LAS RUINAS DEL PODER CONSTITUYENTE: VEINTE AÑOS MÁS TARDE

 

En agosto de 2006 comenzó a funcionar la Asamblea Constituyente boliviana bajo la promesa de “refundar” el país. Dos décadas después, el balance es menos optimista que las expectativas que acompañaron aquel momento. La nueva Constitución de 2009 produjo importantes innovaciones retóricas, como el reconocimiento del Estado Plurinacional y la ampliación del catálogo de derechos colectivos. Sin embargo, el proyecto de refundación terminó subordinado a una lógica política que debilitó el constitucionalismo democrático. El problema central no fue la incorporación de los derechos indígenas, sino la utilización de la narrativa de una supuesta refundación como mecanismo de concentración del poder político y del autoritarismo.

Desde la teoría constitucional, el “poder constituyente” posee una naturaleza extraordinaria. Comenzando en la Revolución francesa de 1789, Emmanuel Sieyès lo concibió como la expresión soberana de la nación para establecer un nuevo orden jurídico, mientras que el jurista alemán, Hans Kelsen, entendía que una Constitución debía estabilizar el sistema político a través de normas aceptadas por todos. En ambos casos, el poder constituyente tiene un carácter excepcional y debe concluir cuando nace el “nuevo orden constitucional”. No puede convertirse en un principio permanente de movilización política.

Sin embargo, una parte importante de la izquierda latinoamericana reinterpretó esta tradición bajo la influencia del populismo contemporáneo. Inspirados por el sociólogo argentino, Ernesto Laclau, diversos intelectuales defendieron una concepción del pueblo como sujeto homogéneo, capaz de sustituir a todas las instituciones estatales. El “conflicto permanente” adquiría, entonces, mayor valor político que el consenso constitucional, mientras que la legitimidad descansaba más en la movilización popular que en las reglas del Estado de derecho.

Bolivia reprodujo esta lógica. Las propuestas constitucionales elaboradas en septiembre de 2006 por la coalición de organizaciones sindicales campesinas e indígenas, el Pacto de Unidad, planteaban una profunda transformación del Estado basada en la plurinacionalidad y nuevas formas de autonomía indígena. Muchas de sus aspiraciones respondían a demandas históricas de reconocimiento y participación. No obstante, el problema surgió cuando la idea de la refundación comenzó a desplazar el principio de “equilibrio institucional”, propio de una democracia constitucional.

La presencia de ciudadanos españoles cercanos al proceso venezolano reforzó esta orientación. Diversos agentes políticos vinculados a la izquierda, entre ellos Rubén Martínez Dalmau e Íñigo Errejón, asesores de Álvaro García en la Vicepresidencia, promovían interpretaciones del poder constituyente vinculadas a la dictadura de Hugo Chávez. En esta visión, la Constitución dejaba de ser un pacto de limitación del poder para convertirse en un instrumento de transformación política permanente y cooptación populista. La tensión entre legalidad e identidad popular era presentada como un conflicto inevitable que debía resolverse a favor del liderazgo político, capaz de interpretar la voluntad del pueblo. La lógica constituyente supeditada al culto a la personalidad, terminó desplazando la lógica constitucional.

El resultado fue una comprensión diletante del constitucionalismo. La Asamblea Constituyente dejó de ser un espacio destinado a construir reglas compartidas y pasó a convertirse en un escenario de legitimación de un proyecto político específico. La apelación permanente a la refundación ocultó un objetivo mucho más inmediato: consolidar la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), alrededor del liderazgo de Evo Morales.

La posterior evolución política confirmó esta tendencia. La controversia sobre la reelección presidencial mostró cómo la supremacía constitucional podía quedar subordinada a la interpretación política de un solo caudillo. El referéndum del 21 de febrero de 2016 rechazó la modificación constitucional que buscaba la reelección de Evo. Sin embargo, posteriormente el Tribunal Constitucional reconoció la reelección indefinida como un supuesto derecho humano, debilitando el principio democrático, según el cual la soberanía popular expresada en un referéndum debía ser respetada.

Desde una perspectiva comparada, el caso boliviano comparte rasgos con otros procesos latinoamericanos del llamado “nuevo constitucionalismo”. Venezuela inauguró una dinámica donde la Constitución se convirtió en un instrumento de concentración del poder presidencial. Ecuador experimentó tensiones semejantes durante el gobierno de Rafael Correa. En Chile ocurrió un fenómeno distinto, pero igualmente revelador. La propuesta constitucional de 2022 incorporó una agenda muy amplia que pretendía redefinir, simultáneamente, la estructura del Estado, los derechos sociales, la representación política y las relaciones entre los pueblos indígenas y la ciudadanía. El plebiscito mostró que la sociedad rechazó una Constitución percibida como excesivamente unida a las identidades políticas e indígenas, resultando en un texto constitucional poco integrador.

La ciudadanía chilena recordó que una Constitución necesita construir consensos duraderos, antes que representar exclusivamente las aspiraciones de una mayoría coyuntural. El presidente Gabriel Boric perdió rotundamente y declaró terminado el proceso constituyente, sin un texto cercano a la izquierda autoritaria.

La principal enseñanza política consiste en reconocer que el constitucionalismo democrático no puede sostenerse únicamente sobre narrativas de emancipación. Una Constitución debe “limitar el poder” antes que expandirlo. Debe garantizar la pluralidad antes que homogenizar al pueblo bajo una única identidad política. Debe proteger los procedimientos democráticos, incluso cuando éstos limitan las aspiraciones de quienes gobiernan.

Veinte años después, el fracaso de la Asamblea Constituyente boliviana no radica en haber reconocido la diversidad cultural del país. Su fracaso reside en haber confundido reconocimiento con hegemonía, identidad con legitimidad y poder constituyente con poder permanente. La promesa de refundar Bolivia terminó justificando una creciente concentración del poder ejecutivo, debilitando aquello que toda Constitución democrática debería preservar: la división de poderes, la alternancia política y la supremacía de las reglas sobre los liderazgos.

La lección más importante es la siguiente: ninguna democracia necesita refundarse de manera permanente. La democracia sobrevive cuando la Constitución deja de ser un manifiesto ideológico y se convierte en un pacto estable de convivencia entre ciudadanos diversos. Allí donde el poder constituyente pretende mantenerse indefinidamente vivo, la Constitución deja de limitar al poder y comienza a subordinarse a grupos elitistas que se apoderan del concepto pueblo para fines exclusivamente dictatoriales.



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