LA DEFENSORÍA DEL PUEBLO: DEL OMBUDSMAN AL NEOPOPULISMO INSTITUCIONAL

 

La crisis actual de la Defensoría del Pueblo en Bolivia no puede explicarse únicamente por las decisiones de quienes ocuparon el cargo durante los últimos años, ni tampoco por la creciente influencia del Movimiento al Socialismo (MAS) sobre los órganos del Estado. Su deterioro es mucho más profundo y obedece a una ambigüedad presente desde su nacimiento institucional.

La Defensoría nunca resolvió con claridad cuál era su misión dentro de la democracia boliviana. Esa indefinición permitió que, gradualmente, abandonara el modelo clásico del Ombudsman, un mecanismo de “control democrático” cuya función es salvaguardar los derechos de los ciudadanos frente a la actuación arbitraria de la administración pública, actuando con independencia, imparcialidad y, sobre todo, con autoridad moral, pero sin sustituir a los tribunales, ni intervenir como actor político. En Bolivia, esta figura se transformó en un actor político cuya legitimidad comenzó a depender de su participación en los conflictos sociales, en lugar de defender imparcialmente los derechos de los ciudadanos.

Esta doble identidad explica gran parte de su decadencia. Por una parte, la Defensoría pretendió convertirse en una instancia de protección de los derechos humanos, enfrentando a los abusos del poder público, función que justificó su creación siguiendo la tradición escandinava del Ombudsman. Sin embargo, simultáneamente asumió tareas propias del Ministerio Público, de mediador político, de fiscal moral del Estado y, finalmente, de representante de múltiples demandas sociales. En lugar de fortalecer una misión institucional específica, acumuló competencias difusas que terminaron debilitando su autoridad.

La experiencia internacional demuestra que el Ombudsman no es un actor político, ni un negociador entre fuerzas sociales que desencadenan conflictos. Su legitimidad proviene de mantener distancia respecto del conflicto. No gobierna, no legisla, no representa intereses sectoriales y tampoco sustituye a los tribunales de justicia. Su autoridad moral nace de la independencia, la objetividad y la defensa de los derechos individuales.

En Bolivia ocurrió exactamente lo contrario. La Defensoría comenzó a medir su relevancia según el grado de protagonismo alcanzado en diferentes crisis políticas. Poco a poco dejó de ser una institución de control para convertirse en un escenario permanente de intervención pública. La consecuencia fue la pérdida de identidad institucional.

Una segunda crisis apareció cuando el cargo de Defensor del Pueblo dejó de entenderse como una magistratura independiente para convertirse, en numerosos casos, en una plataforma de visibilidad política. La personalización del cargo terminó desplazando a la institución. Cada gestión imprimió una interpretación distinta de sus funciones, ampliando o reduciendo arbitrariamente sus ámbitos de actuación y subordinando la continuidad institucional a los estilos personales de cada defensor. La Defensoría dejó de construirse sobre reglas estables y comenzó a depender excesivamente del liderazgo de quien ocupaba temporalmente el puesto.

El problema más profundo no reside únicamente en esta personalización. El verdadero quiebre institucional se produjo cuando la Defensoría abandonó la comprensión liberal y constitucional de los derechos para adoptar una lógica cercana al neopopulismo contemporáneo. Esta transformación alteró la naturaleza misma de la institución.

El neopopulismo latinoamericano suele mostrar a los movimientos sociales como depositarios automáticos de legitimidad democrática. Bajo esta lógica, toda movilización aparece moralmente justificada, por el simple hecho de representar al “pueblo”, mientras que el Estado y las instituciones son percibidos, casi por definición, como sospechosos de vulnerar derechos. El resultado es una inversión de responsabilidades: ya no importa si determinadas acciones destruyen los derechos fundamentales de terceros; basta con que algunas protestas se presenten en nombre de una causa colectiva para adquirir legitimidad política.

Durante los bloqueos de carreteras que paralizaron Bolivia en distintos momentos de los últimos años, esta lógica alcanzó su máxima expresión. Millones de ciudadanos vieron restringidas sus libertades fundamentales como la circulación, el acceso al trabajo, la atención médica, el abastecimiento de alimentos o la educación. Sin embargo, la respuesta de la Defensoría mostró enormes dificultades para afirmar con claridad que los derechos de quienes no participaban en los bloqueos también merecían protección. La institución parecía más preocupada por conservar espacios de interlocución con los actores movilizados que por defender, con igual firmeza, los derechos vulnerados del conjunto de la ciudadanía.

Esta deriva revela una profunda incomprensión de la democracia constitucional. La teoría democrática del sociólogo alemán, Jürgen Habermas, ofrece un marco especialmente útil para comprender este fracaso institucional. Habermas nunca sostuvo que la democracia consistiera simplemente en incorporar todas las voces al debate público, ni que cualquier demanda social adquiriera legitimidad por el solo hecho de ser expresada. Su propuesta de democracia deliberativa exige que las decisiones colectivas puedan justificarse mediante argumentos racionales, abiertos a la crítica y orientados al entendimiento. La legitimidad democrática no nace del conflicto permanente ni de la capacidad de presión de determinados grupos, sino de la posibilidad de construir consensos racionalmente fundamentados dentro del Estado de derecho.

La Defensoría del Pueblo parece haber olvidado esta premisa fundamental. Confundió deliberación con neutralidad absoluta frente a cualquier conflicto social y terminó sustituyendo la racionalidad jurídica por una lógica de equilibrios políticos. En vez de preguntarse qué derechos estaban siendo vulnerados, comenzó a preguntarse cómo preservar su posición frente a todos los actores involucrados. Esta búsqueda permanente de aceptación política terminó erosionando la autoridad moral que pretendía proteger.

La consecuencia fue paradójica. En el intento de representar a todos, la Defensoría terminó sin representar plenamente a nadie. Los ciudadanos perciben una institución incapaz de ejercer controles efectivos sobre el poder, mientras los propios actores políticos la consideran un participante más dentro del conflicto nacional. El Ombudsman desaparece cuando deja de ser un tercero independiente, para convertirse en un competidor por legitimidad dentro del espacio político.

Esta transformación también refleja un cambio cultural más amplio que atraviesa numerosas democracias latinoamericanas. Las instituciones han dejado de buscar legitimidad mediante el cumplimiento riguroso de sus funciones constitucionales para intentar obtener reconocimiento a través del activismo público.

La visibilidad mediática sustituye a la independencia institucional; la presencia constante en los conflictos reemplaza a la prudencia jurídica; la búsqueda de consenso inmediato desplaza la defensa consistente de principios permanentes. El resultado es una democracia donde las instituciones dejan de limitar el poder para competir por cuotas de popularidad.

La Defensoría del Pueblo constituye uno de los ejemplos más visibles de este fenómeno en Bolivia. Su crisis no comenzó con un gobierno específico, ni tampoco puede reducirse a una determinada administración. Se incubó desde el momento en que olvidó responder una pregunta elemental: ¿para qué existe un Ombudsman dentro de una democracia constitucional?

Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, cualquier reforma legal será insuficiente. La recuperación institucional exige reconstruir la misión original de la Defensoría; defender a cada ciudadano frente al abuso del poder, actuar con independencia respecto de gobiernos y partidos políticos, fundamentar sus decisiones en el derecho antes que en la oportunidad política y comprender que los derechos humanos son límites al poder, no instrumentos de legitimación de intereses coyunturales.

La decadencia de la Defensoría del Pueblo no representa solamente el fracaso de una institución. Refleja una enfermedad más profunda de la democracia boliviana: la sustitución de la razón pública por el cálculo político y el reemplazo del Estado de derecho por una legitimidad neopopulista que confunde representación con presión, diálogo con complacencia y derechos con correlaciones de fuerzas; ignorancia suprema.

Recuperar la figura del Ombudsman supone, por lo tanto, recuperar una convicción esencial de toda democracia constitucional: las instituciones existen para proteger principios, no para disputar protagonismo político. Solo cuando la deliberación racional vuelva a ocupar el centro de la vida pública, como proponía Habermas, será posible reformar una Defensoría capaz de servir verdaderamente a los ciudadanos y no a las coyunturas del poder.



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