no poder cumplir sus propias leyes, deja de creer en ellas. Un Estado que no puede pagar sus deudas a proveedores, que no puede sostener sus propias empresas, que no puede garantizar certeza jurídica porque es el primer violador de contratos, es un Estado que se disuelve en la nada. Para detener esa tendencia hacia la “disolución”, la Constitución debe ser un acto de corrección y un pacto de realidad. Debe prohibir expresamente que el Ejecutivo sea accionista mayoritario en sectores no estratégicos definidos con precisión.

Se debería crear un Tribunal de Liquidación de Empresas Públicas con mandato constitucional, blindado frente a acciones de amparo y huelgas de hambre extorsivas, que ejecute el cierre técnico y evite la reinserción laboral de sus empleados ineficientes. El tamaño del Estado no se mide por el número de empleados públicos, sino por la densidad de sus capacidades, por su honestidad y calidad de sus fortalezas reguladoras, de recaudación y de protección social efectiva.

El fracaso de 2007 fue haber escrito un texto para un país mítico, rico y omnipotente. Hoy necesitamos un texto para un país real, herido, que debe elegir entre seguir alimentando a sus verdugos empresariales o reconstruir un aparato estatal donde las reglas signifiquen algo. Evitar que el Estado vuelva a intervenir en la economía no es un acto neoliberal, es un acto fundacional de salud pública institucional. Es la única forma de sacarlo del atolladero de la anomia y devolverle su único poder legítimo: hacer cumplir la ley para que el mismo Estado se vea obligado a obedecerla.



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