LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y LA PARADOJA DE LA INTOLERANCIA EN BOLIVIA

 

La crisis boliviana contemporánea no puede entenderse únicamente como un problema económico o como resultado de las elecciones presidenciales de noviembre de 2025. Detrás del deterioro institucional, los bloqueos inhumanos, la polarización política y el debilitamiento de la democracia, existe un fenómeno más profundo: la transformación de amplios sectores de los movimientos sociales en estructuras corporativas dependientes del poder estatal. Lo que en algún momento fue presentado como una forma superior de participación popular, terminó convirtiéndose en una red de “lealtades clientelares” cuya principal función consistió en preservar privilegios, distribuir rentas y garantizar la supervivencia política de los diferentes gobiernos de Evo Morales.

Durante dos décadas, el Movimiento al Socialismo (MAS, 2006-2025) construyó una narrativa según la cual los movimientos sociales representaban la expresión genuina de la voluntad popular. Bajo esta visión, sindicatos, centrales indígenas, organizaciones campesinas, agrupaciones vecinales y diversas asociaciones corporativas eran considerados depositarios de una legitimidad moral superior frente a los partidos tradicionales. Sin embargo, la experiencia histórica mostró una realidad distinta. Muchas de estas organizaciones dejaron de actuar como mecanismos autónomos de representación para convertirse en extensiones del aparato estatal y partidario, con el fin de arrancar prebendas circunstanciales.

El eminente filósofo británico, Karl Popper, advirtió un peligro en el momento en que las utopías de la voluntad popular se transforman en exigencias ciegas de perfección y pretexto para destruir toda forma de tolerancia. En su memorable ensayo: “Utopía y violencia”, Popper analiza los proyectos políticos que afirman poseer una “verdad histórica superior”, endiosando a un actor social y terminando por justificar la coerción y la violencia, en nombre de un supuesto bien colectivo.

La búsqueda de una sociedad perfecta suele desembocar en la supresión de la crítica y en la persecución de quienes cuestionan el proyecto hegemónico, por medio de estrategias para movilizar a las masas hasta llevarlas al suicidio o la inmolación, distorsionando la voluntad popular con liderazgos dictatoriales que creen ser insustituibles. Para Popper, la democracia no consiste en imponer una visión definitiva de la justicia, sino en construir instituciones capaces de corregir errores mediante el “debate abierto” o el reemplazo pacífico de los gobernantes en elecciones democráticas y no bajo presiones de convulsión social.

La experiencia boliviana ofrece múltiples ejemplos de estas distorsiones. En nombre de la descolonización, la inclusión y la justicia histórica de los indígenas y campesinos, se consolidó un sistema político que toleró crecientes niveles de corrupción, debilitó la independencia institucional y convirtió la lealtad partidaria en un criterio fundamental para acceder a beneficios estatales. La retórica emancipadora sirvió, frecuentemente, para justificar prácticas incompatibles con una democracia liberal moderna, como las acciones sectarias de la Central Indígena del Oriente Boliviano (CIDOB), el Pacto de Unidad, la Central Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), los mal llamados “interculturales” (avasalladores de tierras y clientes políticos del MAS), o la Federación de Campesinos Tupac Katari.

La paradoja de la tolerancia formulada por Popper resulta muy pertinente. Una sociedad democrática no puede sobrevivir si acepta pasivamente a los actores que utilizan las libertades democráticas para destruirlas, como los bloqueos actuales que están destruyendo el tejido social y económico del país. Cuando determinados grupos consideran ilegítima cualquier alternancia política, rechazan la independencia judicial o recurren sistemáticamente a la presión corporativa para “imponer” sus intereses, la democracia comienza a erosionarse desde adentro. La tolerancia ilimitada hacia los comportamientos intolerantes, termina produciendo la desaparición de la propia tolerancia.

Uno de los problemas más graves en Bolivia ha sido la sustitución de la ciudadanía por la pertenencia corporativa. En una democracia republicana, los individuos poseen derechos porque son ciudadanos. En un sistema corporativo-clientelar, al que están acostumbrados los sindicatos como la Central Obrera Boliviana (COB) y los indígenas leales a Evo, los beneficios dependen de la capacidad de presión de cada organización. De esta manera, el Estado deja de responder al interés general y pasa a funcionar como un mecanismo de distribución de favores. La consecuencia es la violencia intolerante, la fragmentación de la sociedad y la pérdida de confianza en las instituciones.

La inestabilidad política demuestra los límites de este modelo. Cuando los recursos económicos disminuyen y el Estado ya no puede sostener las redes de prebenda, emergen conflictos cada vez más intensos entre los propios grupos que antes integraban la coalición del MAS. La disputa deja de ser ideológica y se convierte en una lucha por recursos escasos. En este contexto, la gobernabilidad se vuelve extremadamente frágil.

La reconstrucción democrática de Bolivia exige abandonar la ilusión donde los movimientos sociales, por el solo hecho de representar a sectores populares, poseen una legitimidad superior a las instituciones republicanas. Ninguna organización indígena, partido o grupo social debe situarse por encima de la ley. El pluralismo democrático requiere aceptar la diversidad de opiniones, la alternancia en el poder y la posibilidad permanente de crítica.

La lección fundamental de Popper sigue vigente. Las sociedades libres no se construyen mediante proyectos de perfección histórica engrandeciendo a campesinos o grupos étnicos, ni mediante la subordinación de las instituciones a una supuesta voluntad colectiva encarnada por un movimiento político o un caudillo desquiciado como Evo. Se construyen mediante reglas, controles, límites al poder y una cultura de tolerancia. Cuando estos principios son reemplazados por el clientelismo, el culto al líder o la pretensión de representar al “verdadero pueblo”, la democracia no puede sobrevivir.

El desafío actual consiste en recuperar una ciudadanía basada en derechos individuales, instituciones independientes y responsabilidad pública. Sin esa transformación, cualquier victoria electoral será insuficiente, porque la democracia no depende únicamente de quién gana las elecciones, sino de la existencia de una cultura política capaz de aceptar que nadie posee el monopolio de la verdad, ni tampoco el derecho de imponer una utopía mediante la fuerza.



Comentarios