Pasaron veinte años después de la Asamblea
Constituyente, inaugurada con bombos y platillos en agosto de 2006. Hoy día
podemos evaluar con cuidado y mayor certeza todos los detalles de aquel singular
fracaso, estando, además, prestos a responder a la pregunta: ¿en la actualidad,
Bolivia necesita realmente una nueva Constitución? Asimismo, ¿el país entiende
lo que significa una reforma del Estado? Una vez más, la demanda por impulsar
otra “reforma constitucional” se ha convertido en una cáscara que oculta
problemas más profundos, especialmente al comprobar que la Asamblea Constituyente
no fue un espacio deliberativo para construir un nuevo pacto social, sino que fue
un campo de “batalla por el poder”, donde la lógica de ciertas mayorías
eventuales y la confrontación extrema, anularon la posibilidad de un consenso
genuino.
El famoso “pacto de unidad” del Movimiento Al
Socialismo (MAS), en agosto de 2006 llegó con un proyecto de país predefinido y
la oposición política de Poder Democrático y social (Podemos), estuvo fragmentada
y sin estrategia, terminando arrinconada. Lo que emergió, posteriormente, en
2009, no fue la conclusión de un debate nacional, sino la imposición de un
proyecto político con ropaje constitucional.
El texto de la Constitución aprobado en 2009, fue
completamente “apócrifo” porque su origen nunca estuvo afincado en la voluntad
popular, expresada dentro de un proceso limpio y reflexivo, sino que todo el
proceso constituyente fue producto de una maniobra política que destruyó la
legitimidad del texto final, sin importar ni siquiera los aspectos positivos.
Ese pecado original persigue a la Constitución y explica por qué, veinte años
después, no es un texto que tenga la capacidad de unir, sino que divide al país
de una manera desastrosa.
Hoy se habla de reformar la Constitución,
principalmente para evitar una nueva reelección presidencial o para ejecutar ajustes
políticos cortoplacistas. La reforma se plantea como un problema de ingeniería
constitucional (artículos, reelección, competencias), pero no como un problema
de reforma del Estado. Veinte años después, la reforma constitucional sigue
siendo una cáscara. Se quiere volver a discutir el texto, pero se “ignora la
realidad” que la Constitución debería ordenar. Los profundos problemas no se
discuten con seriedad.
Primero, la crisis de una gestión pública eficiente.
La Constitución de 2009 creó un Estado “plurinacional” con autonomías; sin
embargo, en la práctica construyó un monstruo burocrático, clientelar y con una
capacidad de gestión casi nula. No se trata de cambiar la Constitución, sino de
transformar una cultura política prebendal y un sistema de administración
pública colapsado e incompetente. Una nueva Constitución no crea,
automáticamente, funcionarios honestos y eficientes.
Segundo, qué hacer frente al agotamiento del modelo
productivo. La Constitución no resolvió la dependencia que Bolivia tiene de sus
materias primas. Al contrario, la profundizó cuando se decidió estatizar en
extremo la economía, usando la renta extractiva para financiar un modelo
político clientelar, acostumbrado solo a gastar. Discutir sobre una “reforma
constitucional” sin un debate nacional sobre cuál podría ser el nuevo modelo
productivo (diversificación, valor agregado, transición energética, seguridad
jurídica para la inversión productiva), es un esfuerzo inservible. Es más fácil
debatir sobre los artículos de un texto muerto, que sobre el fin de la economía
del gas y la falta de empleo genuino.
Tercero, ¿quiere Bolivia una nueva Constitución o un
nuevo pacto social? Esta es la pregunta del millón, ya que Bolivia no tiene un
consenso sobre qué significa una reforma del Estado después del fracaso constituyente
y del Estado plurinacional. Lo que existe son demandas sectoriales,
corporativas y políticas que usan un lenguaje constitucional.
El ciudadano común no quiere una reforma del Estado en
abstracto. Quiere que no le mientan,
exige salud, educación, justicia, empleo. Si una nueva Constitución no se
traduce en eso, le es indiferente o la ve como una nueva estafa de la clase
política. Los actores políticos quieren la reforma para redistribuir el poder
en su beneficio, no para limitarlo o hacerlo más eficiente; mientras que los
movimientos sociales quieren blindar sus conquistas corporativas y acceder a
más recursos, sin asumir las responsabilidades de una gestión pública eficiente.
Lo que Bolivia realmente necesita, y que quizás fue la
gran oportunidad perdida en el periodo 2006-2007, es un nuevo pacto social y
territorial. Eso va mucho más allá de una Constitución. Un pacto implicaría un
acuerdo sobre el modelo productivo: ¿De qué vamos a vivir como país en los
próximos 30 años? Esto requiere un diálogo entre el Estado, el sector privado,
cooperativas, comunidades indígenas y academia. La Constitución debería ser el
reflejo de ese acuerdo, no un obstáculo.
Un acuerdo sobre la gestión de lo público equivale a
preguntar también ¿cómo construimos una burocracia basada en el mérito y no en
la militancia? ¿Cómo hacemos que la justicia funcione? Esto no se logra con
artículos constitucionales, sino con pactos políticos de largo aliento que
aíslen a las instituciones del clientelismo. Un acuerdo sobre el territorio y
las autonomías también obliga a reflexionar ¿cómo hacemos para que las
autonomías no sean mini-repúblicas feudales e ineficientes, sino espacios de
desarrollo real, coordinados con un proyecto nacional?
Veinte años después, la autopsia de la Constituyente
permite analizar por qué fracasó el proceso deliberativo. Comparar el modelo de
Asamblea Constituyente boliviano con otros (el chileno reciente de 2022) para extraer
lecciones. Cuando una Asamblea se convierte en un campo de batalla por el poder
y no en un espacio de construcción de consensos y confianza, el resultado es una
Constitución inaplicable en su frondoso capítulo sobre derechos y maleable en
sus partes más autoritarias.
Desde 2006, se transitó de la Constitución apócrifa hacia
un Estado inviable. El problema no es solamente que el texto sea espurio en
origen (nunca fue escrito por los constituyentes), sino que ha sido eficaz en
la creación de un Estado disfuncional. La plurinacionalidad, mal entendida y
peor aplicada, ha seguido creando ciudadanías de primera y segunda clase, junto
con una maraña burocrática ingobernable. La “refundación” nunca existió, solo se
superpuso un aparente nuevo andamiaje institucional sobre viejas prácticas
prebendales.
Antes de hablar de una nueva Constitución, Bolivia
necesita un verdadero “Proceso de Diálogo Nacional por un Pacto Productivo y por
la Gestión de una Reforma estatal”. La Constitución debería ser la cereza del
pastel de un consenso nacional, no el primer paso. En las actuales
circunstancias, es fundamental pensar en ¿cómo generamos riqueza? y ¿cómo la
gestionamos con decencia? Sin “consensos previos”, una nueva Asamblea
Constituyente está condenada a repetir el fracaso del pasado, pero en un país
todavía más polarizado y económicamente más débil. No se puede refundar un país
a martillazos. Se necesita un verdadero diálogo nacional sobre la vida material
de la gente, y de ahí, recién, redefinir la Constitución.
¿Quién escribió el texto constitucional final? Tal vez nunca se sepa, pero no fue la Asamblea Constituyente
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