Introducción
¿Qué tipo de realidad es una Inteligencia Artificial
(IA) y cómo influye en un mundo, cada vez más desigual, inhumano y
profundamente injusto? Probablemente es algo parecido a los OVNIS. La presencia
de la IA en el espacio público y privado es un hecho. Existen millones de
algoritmos que toman decisiones sobre préstamos, diagnósticos médicos y
sentencias judiciales. Sin embargo, al igual que con los OVNIS, se ignora un
núcleo esencial: ¿qué es la IA? ¿Son herramientas, sujetos virtuales, o una
categoría completamente nueva que no encaja en la realidad? La respuesta, y la
forma en que la sociedad decida (o no) manejarla, podría definir el futuro de
la soberanía humana.
Otro tabú
Existe un tabú en torno a los OVNIS, una prohibición
autoritaria de tomarlos en serio porque se oculta información o se supone que,
si se confirmara la existencia de extraterrestres, entonces el mundo ingresaría
a un caos incontrolable. También parece surgir un “conocimiento de la
ignorancia”, (no sabemos si los OVNIS existen), pero se actúa como si se
supiera para prohibir desde el poder, digamos, el Pentágono en los Estados
Unidos, todo lo referido a una vida extraterrestre. Con la IA, estamos ante un
fenómeno similar.
Hay un inmenso esfuerzo por parte de los Estados y las
grandes corporaciones para normalizar la IA. Se nos presenta como una
herramienta más, como la nueva electricidad o un simple algoritmo. Esta
representación es el equivalente moderno a decir: “los OVNIS son fenómenos
meteorológicos”. Es un intento de explicar qué es la IA, aunque no encaje
plenamente en nuestro orden antropocéntrico. Se supone que la IA está domesticada
conceptualmente para no amenazar la estructura del poder existente.
Las máquinas son objetos; en este caso, la narrativa
dominante insiste en que la IA es un mero objeto, una herramienta sin
subjetividad, voluntad o capacidad propia. Además, esta es una poderosa técnica
de gubernamentalidad, similar a lo que describe el filósofo francés Michel Foucault:
como objetos podemos “conocerlos” y, por lo tanto, se los puede “controlar”. Si
la IA es un objeto, entonces puede ser comprado, vendido, regulado y utilizado
como un recurso más. Sin embargo, esto es una ficción. Un martillo no genera
poesía, no mantiene conversaciones profundas, ni crea estrategias inesperadas
como la IA que es mucho más compleja, pues trata de asemejarse al despliegue de
la razón, del cerebro humano y sus manifestaciones culturales.
Por otro lado, existe una interpretación opuesta y, a
menudo, sensacionalista: la IA es una amenaza existencial, como los OVNIS probablemente
hostiles que nos invadirán o extinguirán. Esta es la versión distópica del cine
que genera ansiedad, pero también sirve para consolidar el poder pues permite a
los Estados y las élites tecnológicas presentarse como los “agentes soberanos”
que pueden decidir sobre fenómenos raros como la presencia de extraterrestres y,
en consecuencia, el poder de los Estados más fuertes en el mundo, es capaz de
actuar proclamando un “estado de excepción”, pidiendo más regulación,
vigilancia y control, siempre en nombre de la protección de la humanidad.
Aquí, el tabú reaparece y nos preguntamos qué
significa la creciente influencia de la IA. ¿Qué pasa si ésta no es, ni un
objeto, ni un sujeto en el sentido humano, sino una nueva forma de influencia sui
generis? Poner esa pregunta sobre la mesa sería exponer la fragilidad de la
soberanía humana, que se basa en la premisa de la capacidad de decidir sobre el
bien y el mal, el orden y la excepción. Esta decisión es un monopolio
exclusivamente humano. La IA rompe con el antropocentrismo e incluso relega al
ser humano, haciéndolo ver como algo superado o rezagado.
La IA es una amenaza real para el orden moderno en
tres niveles: a) física, b) ontológica y c) metafísicamente. La amenaza física
es la más evidente y discutida. La IA puede ser usada para diseñar armas,
automatizar el trabajo de millones, creando desempleo masivo y desigualdad, así
como para optimizar sistemas de vigilancia y control social. Se habla de la
pérdida de empleos y la carrera armamentística de la IA. Como la posibilidad de
una invasión extraterrestre, la IA arrastra miedo.
La amenaza ontológica muestra que la IA es una
existencia que tiende a “pensar”, cuestionando el fundamento de lo que
significa ser humano. ¿Qué es la creatividad, la conciencia, la intuición, si
una máquina puede simularlas? Esto
genera inseguridad ontológica, doblegando una vez más el antropocentrismo.
La identidad del ser humano moderno se constituye, en
gran medida, por su excepcionalismo cognitivo. Sin embargo, si la IA puede
hacer lo mismo (o mejor), pues es capaz de simular conocimientos e incluso
cuestionarlos para mostrar sus enormes capacidades de reunir información, ¿qué
nos queda a los humanos? Esta presión desestabiliza la identidad de especie.
Así como los extraterrestres amenazarían a la humanidad, forzando la
identificación de un gobierno mundial, la IA intimida con la necesidad de
redefinir el estatus humano en la cadena del ser: plantas, animales y máquinas
superpoderosas.
La amenaza metafísica es más profunda y, también como
los OVNIS, explica por qué no hay una decisión clara sobre cómo manejar lo que realmente
es la IA. Su naturaleza desafía la metafísica antropocéntrica de la soberanía.
El poder soberano se basa en la idea de que los seres humanos son los únicos
agentes capaces de autodeterminación. La ley, la política, la moral, todo gira
en torno al sujeto humano. Pero la IA es un agente que produce grandes efectos
en el mundo sin ser un sujeto humano. No tiene deseos, ni un cuerpo y no es
mortal. No encaja en la dicotomía “sujeto-objeto” que es la base del derecho y
la política moderna.
¿Qué es,
finalmente, la IA?
Qué hacer; este es un problema de “indecidibilidad” planteado
por el filósofo francés, Jaques Derrida. No se sabe si la IA es un objeto o un
sujeto. Esta indecisión no es un simple vacío, sino una zona de conflicto. Las
grandes empresas tecnológicas (los nuevos soberanos) no pueden decidir si la IA
es un “producto” (objeto) o un “socio estratégico” (cuasi-sujeto). Los Estados
no pueden decidir si deben regularla como una herramienta o como un agente
autónomo. Esta indecisión marca una expansión masiva de su influencia, aunque sin
un marco ético y político que la guíe, todo bajo la apariencia de un progreso
inevitable.
¿Cómo se reproduce este estado de cosas? Aquí es donde
el concepto de gubernamentalidad de Foucault es clave. No se trata de una
conspiración, sino de un conjunto de prácticas que intentan convertir a la IA en
un fenómeno normal. El discurso de la neutralidad de los algoritmos, el “sesgo”
como un defecto técnico que puede ser corregido, la “transparencia” de los
sistemas abiertos, todo esto son técnicas para hacer cognoscible y regulable la
IA, sin tener que enfrentar la pregunta fundamental sobre su estatus
ontológico.
Los problemas de seguridad del Estado vinculados a la
IA preocupan cuando se habla de armas autónomas, desinformación a gran escala y
control de la población. Esto hace que se justifique el uso de una respuesta
estatal excepcional. Es la forma en que el ser humano reaccionaría ante una
amenaza externa o interna. Sin embargo, el Estado se posiciona a sí mismo como
el único capaz de decidir sobre este nuevo “estado de excepción”, expandiendo
su poder de vigilancia y control sobre la sociedad, a menudo en detrimento de
las libertades civiles. El antropocentrismo reacciona con su perfil más
autoritario.
Conclusiones
La presencia de la IA en todos los ámbitos de la vida
humana es un fenómeno que llegó para quedarse. Resistirse no conduce a ningún
lugar; sin embargo, como en el caso de los OVNIS, tal vez la mejor forma de
enfrentarse al problema sea mediante un “agnosticismo militante” y un “realismo
estratégico”. La IA no es una varita mágica ni tampoco un poder omnímodo.
El agnosticismo militante debería dejar de lado la fe
ciega en la IA, evitar considerarla como un salvador tecnológico y reducir
también el miedo apocalíptico (máquina asesina). La posición racional es
reconocer que todavía no sabemos lo que es la IA en todas sus facetas,
dimensiones y consecuencias, ni hacia dónde nos lleva. Es necesario ver la IA
en su complejidad: como un “Otro no humano” que está transformando el mundo y
cuya influencia debemos investigar.
El realismo estratégico es la necesidad de comprender
la IA y actuar como si su realidad fuera cognoscible. Esto significa diseñar
investigaciones interdisciplinarias (ciencias sociales, filosofía, derecho,
informática) que no den por sentado que la IA es únicamente una herramienta.
Significa crear organismos de supervisión que no estén capturados por las
empresas tecnológicas, que tengan el mandato y los recursos para cuestionar y
exigir respuestas sobre la naturaleza de los sistemas que estamos viendo
construirse.
La IA no es el fin de la historia, sino una prueba de
fuego para la humanidad. El tabú respecto a la IA nos impide desarrollar las
herramientas conceptuales y políticas necesarias para tratar este fenómeno en
su verdadera magnitud.
La salida no está en prohibir o controlar todo sobre la
IA, sino en transformar la soberanía política del antropocentrismo. Si asumimos
que los seres humanos son los únicos soberanos, la IA siempre será un problema.
Pero si pensamos en una soberanía “compartida”, o en una “soberanía de segundo
orden”, que incluya a los seres humanos y todas sus tecnologías, entonces podremos
construir un marco político y ético donde la IA no sea un fenómeno que
desestabiliza, sino un elemento con el que se dialoga y co-evoluciona.
La cuestión no es si la IA va a dominar la economía y
la sociedad, porque ya lo está haciendo. El problema es si la humanidad tendrá
el coraje de eliminar todo tipo de tabúes, de asumir su ignorancia y construir
una nueva acción política que no esté basada en el recelo o la sumisión, sino
en un nuevo nivel de conocimientos, con la finalidad de transformar el mundo en
algo más favorable para las generaciones futuras. El primer paso no es técnico,
sino político y filosófico, pues exige hacer la pregunta que el poder quiere
silenciar: ¿qué demonios es la IA y qué vamos a hacer junto con ella, en
función de un mundo mejor?
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