Max Weber (1864-1920)
Las enredadas controversias en torno a la denominada gasolina
basura y las investigaciones judiciales que alcanzan a funcionarios técnicos,
reabren una pregunta que trasciende el caso concreto: ¿qué responsabilidad
tienen los intelectuales, economistas, ingenieros, abogados y especialistas
cuando sus decisiones producen efectos negativos para millones de ciudadanos?
Con frecuencia, la imagen del tecnócrata aparece asociada
a la neutralidad. Se supone que únicamente aplica normas, ejecuta políticas o
produce informes especializados, mientras que las decisiones políticas
corresponderían exclusivamente a ministros o presidentes. Sin embargo, esta visión
es profundamente engañosa. En los Estados contemporáneos, el conocimiento
técnico constituye una “forma de poder”. Quien controla la información, diseña
modelos, aprueba especificaciones o valida informes, participa directamente en
la producción de decisiones públicas. El experto nunca es un simple espectador.
El famoso sociólogo, Max Weber, comprendió de manera muy
clara este dilema hace más de un siglo. En su ensayo “La política como vocación”,
distinguió entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La
primera actúa conforme a principios absolutos: el individuo considera
suficiente mantener intacta su conciencia moral, aunque las consecuencias sean
desastrosas. La segunda exige hacerse cargo, precisamente de esas
consecuencias. Para Weber, quien ejerce el poder no puede refugiarse en la
pureza de sus intenciones; debe responder por los efectos reales de sus
decisiones.
Esta diferencia resulta decisiva para comprender el papel
de los tecnócratas. Un funcionario puede afirmar que, simplemente, firmó un
documento porque existía una orden superior, que confió en otros informes
técnicos o que su competencia era limitada. Tales argumentos quizá expliquen
parcialmente su conducta, pero no eliminan la responsabilidad inherente al
ejercicio de una función pública. La ética de la responsabilidad exige
preguntarse si existían riesgos conocidos, si era posible advertirlos, si
correspondía dejar constancia escrita de las objeciones o incluso negarse a
convalidar decisiones manifiestamente perjudiciales. Hacer “algo” para no
perjudicar o dañar a millones porque al ejercer el poder, justamente se pudo
hacer muchas cosas, pero en el tema de la gasolina basura, lo que destaca es la
cobardía y la irresponsabilidad de los altos mandos, aunque aparezcan
compungidos detrás de las rejas.
El problema es que muchas burocracias latinoamericanas
premian exactamente el comportamiento contrario. La obediencia suele valorarse
más que el juicio profesional. El funcionario que plantea dudas es considerado
incómodo; quien guarda silencio es recompensado con estabilidad, ascensos o
confianza política. Poco a poco, la administración pública genera una cultura
donde la lealtad sustituye al criterio técnico y donde la prudencia profesional
es reemplazada por la sumisión jerárquica.
La filósofa alemana, Hannah Arendt, describió un fenómeno
semejante al analizar la “banalidad del mal”. No sostenía que los funcionarios
fueran necesariamente perversos, sino que enormes daños pueden producirse
cuando personas “aparentemente normales” renuncian a pensar críticamente y
convierten la obediencia o el deshonesto pragmatismo en una virtud absoluta. En
esos casos, la irresponsabilidad no proviene únicamente de la maldad, sino de
la suspensión del juicio moral.
Algo parecido ocurre con numerosos intelectuales que
ingresan al Estado. Muchos llegan convencidos de que podrán modernizar
instituciones o, supuestamente, aportar conocimiento especializado. Sin
embargo, una vez incorporados a la maquinaria burocrática, descubren que el
principal incentivo consiste en adaptarse a las preferencias del poder
político. El experto deja de producir conocimiento independiente para
transformarse en legitimador de decisiones previamente adoptadas. La técnica
deja de orientar a la política y pasa a justificarla.
El caso de la gasolina cuestionada ilustra esta tensión.
Más allá de las responsabilidades individuales que determine la justicia, la
discusión pública revela una pregunta más profunda: ¿hasta dónde llega el deber
profesional de advertir, objetar o impedir decisiones que pueden ocasionar
daños económicos, ambientales o sociales? Un tecnócrata responsable no puede
limitarse a afirmar que cumplía órdenes, si contaba con información suficiente
para prever consecuencias graves. La autoridad política decide, pero el experto
tiene el deber de informar con veracidad, registrar sus discrepancias,
oponerse, pelear y preservar la integridad de su conocimiento profesional.
En las democracias consolidadas existe una tradición
institucional que protege esta conducta. Los informes técnicos suelen dejar
constancia de opiniones divergentes; las advertencias permanecen archivadas;
existen mecanismos para denunciar irregularidades y proteger a quienes actúan
de buena fe. En cambio, en sistemas donde predomina el personalismo político,
estas garantías suelen desaparecer, favoreciendo una cultura del silencio
administrativo.
Por ello, la verdadera independencia de un tecnócrata no
consiste en proclamarse apolítico. Consiste en conservar la autonomía intelectual
necesaria para decir “no” cuando la evidencia contradice la conveniencia
política. La técnica sin coraje termina siendo un instrumento del poder; el
conocimiento sin responsabilidad se convierte en simple estupidez.
La ética de la responsabilidad propuesta por Weber sigue
siendo extraordinariamente actual porque recuerda que toda decisión pública
posee consecuencias humanas concretas. Los millones de ciudadanos afectados por
una política equivocada no distinguen entre quien diseñó la medida, quien la
aprobó o quien la ejecutó técnicamente. Todos participaron, en distinta medida,
de una misma cadena de decisiones.
Quizás, la enseñanza más importante sea que el verdadero
valor de un intelectual dentro del Estado, no reside únicamente en su capacidad
para resolver problemas complejos, sino en su disposición a asumir los costos
personales de defender la verdad técnica cuando ésta resulta incómoda para el
poder. La competencia profesional sin independencia moral produce funcionarios
eficientes; la competencia acompañada de responsabilidad ética produce
auténticos servidores públicos. Y en tiempos de profundas crisis
institucionales, esta diferencia puede determinar el destino del país porque en
política “nadie” es inocente.
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