Compré el álbum “The Final Cut” en 1993. No era el disco
más popular de Pink Floyd, ni tampoco el más celebrado por los medios de
comunicación. Muchos seguidores lo consideraban una obra menor frente a obras
monumentales como “The Dark Side of the Moon”, “Wish You Were Here” o “The Wall”.
Sin embargo, para mí fue una experiencia distinta, pues es un disco que tiende
a hacer música desde las ruinas de una época y desde las heridas abiertas de
una generación que observaba cómo el mundo cambiaba sin saber exactamente hacia
dónde se dirigía.
Aquel 1993 fue un año extraño. La Guerra Fría había
terminado y la promesa de una nueva era de paz parecía instalarse en los
discursos oficiales; sin embargo, mientras los intelectuales celebraban el
supuesto “fin de la historia” en casi todo el mundo, Europa se desangraba en
las guerras de los Balcanes. Sarajevo era un símbolo vergonzoso de la barbarie
contemporánea. Los campos de concentración reaparecían en el continente que
había jurado no repetir jamás los horrores del siglo XX. Los nacionalismos
étnicos mostraban que la civilización europea seguía siendo frágil y se
mostraba inútil para poner fin a las matanzas en la ex Yugoeslavia.
En Bolivia también se respiraba una sensación de
cambio; de hecho, en ese entonces el conocido periodista Eduardo (cura) Pérez publicó
el libro “1993: El año del cambio”. La llegada de Gonzalo Sánchez de Lozada al
gobierno representaba la esperanza de reformas profundas, modernización
económica y apertura al mundo. Para algunos, comenzaba una nueva etapa; para otros,
era el inicio de una transformación incierta cuyas consecuencias tardarían años
en revelarse. Había optimismo, pero también dudas que finalmente terminaron muy
mal en su caída el año 2003.
En medio de ese contexto vino a mis manos “The Final
Cut”. Escucharlo era ingresar a un paisaje emocional devastado. No era un álbum
para acompañar celebraciones. Era una obra cargada de melancolía, rabia y
desesperación. El artífice del disco, Roger Waters, construyó una especie de
réquiem político donde los sonidos de explosiones, los gritos desgarrados y los
silencios tensos formaban parte del mensaje, tanto como las letras cargadas de desaliento
como en las canciones “Paranoid eyes” y “Your possible pasts”. Los temas
parecían surgir desde el interior de una conciencia herida.
Formalmente, el disco ha sido descrito como una
crítica a la guerra de las Malvinas y a la política de Margaret Thatcher en
1982. Waters veía aquel conflicto como una traición a los ideales por los que
había combatido la generación de su padre, muerto durante la Segunda Guerra
Mundial. Pero reducir “The Final Cut” a una denuncia contra la guerra y otros
horrores de aquel 82 (como la masacre perpetrada por Ariel Sharon en el sur del
Líbano), sería simplificarlo demasiado. El álbum habla de algo más profundo: la
sensación de que las promesas de la modernidad han sido traicionadas.
La música transmite el sentimiento de una derrota
moral. No la derrota de un ejército, sino la derrota de los ideales que alguna
vez dieron sentido a los sacrificios colectivos. Por eso el disco conserva
vigencia décadas después. Las guerras cambian de nombre y de escenario, pero la
desilusión permanece.
El propio título posee una fuerza simbólica
extraordinaria. La expresión “The Final Cut” proviene de Julio César de
Shakespeare, donde se menciona “el más noble de todos los cortes”, la herida
definitiva que pone fin a la vida de César. Waters utilizó esa referencia para
hablar de una última traición política: la traición de Inglaterra a sí misma y
la traición de Europa hacia una promesa de paz que nunca llegó. Sin embargo, al
escucharlo durante los años noventa, siempre tuve otra interpretación.
Para mí, “The Final Cut” representa el corte final de
un posible suicidio. No necesariamente el suicidio de una persona, sino el
suicidio de una época. Los años noventa fueron presentados como el triunfo
definitivo de la democracia liberal, del libre mercado y de la integración
global. Pero, bajo aquella superficie optimista comenzaban a incubarse muchas
de las crisis que hoy dominan el mundo. Los ajustes estructurales de economía
de mercado prometían prosperidad y terminaron generando enormes exclusiones.
Europa celebraba la integración, mientras las guerras étnicas demostraban la
persistencia de viejos demonios. La globalización expandía oportunidades, pero
también nuevas desigualdades.
Vista desde el presente, aquella década de los 90 parece
una mezcla de esperanza y autodestrucción. Fue una época de ilusiones que
escondía las semillas de conflictos futuros. Las guerras de Ucrania y Oriente
Medio, el retorno de los nacionalismos radicales, la erosión de las democracias
y la creciente fragmentación internacional muestran que muchas de las promesas
de aquellos años quedaron inconclusas. El mundo que parecía destinado a la
estabilidad, terminó descubriendo nuevas formas de incertidumbre.
Por eso “The Final Cut” sigue siendo un álbum
perturbador, tanto que Waters terminó abandonando Pink Floyd y la banda ingresó
en una crisis que parecía ser su acabose; sin embargo, el disco no ofrece consuelos,
sino que es una obra que obliga a mirar las heridas abiertas de la historia.
Cada explosión, cada grito de dolor y cada estallido emocional recuerdan que el
progreso no es algo asegurado y que las sociedades pueden perder el rumbo,
incluso cuando creen haber encontrado el camino correcto.
Más de treinta años después de haber comprado el
disco, sigo pensando que Roger Waters captó algo esencial sobre la condición
humana: la facilidad con que los sueños colectivos pueden convertirse en cenizas.
Tal vez por eso el álbum continúa resonando con intensidad. No habla solamente
de las Malvinas, habla de todas las generaciones que contemplan cómo sus
esperanzas chocan contra la absurda realidad. Quizás por eso, en estos tiempos
de guerras múltiples y crisis permanentes, “The Final Cut” suena menos como una
obra del pasado y más como una advertencia sombría para el presente.
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