LA DIGNIDAD DE DECIR LA VERDAD Y LA SOMBRA DE LOS COBARDES

 

Uno de los rasgos más inquietantes de la crisis boliviana no es solamente el deterioro económico, institucional o político. Existe un fenómeno más profundo y corrosivo: la normalización de la mentira y la ausencia de responsabilidad intelectual de aquellos funcionarios de los gobiernos de Evo y Luis Arce que hoy reaparecen como si nada hubieran hecho, o ninguna sombra tuvieran por detrás. No es así. En Bolivia, quienes ayer ocuparon cargos públicos durante los años más oscuros del régimen del Movimiento Al Socialismo (MAS), vuelven hoy como analistas, comentaristas o expertos, como si nada hubiera ocurrido. Hablan desde una supuesta autoridad del conocimiento, pero rara vez explican qué hicieron cuando tuvieron poder, qué decisiones tomaron o qué silencios guardaron mientras el país se encaminaba hacia el desastre económico e institucional, dentro de un Estado carcomido por la ineficiencia y la corrupción.

La situación resulta particularmente grave cuando antiguos funcionarios que administraron áreas sensibles del Estado, como el Observatorio Boliviano de Seguridad Ciudadana y Lucha Contra las Drogas, se presentan como observadores imparciales de problemas cuya magnitud contribuyeron a “ocultar o minimizar”, sobre todo cuando se analiza el rol del viejo zar antidrogas y cocalero, Felipe Cáceres, hoy detenido por narcotráfico. La memoria pública no debe evaporarse rápidamente. Quienes fueron parte de estructuras burocráticas responsables de la opacidad institucional, encuentran con facilidad espacios en los medios de comunicación, foros académicos o redes sociales, donde emiten diagnósticos sobre los mismos problemas que no supieron resolver, o que prefirieron ignorar cuando tenían capacidad de actuar.

El problema no radica en que un ex funcionario participe en el debate público. Por el contrario, una democracia madura necesita escuchar múltiples voces, incluidas aquellas que tuvieron experiencia de gobierno. El verdadero problema aparece cuando esa participación está desprovista de autocrítica. La credibilidad intelectual exige algo más que experiencia administrativa. Exige honestidad para reconocer errores, admitir omisiones y explicar por qué determinadas políticas salieron mal. Aquí resalta también el fracaso de la Ley de reforma educativa 070, donde algunos funcionarios masistas continúan influyendo negativamente en el Ministerio de Educación.

La autocrítica constituye una de las formas más elevadas de responsabilidad pública. Sin embargo, en Bolivia parece haberse convertido en una especie en extinción. Muchos actores políticos prefieren reinventarse como expertos neutrales, antes que confrontar su propio pasado. El resultado es una esfera pública contaminada por una inaceptable amnesia colectiva donde nadie parece ser responsable de nada.

Esta situación recuerda una de las grandes lecciones de la historia intelectual del siglo XX. Muchos pensadores, que alguna vez creyeron en el comunismo, tuvieron la valentía de reconocer públicamente las mentiras y los crímenes del socialismo real. Entre ellos destacó el español Jorge Semprún (ex Ministro de Cultura, 1988-1991), quien comprendió que la fidelidad a la verdad debía estar por encima de la fidelidad al partido. Después de haber sido militante comunista y haber conocido las contradicciones del sistema desde adentro, Semprún decidió denunciar los mecanismos de engaño, manipulación y ocultamiento que habían caracterizado a los regímenes socialistas.

Su ejemplo resulta muy relevante porque demuestra que la dignidad intelectual, no consiste en tener siempre la razón. Consiste en reconocer cuándo uno se equivocó. La grandeza moral de Semprún no surgió de la perfección, sino de su capacidad para revisar “críticamente” sus propias creencias y asumir las consecuencias de esa revisión.

Bolivia necesita ese tipo de integridad. Necesita ex funcionarios capaces de decir: “nos equivocamos”. Necesita autoridades que expliquen qué ocurrió con determinadas políticas públicas, por qué se ocultó información, o por qué se ignoraron señales evidentes de deterioro institucional, como en el ámbito del narcotráfico y las amenazas a la seguridad estatal. Necesita una cultura política donde la crítica comience por uno mismo, antes de dirigirse hacia los demás.

La verdad siempre tiene un costo. En sociedades acostumbradas al conformismo, quien ejerce una crítica independiente suele convertirse en un personaje incómodo. No porque sus argumentos sean necesariamente incorrectos, sino porque desafían las narrativas que permiten a muchos preservar privilegios, reputaciones o posiciones de influencia, ocultándose detrás de sus cobardías. La crítica auténtica incomoda porque obliga a recordar aquello que otros prefieren olvidar.

Por eso resulta frustrante compartir espacios de análisis con personas que nunca han realizado el menor ejercicio de rendición de cuentas, sobre todo con quienes aparecen como criminólogas cuando apañaron crímenes que hoy horadan el Ministerio de Gobierno. No se trata de una cuestión personal. Se trata de un problema ético. La autoridad intelectual y el pensamiento genuino deberían derivar de la coherencia entre las palabras y los hechos. Cuando esa coherencia desaparece, el análisis público se transforma en una representación teatral donde los antiguos responsables de los problemas se presentan como observadores externos de las consecuencias que luego destruyeron el Estado.

El escritor checo Václav Havel habló de la necesidad de “vivir en la verdad”. La expresión conserva una extraordinaria vigencia para Bolivia. Vivir en la verdad significa rechazar las ficciones convenientes, las justificaciones oportunistas y las memorias selectivas. Significa asumir que ninguna transformación democrática será posible, mientras quienes participaron en el deterioro institucional continúen hablando como si hubieran sido simples espectadores.

La recuperación del país no dependerá únicamente de nuevas políticas económicas o de nuevas elecciones. Dependerá también de reconstruir una “ética de la responsabilidad”. Una sociedad que no exige cuentas a sus dirigentes, termina atrapada en un ciclo permanente de simulación. Los mismos actores cambian de discurso, cambian de cargo y cambian de relato, pero nunca asumen las consecuencias de sus actos.

Frente a ese panorama, la crítica independiente conserva un valor fundamental. No porque garantice victorias políticas ni reconocimiento público, sino porque preserva algo más importante: la dignidad personal. La posibilidad de mirar hacia atrás y saber que uno no participó en la fabricación de las mentiras. La posibilidad de sostener una opinión sin depender de favores, cargos o lealtades partidarias. La posibilidad de ejercer la libertad intelectual, incluso cuando resulta incómoda.

En tiempos de imposturas, decir la verdad sigue siendo un acto de resistencia. Y en una Bolivia donde abundan los simuladores, los oportunistas y los especialistas en reinventar su pasado, la dignidad de la crítica honesta constituye una de las pocas formas de verdadera ciudadanía que aún merece ser defendida.


                                                      Václav Havel


                                                                Jorge Semprún

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