Hay una paradoja fascinante en el poeta Franz Tamayo (1879-1956),
probablemente el intelectual más brillante que Bolivia produjo: su famoso
ensayo, “Creación de la pedagogía nacional”, envejeció mucho más rápido que su
prestigio. Tamayo comenzó sus reflexiones a partir de una obsesión típica de
principios del siglo XX: la búsqueda del “alma nacional”, formulando una
pregunta fundamental: ¿qué es Bolivia y qué tipo de educación necesita una
nación “auténtica” ?; sin embargo, sus planteamientos quedaron obsoletos frente
a las fuerzas tecnológicas de la inteligencia artificial y el peso de una
educación cosmopolita en la globalización del siglo XXI.
Hoy día, aquella pregunta sigue siendo legítima, pero
sus respuestas resultan limitadas. Sus conceptos de raza, carácter nacional y
energía colectiva, pertenecen a una época marcada por el nacionalismo cultural,
el positivismo de comienzos de siglo (1900) y las teorías raciales que
circulaban en Europa y América Latina. Cuando Tamayo habló del indio como
reserva de la energía moral y física, o del mestizo como síntesis problemática,
construyó una suerte de tipologías que hoy resultan esencialistas.
La globalización, las migraciones internacionales
masivas, la revolución digital y las identidades múltiples del siglo XXI, se hicieron
mucho más complejas. Un joven boliviano puede sentirse simultáneamente paceño,
boliviano, latinoamericano, ciudadano digital y miembro de una comunidad global
de conocimientos. La identidad ya no es una “esencia”, sino más bien una
construcción dinámica. Por eso, la idea tamayana de encontrar una pedagogía
basada en una supuesta naturaleza profunda de la “raza boliviana” es,
simplemente, insuficiente.
Paradójicamente, Tamayo habló mucho de educación y
poco de pedagogía; en su ensayo no hay una teoría consistente del aprendizaje y
tampoco hay una reflexión sistemática sobre la infancia. No alcanzó a tener una
comprensión del desarrollo cognitivo, ni esbozó una metodología educativa para
potenciar los aprendizajes. Tamayo estuvo muy lejos de lo que después harían
Jean Piaget, John Dewey, Lev Vygotsky o Paulo Freire.
En realidad, el libro de Tamayo es más una reflexión
filosófica sobre Bolivia y no un libro pedagógico. Por lo tanto, muchos
lectores sienten cierta frustración ya que, en lugar de encontrar una propuesta
educativa, identifican un largo ensayo sobre la nación y su identidad. Sin
embargo, sería un error descartar completamente a Tamayo.
Hubo tres intuiciones extraordinarias. En primer lugar,
la educación no puede ser una simple copia. Tamayo observó que las élites
bolivianas importaban modelos europeos, sin preguntarse si respondían a las
necesidades reales del país. Esta crítica sigue teniendo vigencia porque hoy cambiamos
Europa por Silicon Valley, Finlandia o Singapur, pero el problema es similar:
la fascinación por copiar modelos externos sin adaptación local.
En segundo lugar, la educación debe partir de la
realidad concreta del estudiante. En su libro, Tamayo afirma que lo más valioso
de la pedagogía es comenzar con el niño, un aspecto moderno y lúcido de la
obra. El poeta comprendió que educar no es imponer contenidos abstractos, sino
trabajar con las capacidades, motivaciones y condiciones reales de las
personas.
En tercer lugar, Tamayo pensaba que la educación es
una cuestión estratégica para el destino colectivo. Aquí, su intuición fue
profunda, ya que mientras otros discutían sobre constituciones o partidos
políticos, Tamayo insistía en que el verdadero problema nacional era la
formación humana. Más de un siglo después, Bolivia sigue enfrentando
exactamente ese mismo dilema.
Hay, además, una ironía notable. Tamayo quería construir
una “pedagogía nacional” y en el siglo XXI surge exactamente lo contrario: la
fuerza de una “pedagogía cosmopolita”. Pero no un cosmopolitismo que niegue las
identidades colectivas, sino una pedagogía cosmopolita que permita a un
estudiante boliviano competir intelectualmente en cualquier lugar del mundo.
Si Tamayo todavía viviera, tal vez reformularía su
pregunta. Ya no preguntaría: ¿cómo educar al boliviano, según su raza y su
carácter? Preguntaría algo mucho más contemporáneo: ¿cómo formar individuos
capaces de actuar en el mundo global, sin perder la comprensión crítica de su
propia realidad? Esa pregunta conecta mejor con los desafíos de nuestra era,
dominada por la inteligencia artificial, la economía del conocimiento y la
ciudadanía global.
Como obra pedagógica, “Creación de la pedagogía
nacional” fue ampliamente superada; como teoría educativa, ofrece poco; como
filosofía de la educación, es incompleta. Pero como diagnóstico de una élite
boliviana imitativa, desconectada de su realidad y obsesionada con copiar
modelos extranjeros, conserva una fuerza sorprendente.
La mejor manera de leer a Tamayo, no es como pedagogo,
sino como un gran ensayista nacional que formuló una buena pregunta: ¿cómo
educarnos mejor para construir nuestro futuro?; sin embargo, su respuesta quedó
atrapada en las categorías intelectuales de su tiempo. Su verdadera vigencia no
está en las soluciones hipotéticas que propuso, sino en la magnitud de la pregunta
que planteó. Cómo educarnos y reformar la educación para mirar un futuro
sostenible, productivo, competitivo y digno de proteger. Aquella pregunta sigue
siendo relevante para Bolivia, incluso después de más de cien años.
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