Bolivia no demanda otra Asamblea Constituyente, necesita
una reforma constitucional técnicamente rigurosa, políticamente pactada y
conducida por personas con liderazgo, autoridad moral y capacidad de
negociación. El problema constitucional no es solamente jurídico, sino, sobre
todo, un problema de liderazgo político e institucional. La Constituyente
boliviana de 2006 tuvo legitimidad electoral y una enorme expectativa
histórica, pero la representación no produjo, automáticamente, capacidad
constituyente.
Una Constituyente necesita tres cosas: a) liderazgo para
ordenar el conflicto; b) capacidad técnica para convertir demandas políticas en
normas constitucionales; y c) capacidad de negociación para construir acuerdos
que sobrevivan a la coyuntura. En Bolivia, el conflicto terminó desplazando a
la deliberación constitucional. En el año 2009, la Asamblea se convirtió,
progresivamente, en el escenario donde se disputaba el poder político nacional.
Lo que faltó fue un sólido liderazgo político. Un buen líder no es quien impone
su proyecto; es aquel que consigue que los adversarios políticos acepten
convivir bajo las mismas reglas. Este es el verdadero liderazgo constitucional.
Ejemplos históricos
Sudáfrica es el mejor ejemplo. La transición posterior al
apartheid no se resolvió simplemente
mediante una Asamblea que votara una Constitución. El proceso estuvo basado en
negociación, reglas de consenso y una conducción política capaz de incorporar a
los adversarios. El texto definitivo requirió una mayoría de dos tercios y se
construyó sobre la búsqueda explícita del mayor consenso posible.
El líder negro, Nelson Mandela, entendió que construir
una Constitución no significaba que el vencedor escribiera las reglas para los
vencidos; significaba crear reglas bajo las cuales, vencedores y vencidos pudieran
seguir viviendo juntos. Esto fue un verdadero liderazgo constitucional.
Brasil, en el periodo 1987-1988, ofrece otra lección
exitosa. Su Asamblea Constituyente tenía enormes diferencias ideológicas, pero
consiguió producir una Constitución aceptada porque hubo estructuras
partidarias, negociación y mecanismos de coordinación. Una investigación
comparativa reciente precisamente contrasta esa experiencia con Chile y
encuentra que Brasil logró mejores resultados mediante negociación estructurada
y mecanismos de liderazgo. Y aquí aparece una advertencia extraordinariamente
pertinente para Bolivia.
Chile intentó reemplazar su Constitución mediante una
Convención Constitucional elegida democráticamente entre 2021-2022. El
resultado fue rechazado por el electorado. No basta decir “hagamos una nueva
Constitución porque la actual tiene problemas”. Chile demuestra que un proceso
constituyente puede fracasar por fragmentación, falta de coordinación, actitudes
maximalistas y deficiencias de liderazgo. La literatura comparada encuentra
precisamente una diferencia entre el proceso brasileño, más estructurado y el
chileno, mucho más fragmentado. La lección es contundente: la crisis de una
Constitución no se soluciona necesariamente escribiendo otra Constitución. El
ex presidente Boric fracasó completamente al tratar de reproducir las falencias
del proceso boliviano y contratar a Álvaro García Linera como asesor fallido;
por fortuna, el pueblo no se hizo engañar y rechazó la Constitución nueva.
Colombia hizo una transformación constitucional profunda en
1991 y desarrolló, posteriormente, una Corte Constitucional que tuvo un papel
muy importante en la protección de derechos y en la transformación
institucional positiva, en medio de un conflicto armado. La experiencia
colombiana y sudafricana son consideradas ejemplos centrales del llamado
constitucionalismo transformador. Sin embargo, no se necesita, necesariamente,
refundar el Estado, sino cambiar aquellos mecanismos que no funcionan. Por
ejemplo: justicia e independencia judicial; Tribunal Constitucional; sistema
electoral; régimen de autonomías; relación Ejecutivo-Legislativo; carrera
administrativa; Ministerio Público; sistema de selección de magistrados; y mecanismos
de reforma constitucional.
El liderazgo político
y visión de Estado
Las instituciones no funcionan únicamente gracias al buen
diseño de sus normas. Todo marcha bien por las personas que ocupan esas
instituciones. Una mala dirigencia puede destruir una buena arquitectura
constitucional, pero un liderazgo responsable puede hacer funcionar incluso las
instituciones más imperfectas.
Esto es particularmente importante para Bolivia porque
existe una tendencia recurrente a pensar que cambiar las reglas resolverá,
automáticamente, los problemas políticos y no es así. Se puede cambiar toda la
Constitución y continuar teniendo corrupción; clientelismo; improvisación; captura
institucional; incompetencia; ausencia de meritocracia; judicialización de la
política y concentración de poder.
Bolivia tiene un déficit constitucional, pero sobre todo
tiene un déficit de liderazgo. Un liderazgo democrático significa tener capacidad
de construir instituciones que sobrevivan al propio líder. No necesitamos juristas
brillantes, ni tampoco políticos populares, sino líderes probos con cuatro
características: competencia, conocimientos constitucionales, institucionales (el
funcionamiento eficaz de la gestión pública) y económicos. Ser probo quiere
decir que no utilicen la reforma para obtener ventajas personales. Deben
expresar autoridad moral con la fuerza de pedir sacrificios porque ellos mismos
están dispuestos a asumirlos, entendiendo, además, que una Constitución es un
pacto de convivencia, no un programa de gobierno.
Bolivia no necesita otra Asamblea Constituyente, sino una
reforma constitucional técnicamente bien construida, identificando qué
instituciones están funcionando mal para corregirlas. Las experiencias
internacionales lo confirman. Sudáfrica consiguió construir una Constitución
después del apartheid porque hubo liderazgo político para negociar entre
adversarios y buscar consensos. Brasil logró aprobar su Constitución de 1988
mediante una negociación política compleja y estructuras de coordinación
mirando los próximos 50 años.
Chile ofrece la lección contraria: dos procesos de
reemplazo constitucional fracasaron, mostrando que las tendencias extremistas y
populistas autoritarias se autodestruyen. El oportunismo y la conciencia
comunista antidemocrática de García Linera, hicieron que Boric tropezara como
un ingenuo. No se requieren nuevos caudillos; sino verdaderos líderes
constitucionales que logren que las personas con un pensamiento diferente
acepten vivir bajo las mismas reglas.
Asimismo, una Constitución no puede sustituir la política
ni la ética pública. Podemos escribir una Constitución extraordinaria, y si
después colocamos personas incompetentes, corruptas o sin visión al frente de
las instituciones, volveremos a fracasar. La reforma constitucional debe ir
acompañada de una visión estratégica del Estado, la justicia, los mecanismos de
control del poder y la carrera pública. Tener visión de Estado significa: reformar
el Estado sin destruirlo y defender la idea donde el ejercicio del poder es una
responsabilidad y no un privilegio.
Las constituciones se hunden cuando, quienes tienen que
hacerlas funcionar carecen de liderazgo y ética. En Bolivia, el problema central
no es solamente constitucional, sino la relación entre instituciones, visión de
Estado, liderazgo y responsabilidad política.
Comentarios
Publicar un comentario