Resumen
Este ensayo
analiza la complejidad y los cambios en torno a las identidades de género en el
siglo XXI, así como invita a una necesaria discusión para edificar una sociedad
más igualitaria, humana y menos lacerante. Para la literatura especializada en
los movimientos sociales de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Queers y
otros (LGBTQ+), en la sociedad global del siglo XXI empieza a destacar de
manera influyente la “fluidez de los géneros” porque el sexo con que uno nace
no expresa, necesariamente, la identidad de género que puede forjarse después.
El género se va transformando socio-cultural y políticamente de varias maneras
o puede adoptarse por razones de libertad individual y en medio de intensos conflictos.
Por lo tanto, las identidades de género y las sexuales se van construyendo de
manera simbólica en un ir y venir de intentos, rupturas e ilusiones, pero
siempre imaginando una proyección sobre cómo nos gustaría entendernos sin que
obligatoriamente los otros, que nos rodean, nos encierren en moldes
preestablecidos o en subjetividades irrompibles.
Introducción
“Yo soy el que soy”. Supuestamente, así se reveló
Dios a Moisés en el Antiguo Testamento. Hasta ese momento nadie había visto a
un ser supremo, ni tampoco se conocía su fisonomía o identidad. El misterio era
eterno, así como la imagen misma del todopoderoso; sin embargo, Dios tenía que
manifestarse de alguna manera. Un arbusto empezó a arder y Moisés tuvo pánico,
quería saber qué eran aquellas llamas, ¿se trataba de alguien o era un fenómeno
inexplicable sin identidad alguna? ¡Cómo iba a explicar al pueblo judío que
alguien se mostró ante el mundo diciendo ser Dios! Entonces fue pronunciada una
sentencia, al mismo tiempo evanescente pero muy clara: “yo soy el que soy”.
Esta respuesta no señala únicamente la identidad de Dios, sino la búsqueda de
cualquier ser humano en sus luchas por el derecho a la autenticidad que se
expresa como un tipo de fuerza o acción que nace desde la subjetividad y, en el
caso de las identidades de género, se resiste a ser una autenticidad impuesta
externamente
¿Quiénes
somos en realidad? ¿Clase social, raza, sexo, género, etnia, memoria o fluido
universo? Si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, según la cosmología
judeo-cristiana, entonces aquella respuesta sobre la identidad divina también
nos pertenece. Somos lo que somos, aquello que sentimos, somos nuestra
historia, nuestras experiencias, nuestro dolor y nuestras esperanzas que fluyen
sin cesar a lo largo de la existencia.
La
identidad de todo ser humano está atravesada por tres aspectos: a) los
estereotipos e ideologías de nuestra sociedad y cultura; b) los códigos
genéticos de nuestra biología y evolución como género humano; y c) aquello que
libremente hemos decidido como individuos y psicología particular para
construir nuestra personalidad. Parece algo sencillo, pero no necesariamente es
así, sobre todo cuando surgen los prejuicios, temores y rechazos hacia las
personas que se identifican como homosexuales, gays, lesbianas, transexuales,
intersexuales, pan-género y otras identidades. La identidad sexual, la
identidad de género y las identidades individuales son movibles y cambiantes,
aunque no siempre sean bien comprendidas o aceptadas.
Este
ensayo tiene el propósito de reavivar la complejidad y los cambios en torno a
las identidades de género en el siglo XXI, así como activar una necesaria
discusión para edificar una sociedad más igualitaria, humana y menos discriminatoria.
Para la literatura especializada en los movimientos sociales de Lesbianas,
Gays, Bisexuales, Transgénero y Queer (LGBTQ+), en la sociedad global del siglo
XXI empieza a destacar de manera intensa la “fluidez de los géneros” porque el
sexo con que uno nace no expresa, necesariamente, la identidad de género que
viene después. El género se va formando de varias maneras, o puede adoptarse
por razones de libertad individual, dentro de pugnas destructivas y relaciones
de poder. Por lo tanto, las identidades de género y las sexuales se van construyendo
de manera simbólica en un ir y venir de intentos, rupturas e ilusiones, pero
siempre imaginando una proyección sobre cómo nos gustaría entendernos sin que
necesariamente los otros nos encierren en moldes preestablecidos. Las
identidades de género se desarrollan como demandas a ser conquistadas dentro de
diferentes procesos de autoritarismo y democratización.
Hoy
en día, no se trata solamente de un cambio en los roles de género, sino que el
concepto de género en sí mismo se ha transformado completamente. En la sociedad
actual, el género es diferente del sexo
Ahora
todo es más relajado y ubicuo, sobre todo cuando se analiza la sexualidad
humana, junto con sus diversas formas de satisfacción individual;
específicamente tenemos que discutir las dimensiones del placer sexual porque
en la sociedad todavía se tiene miedo a indagar en las profundidades de la
sexualidad como estructura de goce ilimitado y, simultáneamente, fuente de represión
por temor a cruzar las fronteras de las identidades de un hombre y una mujer,
en la medida en que surgen los ámbitos del placer homosexual o transgénero.
Del fin de las identidades inmóviles al
redescubrimiento fluido del ser
¿Qué
significa nuestra identidad individual? ¿Hasta dónde predomina la identidad
colectiva y de qué tipo de fundamentos se alimenta? La persona que somos esconde
y muestra muchas cartas o, mejor dicho, oculta muchos perfiles, rostros y
facetas, de las cuales pocas son la verdadera esencia de nuestro espíritu y legitimidad
del yo. Toda identidad es un misterioso invento, muchas veces exagerado, otras
veces forzado por las condiciones de una guerra, de un conflicto social
profundo y, en la mayoría de los casos, la identidad está sustentada por las
ilusiones de engrandecer nuestro ego cuando es agredido por un actor o fuerza
dominante.
Lo
fundamental, sin embargo, parece ser aquel momento en el que nos reconocemos
por medio de la tranquilidad de nuestro lenguaje: un universo simbólico
inagotable. Gracias al lenguaje podemos hablarnos a nosotros mismos y responder
con una verdad genuina. Por lo menos, eso intentamos. En el fondo, esta es
nuestra identidad: el lenguaje veraz con el que reflexionamos de manera digna.
El objetivo es redescubrir nuestro ser. Hablar con uno mismo implica una tarea
difícil: un acertijo doloroso, pero liberador. “Estoy aquí, soy yo”, decimos y
de esta manera la identidad es igual a sí misma. Nos reconocemos como tales, en
la medida en que no tenemos otra opción que reforzar lo que sentimos por
dentro: esto somos y tratamos de demostrar cómo queremos que se nos identifique.
La
identidad es fluida y, simultáneamente, demanda que el resto de la sociedad
respete la forma en que nos presentamos ante los demás. Cómo se define una
persona a sí misma expresa la conexión directa entre la identidad individual y
la autoconciencia, momento especial donde el lenguaje transmite su propia
autoimagen que, en el caso de las identidades de género, es una mezcla de
reivindicación de autenticidad junto con varios tipos de sexualidades, deseo y
radicalismo para alterar las convenciones socio-políticas que rompen el modelo
de la familia patriarcal monogámica. Una multiplicidad de identidades sexuales “emerge
con el deseo, la fantasía, la emoción, el símbolo, el conflicto y la
ambivalencia”
Un
tiempo y una época, un ser y una identidad se expresan cuando, en el acto de
meditación, sale a la luz el ser que tenemos dentro, por medio del habla sin
malentendidos. La predominancia de la identidad individual es el tesoro más
hermoso que nos impulsa hacia el amor y hacia una necesaria fortaleza para
combatir las contradicciones éticas que nos afectan cada día. Cuando las
tradiciones van deteriorándose, sobre todo por las influencias de la
globalización y las presiones por la elección de diferentes estilos de vida, el
yo de cualquier individuo deja de ser es inmune, de manera que la identidad
personal tiene que ser creada y recreada más activamente
El
reverso de la medalla son las identidades colectivas y las etiquetas sociales
impuestas, todas ellas afectadas por la ideología y los patrones culturales; es
decir, por la comunicación sistemáticamente deformada junto con las mentiras
del poder de turno que únicamente busca legitimar a los, supuestamente, más
fuertes. América Latina, al igual que otras sociedades y culturas, es producto
del conflicto de identidades donde trata de imponerse el sobredimensionamiento
de las identidades masculinas, conservadoras y, en algún momento, de las
identidades político-religiosas, cuando los vientos de hoy nos llevan hacia un
mundo abiertamente transcultural, plural, multidimensional y abierto a las
identidades colectivas más porosas.
Como
el sociólogo español Manuel Castells ha establecido, existen tres tendencias
históricas en la construcción de las identidades colectivas: en primer lugar,
está la identidad legitimadora, propia de los Estados modernos que, a través de
un conjunto de instituciones como las escuelas y las instituciones militares, amoldan
la sociedad civil cohesionándola en torno a unos valores “originarios” y
tradiciones compartidas dentro de los cánones de la identidad patriótica y
nacional. En segundo lugar, tenemos a las identidades de resistencia, donde
resaltan todas las acciones de oposición y rechazo a la globalización, reivindicando
las tradiciones culturales o sus raíces locales ligadas a varias creencias
étnicas, nacionalismos religiosos y comunidades antropológicamente homogéneas
que ofrecen o proporcionan un refugio territorial y solidaridad endógena de
grupo
La
globalización postindustrial del siglo XXI nos enseña que llegó el fin de las
identidades culturales nacionales, de género, identidades vernáculas y étnicas.
Todo este entramado fue una construcción ficticia que nació y murió con la
rapidez y la solidez de las olas del mar. Lo único que permanece es la
identidad individual, siempre fluida: la verdadera traza del ser. La
autenticidad no radica en la cultura o el poder oficial, sino en la mirada
interior.
El
pasado ha huido frente al proceso globalizador donde actualmente se impone una
ciudadanía libre de ataduras y culturas tradicionales. El presente es de uno,
de la fuerza interior que nos transmite la personalidad auténtica. A pesar del
presente, cuántas dudas surgen llegado el momento de actuar, debido a que la
fuerza de la sociedad trata de encadenarnos a costumbres que representan una
alta dosis de convencionalismo y arbitrariedad. ¿Por qué se manifiesta tanta
impotencia y desesperación como si uno estuviera prisionero físicamente,
encerrado sin poder moverse ni atrás ni hacia adelante, suspendido en los
códigos de la ideología y lo ancestral-tradicional? Debemos romper cualquier ligadura
con lo atávico. Con el pasado colonial y las protestas que idealizan una
identidad cultural monolítica o el tradicionalismo en las identidades de género.
Lo único auténtico es el ímpetu de uno, la personalidad que se une a la
sinceridad de lenguaje interior sin ideologías ni legitimaciones espurias,
ligadas a un solo molde de la modernidad capitalista.
Cuando
reflexionamos en torno a no dejar que el pasado te diga quién eres, sino que
solamente dejemos que te diga quién serás si enciendes tu poder interior, tu
voluntad unívoca, entonces rescatamos nuestra historia personal, sublime y
profunda. El pasado influye en el ser, aunque no determina ni el futuro ni el
presente. Ahí está el reto: forjarnos cada día, intentando que la voluntad
domestique al destino, gracias a la identidad individual que es la tabla de
navegación en medio de la globalización y el capitalismo consumista. No es la
clase social, el género, ni el grupo étnico aquello que nos emancipará porque
todo gira en torno a deformidades ideológicas, aprovechadas por la política y
la sociedad autoritaria en sus formas más perversas. Es la libre determinación
de nuestro ser como individuos lo que nos permitirá sobrevivir. América Latina tendría
que olvidar los conflictos de identidad colectiva que supuestamente nos
agobian. Ni andinos, ni amazónicos, ni indios, somos únicamente hombres,
mujeres libres, lesbianas, homosexuales, bisexuales, transexuales, auténticos
y, como se verá más adelante, en permanente desenvolvimiento y tránsito.
El tránsito hacia múltiples identidades
En
la sociedad y la cultura se desarrolló una identidad binaria irrompible, referida tanto al sexo como al género. Entonces
todo parecía ser sencillo pues los seres humanos al nacer se registraban como
hombres y mujeres; azules y rosados. En los últimos cinco años hay una mayor
conciencia en el ámbito médico referida a que los genitales externos no son,
necesariamente, los que dictan el género. Ahora se tiene una perspectiva más
amplia porque junto con la idea del sexo como varón o mujer y el género
masculino y femenino, se agrega la declaración libre y personal de la gente
sobre qué género adoptar[1]
La
sociedad binaria del hombre y la mujer está abriendo el paso al “género a la
medida”, motivo por el cual ahora deberían registrarse las siguientes opciones:
sin género (agender); andrógino o intersexual que se encuentra en el medio
entre el género masculino y el femenino (androgynous); masculino en tránsito a
femenino; femenino en tránsito a masculino; pan-género (todos los géneros);
transfemenino; transmasculino y cisgénero, es decir, aquella identidad de
género que coincide con el fenotipo sexual, o lo que es lo mismo, una persona
puede identificarse con la existencia del pene si es hombre y la vagina si es
mujer
Al
mismo tiempo, esta revista difundió la hipótesis en la que un feto en gestación
hasta los tres meses de edad no tiene diferencia de sexo alguna. A partir de los
tres meses, si el feto va adquiriendo la anatomía de un varón, pero tiene una
escasa irradiación de hormonas masculinas (andrógenas), el cerebro del nuevo
ser va interpretando que podría encajar dentro de una futura identidad
femenina. De manera contraria, si el feto va desarrollando los genitales
femeninos y no tiene la suficiente concentración de estrógenos y progesterona,
el cerebro probablemente interpretará la existencia de una identidad masculina,
conforme avanza hasta el nacimiento y en la vida mundana posterior. ¿Se puede
nacer gay, transgénero, lesbiana o pangénero? La revista National Geographic sugiere que sí existe un factor causal genético,
pero, simultáneamente, es el abiertamente cultural que se relaciona con la
autodeterminación personal y la capacidad de tomar decisiones, según las
experiencias más íntimas de cada ser humano, lo que da lugar a múltiples identidades
de género.
La
discusión se coloca en la cima de las identidades colectivas movibles. Sin
embargo, también resalta mucha confusión y resistencia para ir más allá de la
sociedad binaria en cuanto a los sexos y el género. Esto dio lugar a que los debates
se hayan politizado porque existen grandes conflictos, tanto en el discurso del
movimiento LGBTQ+, como en las reacciones negativas de diferentes sectores de
la sociedad civil y algunas instituciones relacionadas con las iglesias, sean
éstas católicas o de otro tipo.
La
identidad de género se refiere a cómo uno se mira y entiende a sí mismo,
mientras que las expresiones de género son las formas diferentes en las que se
presenta éste a través del vestido, las acciones o comportamientos. La
identidad y expresiones de género, molesta a muchas personas que lo encuentran
difícil de comprender. De hecho, los médicos son reacios a discutir cómo se
puede orientar a la sociedad en términos científicos provenientes de la
medicina. Muchos médicos parecen considerar que no vale la pena un debate más
amplio y abierto por los conflictos con ciertas comunidades religiosas. Una
cosa está clara: el sexo o la manifestación de los genitales externos, no tiene
nada que ver con el género que es una identidad fundada en la sociedad, en la
lucha individual por un reconocimiento y en la conciencia personal para que cualquier
ser humano pueda expresar su existencia
La
identidad de género, sociológica y antropológicamente, tiene que lidiar, en
consecuencia, con los estereotipos, con aquello que es aceptado y rechazado en
la cultura. El género es diferente del sexo biológico o anatómico. Se puede
haber nacido con un tipo de genitales, pero posteriormente, los individuos
adoptan otra identidad a través del ejercicio libre de su conciencia. Al mismo
tiempo, cuando preguntamos qué significa la orientación sexual, se logra una
sola respuesta: ¿con quién una persona tendría relaciones sexuales? Aquí se
agrega el mundo de la sexualidad que parece ser todavía una dimensión
desconocida y llena de prejuicios.
Las
identidades de género móviles están muy relacionadas con la experimentación
sexual que exhibe muchas libertades en la sociedad actual y conduce a la
redefinición actual de las identidades sexuales y de género en términos no
esencialistas, lo cual lleva a considerarlas no como una sumatoria de atributos
diferenciales y permanentes, sino como un conjunto de posiciones y relaciones,
discursos donde se actualizan diversas posiciones de todo tipo de sujetos no
susceptibles de ser fijadas más que temporalmente
En
el siglo XXI, son las prácticas sexuales y el tipo de concepciones en torno al
erotismo y el placer que influyen poderosamente para asumir diferentes
identidades de género. Es el placer sexual que está en el centro de los
cuestionamientos y las nuevas construcciones sociales del género. Esta realidad
genera rechazos y miedos. En el pasado conservador de buena parte del siglo XX,
las iglesias y los grupos tradicionalistas consideraban a la sexualidad con
muchos tabúes, mientras que en este siglo hay una apertura mayor que se
extiende hacia prácticas sexuales que trascienden el coito entre un hombre y
una mujer. Las identidades de género en el mundo, muy probablemente están
fluyendo en torno a cómo sentir nuevas emociones que rompan los tabúes sobre el
placer sexual y cómo cultivarlo a lo largo de nuestras vidas.
Más
allá del conjunto de comportamientos que puede contribuir a desarrollar, la
sexualidad también expresa el carácter y personalidad de los individuos,
ayudándolos a realizarse como personas en un escenario donde la fuerza de la
identidad puede mostrarse por medio de ser hombre o mujer heterosexual,
homosexual, transexual, intersexual y otras identidades que van apareciendo
como parte de las disputas dentro de lo que significa lograr un reconocimiento
y autoafirmación.
Las
decisiones personales para romper con cualquier estereotipo sobre el placer
sexual, se articulan con la identidad de género que se convierte en el
argumento ideológico para destrozar la microfísica del poder que tiene toda
estructura social, en la cual se trata de poner una camisa de fuerza al cuerpo
humano, considerado como una fuente de rebelión cuando se trata de experimentar
placer sexual en una dirección contraria a lo socialmente aceptado
Por
otra parte, hay circunstancias en las que nacen bebés con signos de ambos sexos:
masculino y femenino. En medicina se trata del género intersexual, definido
como “Trastorno del Desarrollo Sexual (TDS)”, aunque muchos están en desacuerdo
con el uso de la palabra trastorno debido al surgimiento de adjetivos
discriminatorios relacionados con anormalidades, razón por la que algunos
profesionales prefieren utilizar la palabra “diferencias” en el desarrollo
sexual. Un “trastorno” haría pensar en la existencia de algo malo con las
personas, cuando se trata, más bien, de una variación natural. Precisamente es
aquí donde el debate médico toma notoriedad porque sería la misma evolución del
género humano que mostraría la posibilidad de existir con dos sexos y conforme
uno adquiere mayor conciencia e independencia personal, sería capaz de escoger
qué género le vendría mejor[2]
La
adopción de una identidad de género y la satisfacción sexual pueden
articularse, en la medida en que operan como mecanismos para la autoafirmación
del yo de las personas. Aquello que son los individuos (la existencia terrenal
única e irrepetible), les lleva a sentirse a gusto consigo mismos y con una
sexualidad que facilita el ejercicio de la libertad individual. En este caso, la
identidad no debe ser entendida en un sentido descriptivo, como un yo que trata
de conocerse, sino como una garantía de la continuidad de la persona en el
mundo. Por lo tanto, la identidad de género es una fuerza que debe ser
reconocida en su variedad múltiple y no estar encerrada en el enfoque binario
de lo masculino y femenino.
En
el ámbito filosófico, el existencialismo afirma que la “existencia precede a la
esencia”
En
el caso de las múltiples identidades de género, el existencialismo también se
ha modificado de alguna manera, porque esta vez, es la esencia que precede a la
existencia. Si a uno le tocó el pene o la vagina, o inclusive una combinación
de ambos genitales, por el hecho de constatarse estos órganos, no está todavía definida
la esencia de la identidad. Uno podría elegir hasta sentirse a gusto con la
esencia que uno juzga que le viene bien. Es un dilema ético de libertad
individual y de cómo consolidar un ser interior que anhela desarrollar la
esencia de muchos géneros. Las comunidades homosexuales, transexuales y
lésbicas estarían luchando para destruir la discriminación y la violencia,
defendiendo un tipo de identidad múltiple que clama libertad existencial como
el eje político e ideológico de acción liberal en el siglo XXI.
El
número de nacimientos que tienen la característica intersexual (un ser que no
es ni mujer ni hombre, al ver los genitales), es de uno por cada 1.500 o 2.000
nacimientos. Estas manifestaciones son de carácter mundial. Se trata de una
globalización de las transformaciones de género en el siglo XXI. Por ejemplo,
hay cerca de un millón de adultos en los EE.UU. que se identifican como
transgénero
El
nacimiento de bebés intersexuales ha promovido la defensa férrea de la integridad
de sus derechos humanos, motivo por el cual, el movimiento LGBTQ+ exige que se
pueda evitar que los médicos o los padres de un bebé intersexual decidan una
intervención quirúrgica para forzar su identidad de género. Un ser intersexual
debería vivir tranquilamente hasta que en la adolescencia, o en el momento en
que pueda tomar una decisión personal, elija sin presiones qué genitales e
identidad de género desea asumir
Por
ejemplo, en la ciudad de El Alto, Bolivia, se presentó uno de los pocos casos
reportados, el 27 de septiembre de 2013. Con dolores de estómago, una
adolescente de 14 años ingresó al hospital Sagrado Corazón de Jesús en la zona
del Kenko. La angustia y una cadena de sorpresas afloraron para sorpresa de
todos. El dolor de estómago era el de un parto; además, la joven declaró haber
sido abusada por su padre y, finalmente, nació un bebé intersexual, que muchos ni
quisieron bautizar con un nombre. La Defensoría de la Niñez intervino
rápidamente, el padre fue aprehendido y enviado a la cárcel de Chonchocoro pero
nunca más nadie supo qué sucedió. La madre también fue acusada de complicidad
en el incesto. De pronto, la familia se destruyó y ninguna persona podía tomar
la decisión de qué hacer con el bebé. ¿Fue dado en adopción, operado, o en la
actualidad está esperando una definición de su identidad dentro de una familia
convencional? Al preguntar sobre el caso en el Hospital Sagrado Corazón de
Jesús, todos se acuerdan del nacimiento, pero no saben cuál fue el desenlace
posterior. Este es el destino de cientos de casos similares: invisibilidad,
indiferencia y hasta desprecio porque, para muchos, sería mejor olvidar.
Muchas
personas transexuales y pan-género consideran que dentro de sí contienen “multitudes
de identidades”; sin embargo, los transexuales son víctimas de la violencia
desde el colegio, el vecindario y la propia familia. A pesar del dolor del
rechazo, los transexuales están realizando varios trámites para cambiar de
identidad ante el Estado, gracias a la Ley
Nº 807 de Identidad de Género, el matrimonio entre personas del mismo sexo
y otro tipo de reconocimientos, aunque persisten los estigmas del rechazo.
Las
posiciones políticas e ideológicas se encuentran confrontadas y surge una
especie de zona de choque: el conservadurismo de la sociedad junto con la
violencia hacia las diferencias de género. Las múltiples identidades de género
no son del todo anuladas, sin embargo, tampoco aceptadas, sobre todo por el
conflicto que está ligado a varias creencias religiosas. Se puede tener centros
de atención para huérfanos, ancianos y otros necesitados, pero algunas
instituciones eclesiásticas jamás serán tolerantes con la homosexualidad. Este
es el principal problema que amenaza el debate sobre las identidades de género
en América Latina: la intolerancia, la burla, el miedo a reconocer otras
prácticas sexuales y el rechazo abierto a los derechos civiles de igualdad.
Este tema está pendiente en la agenda de democratización del continente.
El
prejuicio se expresa vivamente en el momento de reconocer a la homosexualidad
como una manifestación plural, sustentada en la variedad de la conducta humana
en la sociedad postmoderna. En algún momento, las identidades colectivas fueron
encapsuladas dentro de la clase social, que desde finales del siglo XIX hasta la
caída del Muro de Berlín (1989) trataron de entronizar al obrero como núcleo de
la revolución mundial. Posteriormente, el concepto de clase social se entrelazó
con la identidad étnica y cultural, desatándose terribles guerras civiles como
un choque de civilizaciones, junto con el fundamentalismo religioso ligado al islam.
En
el siglo XXI, la fluidez de las identidades, lo que somos en la conciencia
individual, aquello que es producto de la familia, de la sociedad, la época, la
educación y la lucha por reivindicar nuestra libertad a todo precio, dieron
pábulo al abanico de las identidades de género. Ahora estamos frente a la
explosión de la intimidad como eje de autodeterminación para existir como seres
únicos en el mundo, pero también como multiplicidad identitaria.
El
problema principal que reside detrás de la multiplicidad y el conflicto de
identidades de género, se trasluce en el dolor y la violencia debido a la
exclusión. Entre 2014 y 2020, al menos 3.599 personas LGBTQ+ fueron asesinadas por
odio hacia personas con diferentes identidades de género. No se sabe a ciencia
cierta cuántos casos llegan a tener sentencia porque es la impunidad que
predomina, junto con el sub-registro y la falta de estadísticas puestas al día.
Muchas denuncias ni siquiera llegan a la Policía o a las instancias de los Ministerios
Públicos
La
mayor parte de las creencias religiosas refutan otras formas de orientación
sexual oponiéndose tenazmente a la unión civil homosexual. Los medios de
comunicación masiva hacen un solo frente, no para informar o socializar mejor
la educación sexual y los problemas de la sexualidad en el siglo XXI, sino para
fomentar el sensacionalismo del mundo de otras identidades sexuales como algo
chistoso, pintoresco y hasta oprobioso, reforzando, en algunos casos, el
puritanismo cuyo objetivo es preservar las conductas tradicionalistas y evitar
que prospere el matrimonio homosexual, considerado patológico.
Lo
que las identidades fluidas del siglo XXI buscan es el interés en demostrar que
existe un enlace de carácter constructivo entre el compromiso libre de nuevas
esencias para la existencia humana, de manera que diferentes seres humanos encuentren
su realización en un tipo de lucha por la igualdad, los derechos humanos y la
no discriminación para alcanzar un esquema abierto de humanidad. Este
compromiso libre podrá ser comprensible en una época donde la estrategia de
lucha es la relatividad de los valores y las instituciones culturales de la
sexualidad binaria, promoviéndose, más bien, un conjunto variado de identidades
de género y sexuales, como posibilidad de tolerancia democrática y pluralidad
cultural para el goce de individuos con la capacidad de libre autenticidad
Pasado y presente
En
el terreno político, nuestra democracia tiende a actuar con ambigüedad y
postergar la aplicación responsable de leyes a favor de las minorías sexuales,
dejándose llevar por ideas preconcebidas transmitidas por la televisión y las
influencias religiosas. ¡Qué ejemplo se dará a los niños! Esta es la
preocupación de muchos con el código binario en la mente: masculino y femenino;
sin embargo, la multiplicidad de identidades de género se remonta hace miles de
años. En el Talmud judío existirían 6 géneros, identificándose lo siguiente: masculino,
femenino, tumtum, andróginos, saris y ay’lonit, aunque no se especifica
claramente qué son. Lo que parece existir es un conjunto de identidades
variables, ligadas con las costumbres acerca de lo aceptado socialmente y las
prácticas sexuales, aunque en condiciones que también sean culturalmente
reconocidas. De cualquier manera, lo destacable es la existencia de identidades
más allá de lo binario
A
pesar de tener en Bolivia la Ley de
Género 807, se impusieron los códigos binarios. Solamente es posible el
reconocimiento de lo masculino y femenino. Los datos para el cambio de género
en el periodo 2016-2019 muestran que la gran mayoría pertenece a personas que
antes tuvieron la identidad masculina y ahora lograron una cédula con el género
femenino (204 casos), mientras que, a la inversa, la nueva identidad masculina
logró beneficiar a 86 casos (que antes eran mujeres). Sin embargo, en Bolivia,
por el momento, no es posible registrar otras identidades.
Por
otro lado, tampoco se puede condenar la unión civil entre parejas homosexuales.
En muchos casos, la discusión pasó de ser una defensa objetiva de los derechos
civiles, a una exposición de prejuicios religiosos que promueven la oposición
por la oposición, tal como lo que sucede con la legalización del aborto. La
homosexualidad, junto con la diversidad de identidades de género, no constituye
un problema, sino que se trata de una elección sobre el tipo de orientación
sexual e identidad que quieren ejercer los seres humanos. Los homosexuales,
bisexuales, transexuales y personas pan-género, representan ciudadanos con
plenos derechos y obligaciones, siendo injusto exponerlos a diferentes situaciones
de discriminación.
Hablar
de homosexualismo permite quebrar una serie de esquemas cerrados
neoconservadores, evitando que esta realidad sea enclaustrada, perseguida y
sometida a la violencia. La orientación sexual es una libre opción y, al mismo
tiempo, una expresión más de la personalidad humana
En
la Grecia antigua solía verse bien que públicamente
un hombre joven sea compañero de otro mayor. En retribución se costeaban los
estudios, el alimento y la vivienda del joven; sin embargo, las uniones clandestinas entre hombres y/o
mujeres eran sancionadas con la muerte para los homosexuales y con la drástica
exclusión de las lesbianas dentro de la comunidad griega. La norma de aquel
entonces era el ejercicio de derechos y prácticas sin tabúes, mientras la
sociedad acepte dicha manifestación de identidades de género. Grecia no
condenaba la homosexualidad.
Durante
la Edad Media, el dogma religioso juzgaba, castigaba y mataba. El machismo
moral de los fieles católicos se apoyó en la doctrina del matrimonio solamente
entre hombres y mujeres. Esta concepción permanece en la psiquis de las
personas y pasa de ser reflexiva en torno a la sexualidad humana, a convertirse
en inquisidora de los derechos humanos, cerrando los ojos ante la eventualidad
de reconocer una realidad que contradice las lecturas bíblicas tradicionales. Sin
embargo, posiblemente la Biblia tampoco tendría razón para condenar, en sí
misma, a la homosexualidad. En el Libro Segundo de Samuel del Antiguo
Testamento, se puede leer: “Angustia tengo por ti, Jonatán, hermano mío. Con
cuanta dulzura me trataste; para mí tu cariño superó al amor de las mujeres”.
La presencia de eunucos, la aceptación de la prostitución como una conducta
ancestral y hasta el perdón junto al amor como eje de convivencia, pregonado
por Jesucristo, marcan una señal de aceptación de varias identidades que,
posteriormente, fueron coartadas por la intolerancia católica en tiempos de la
Inquisición.
Moralistas
de la iglesia católica tratan al homosexualismo como una depravación,
difundiendo la censura y el castigo. Esto terminó siendo inútil porque el 17 de
mayo de 1990, la Organización Mundial de Salud (OMS) excluyó a la
homosexualidad del código internacional de enfermedades, junto con los grupos
Lésbicos-Gay, Transexuales y Bisexuales. Para el año 2005 aquella fecha se
convirtió en un momento para celebrar la Primera Jornada Mundial Contra la
Homofobia.
Las
identidades fluidas de género, junto
con sus consiguientes comportamientos sexuales, casi siempre fueron reprimidas
al ser juzgadas como patologías sociales o individuales. El comportamiento
homosexual, muchas veces se disfraza y es víctima de malas interpretaciones,
pero, desde una visión tolerante y democrática, la homosexualidad es
vislumbrada como un componente más de las distintas dimensiones de la
sexualidad humana.
En
la cultura sexual del siglo XXI podemos diferenciar entre los comportamientos
homosexuales y el deseo y la orientación homosexual que puede manifestarse,
inclusive, en las personas heterosexuales. Esta idea está detrás de una famosa
película sobre dos vaqueros estadounidenses (el vaquero sería una imagen viril
por antonomasia), Brokeback Mountain
(El secreto de la montaña). Esta
película fue ganadora de un premio Oscar al mejor guión adaptado en el año
2006. La trama muestra a dos vaqueros que transitan de un comportamiento
heterosexual hacia un amor homosexual, en medio de la soledad de una montaña,
alejada de los códigos binarios de lo masculino y femenino.
Según
la Asociación Americana de Psicología (APA), las relaciones homosexuales según
las circunstancias, podrían emerger de un momento a otro, aunque los
comportamientos sean heterosexuales en el resto de sus vidas. De todos modos,
“no hay un consenso entre los científicos sobre las razones exactas por las que
las personas desarrollan una orientación heterosexual, bisexual, gay o
lesbiana. Aunque se ha investigado mucho con respecto a las posibles
influencias genéticas, hormonales, de desarrollo, sociales y culturales sobre
la orientación sexual, no han surgido descubrimientos que permitan a los
científicos concluir que un factor o una combinación particular de factores
determina la orientación sexual”
Conclusiones
El
desarrollo sociológico de las identidades de género es una expresión libre, en
constante movimiento y una señal democrática. Toda esta discusión, sin embargo,
muestra una gran resistencia por parte de la iglesia católica que se convierte
en el sector más inflexible que rechaza las nuevas identidades de género y cualquier
intento por legalizar el matrimonio o las uniones civiles entre parejas del
mismo sexo. Las creencias religiosas enfrentan lo bueno contra lo malo; el
pecado versus lo inmaculado; lo moral contra lo inmoral. Estas polarizaciones
simplifican la realidad para presionar a las personas, con el fin de exigir una
posición a favor o en contra de la homosexualidad. Aun así, las identidades
diversas del género no han desparecido, ni van a desparecer.
No
se trata de tomar partido, sino de eliminar la discriminación del inconsciente
colectivo y la vida cotidiana. La aceptación de las múltiples identidades de
género va logrando mayor aceptación, sobre todo en las generaciones jóvenes.
Las comunidades de la diversidad sexual lograron sobreponerse a todo tipo de
condiciones adversas y han combatido con éxito el discurso eclesial por una
razón simple: la misma iglesia, Fuerzas Armadas y diferentes instituciones de
prestigio tienen entre sus filas a homosexuales. La cultura gay se manifiesta
en la música, pintura, cine, bibliografía, gastronomía, moda y televisión. Se avanza
lento pero seguro. En el fondo, las identidades de género van a ser aceptadas
positivamente, en la medida en que se consolide y florezca una cultura
democrática donde el ejercicio de los derechos incluye también las prácticas
sexuales, que no necesariamente se enmarcan en los códigos binarios del hombre
y la mujer.
En
toda América Latina se están diseñando políticas importantes para resguardar
los derechos civiles de los homosexuales. Las parejas del mismo sexo podrían
llevar adelante una unión civil y, en otros casos, convertirse en un matrimonio
con el reconocimiento de derechos patrimoniales, la disposición de bienes y
obligaciones, tal como las parejas heterosexuales, incluyendo el seguro social
junto a la protección económica en casos de divorcio.
Cada
Estado, de acuerdo con su propia cultura, tiene que dar respuestas sociales y
jurídicas en el debate sobre la homosexualidad. La postergación de políticas a
favor de los derechos para las comunidades gay, lésbicas y transgénero, implica
cerrar los ojos frente a los hechos latentes y manifiestos en nuestras
sociedades porque con el consentimiento o no de la ley, las parejas
homosexuales practican el concubinato. Respecto de la adopción de hijos, las
discusiones deberán presentar un conjunto de aportes multidisciplinarios, donde
estén contempladas las características jurídicas de una adopción en los marcos
de un matrimonio gay, pues no se sabe claramente cuáles serían las condiciones
para otorgar adopciones (de darse el caso) y cuáles las limitaciones o
prohibiciones.
Lo
importante es formalizar a muchas parejas que ya conviven como lo hacen los
heterosexuales. Es singular la contribución de algunas sociedades
latinoamericanas como Brasil, México, Uruguay, Colombia o Argentina, que han
demostrado una mayor influencia democrática de las múltiples identidades de
género en el comportamiento cultural, social, económico y sexual. En las calles
de Estados Unidos o Europa se encuentran a personas del mismo sexo tomadas de
la mano o besándose, sin que se afecte el morbo de los individuos. Las
legislaciones en varios países latinos vieron la necesidad mínima de analizar
la homosexualidad y sus derechos, de tal manera que algunos legisladores sin
ser homosexuales, están aportando para mejorar las condiciones de igualdad,
tolerancia y respeto hacia las comunidades gay.
Argentina
fue uno de los primeros países en América Latina, y décimo en el mundo, que
legalizó las uniones civiles para personas del mismo sexo en el año 2003. El 15
de julio de 2010, el Senado aprobó un dictamen de modificación de la Ley Civil
de Matrimonio, permitiendo el matrimonio gay, incluso aceptando la adopción en
todo el país.
En
Bolivia aún no está legalizada la unión de parejas del mismo sexo, pero existe
un significativo avance en una legislación que contemple la inclusión de
homosexuales en los espacios institucionales públicos y privados. En el año
2008, bajo el auspicio de los defensores de Derechos Humanos, se difundió por
radio y televisión la propaganda Bolivia
libre de homofobia y de discriminación, inspirada en la nueva Constitución
Política del Estado aprobada en 2009. La aprobación en el año 2016 de la Ley de Identidad de Género permite que
las personas con identidad gay y transgénero puedan expresar sus
reivindicaciones, teniendo acceso al cambio de su identidad en una cédula de
identificación; sin embargo, el Tribunal Constitucional en una sentencia de
noviembre de 2017, rechazó la unión de parejas homosexuales, poniendo en
estatus quo el reconocimiento de mayores derechos; sin embargo, en el año 2020
se aprobó, después de muchos esfuerzos y demandas, la unión legal de parejas
del mismo sexo.
En
Brasil el año 2005, el Estado de Río Grande do Sul aprobó el matrimonio
homosexual. En otros estados se busca aprobar la ley de unión civil como en
Bahía, Minas Gerais, Paraíba, Paraná, Pernambuco, Río de Janeiro y São Paulo.
El activismo LGBT en Chile logró incluir proyectos sobre los Derechos Sexuales
y Reproductivos, la Ley de matrimonio homosexual, la Ley de Unión de Hecho y la
Ley de Unión Civil, de las cuales ninguna ha prosperado en el Parlamento,
debido a la tremenda oposición de sectores conservadores.
En
Colombia se planteó un proyecto de ley sobre el reconocimiento de los derechos
patrimoniales para las parejas del mismo sexo, es decir, si uno de los miembros
de la pareja homosexual fallece, los bienes y el capital conseguidos por
socorro, trabajo y ayuda mutuos podrán ser heredados por su compañero
permanente. La única condición para acceder a este beneficio es que la pareja
lleve dos años de convivencia, exactamente igual a lo que sucede con las
parejas heterosexuales.
El
4 de octubre del 2007, la Corte Constitucional colombiana aprobó que las
parejas del mismo sexo puedan afiliar a su compañero o compañera al sistema
público de salud, con sólo presentar una declaración notarial de unión marital
de hecho y un mínimo dos años de convivencia. Las parejas también pueden
acceder a la pensión de sobreviviente, pero no adoptar niños.
En
Ecuador, las uniones de hecho entre dos personas, sin especificar su género,
tienen los mismos derechos y obligaciones que cualquier matrimonio, lo que
equivale al reconocimiento de las parejas homosexuales, con la única condición
de convivencia y unión monógama por más de dos años, aunque la adopción no está
permitida. En Perú existe una ley para eliminar la discriminación por
orientación sexual. La homosexualidad conquistó cierta aceptación; por ejemplo,
los transexuales peruanos pueden cambiar de género legalmente y obtener su
documento de identidad.
Uruguay
fue el primer país de América Latina en legalizar la unión civil de parejas
homosexuales el 27 de diciembre del 2007. Si se trata de analizar las
estadísticas de manera objetiva, cerca de 2.697 parejas de homosexuales
lograron casarse en Argentina después de un año entre 2010 y 2011, aprovechando
la vigencia la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta normativa
es la primera que ampara tal derecho en América Latina y resultó ser sumamente
democrática y abierta a una transformación que está impregnando la sociedad:
familias sin el estereotipo tradicional femenino y masculino a la cabeza de los
núcleos familiares.
En
una de sus columnas periodísticas Piedra
de Toque, el premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, sintetiza
claramente la necesidad de ir más allá de la situación puritana que aún
subsiste en muchos ámbitos de opinión: “tenemos miedo al sexo y nos cuesta
aceptar que en ese incierto dominio hay opciones diversas y variantes que deben
ser aceptadas como manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este
aspecto de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar,
permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elija su conducta y vocación sin
otra limitación que el respeto y la aquiescencia del prójimo”
Pertenecemos
a una clase social, pero esto no es todo. Sentimos un arraigo hacia una cultura
que todavía reclama por una identidad étnica. En el trabajo ejercemos
diferentes funciones económicas e institucionales y en la intimidad de nuestras
libertades personales, sentimos la activa interpelación sobre quiénes somos
como género, avanzando más allá del ser mujer o varón porque nuestros gustos y
prácticas sexuales también son cambiantes, en la medida en que se buscan
satisfacciones variadas. Las identidades de género son una manifestación
postmoderna de lo que es la existencia, de aquello que podría ser, lo que puede
llegar a cambiar y aquello que no se puede encerrar en lo tradicional.
Mientras
tanto, también seguirá expresándose el rechazo que, en última instancia, demuestra
comportamientos violentos y antidemocráticos. La esencia de las múltiples
identidades de género realmente precede a la existencia de los códigos
binarios. Sin embargo, el mismo Jean Paul Sartre nos alertó diciendo que “el
infierno son los otros”: los homosexuales para los heterosexuales, los
conservadores fundamentalistas para los transexuales. Estamos rodeados del
infierno, ahora bien, ¿por qué nos debería sorprender esto? Sin embargo,
estamos condenados a vivir libres y obligados a estar uno al lado de los otros.
Así es la vida: torpe, rica, múltiple y llena de obstáculos en un mundo
cambiante. Es en medio de estos cambios que las identidades fluidas quieren
asegurarse un espacio legítimo como fuerza democratizadora en América Latina y
el mundo.
El
debate sobre las identidades de género es crucial porque muestra una
contradicción entre la evolución de los sistemas democráticos, con el
correspondiente aumento en las libertades políticas y el ejercicio de todo tipo
de derechos, frente a la perdurabilidad del patriarcalismo que menosprecia a
las mujeres y a las identidades LGBTQ+, fomentando el recrudecimiento de un
tipo de violencia estructural.
La
independencia económica, educacional o liberación antipatriarcal de las mujeres
y el ejercicio pleno de sus derechos al placer, junto con el aumento de sus
posibilidades de acción político-cultural, hacen que las identidades fluidas LGBTQ+
sean, una vez más, el escenario por antonomasia para el desarrollo de sexualidades
transgresoras en las que destaca una lucha por la democratización de los roles
sociales, la justicia para el acceso a todo tipo de bienes sin ser sujetos de
prejuicio y descalificación arbitraria. Al mismo tiempo, las identidades
movibles y la práctica de la sexualidad ligada a aquellas, es un derecho
individual y una reivindicación política donde el ámbito íntimo de un conjunto
de placeres de acuerdo con las reivindicaciones de los grupos LGBTQ+, es una búsqueda
democratizadora
Las
identidades fluidas también podrían cambiar la cultura doméstica de las
familias, escuelas y universidades que todavía transmiten estereotipos
conservadores para convertir a las mujeres y los actores LGBTQ+ en sujetos que están
a merced de la dominación masculina y bajo la doble moral de las instituciones
estatales donde tiende a normalizarse la violencia doméstica, el acoso laboral,
los feminicidios, los asesinatos de odio homofóbico y la retardación de
justicia.
El
aumento de la violencia contra las mujeres y los grupos LGTBQ+ en los ámbitos
domésticos y laborales tienen su origen en la crisis y destrucción progresiva de
la identidad masculina que se siente amenazada y, en consecuencia, se resiste a
aceptar los costos económicos, políticos e individuales que implica el
reconocimiento de derechos equitativos para las mujeres, así como la
consolidación de otras identidades como sujetos de placer y grupos democratizadores
pertenecientes al movimiento LGTBQ+.
En
un sistema democrático, la ampliación de los derechos sociales y las políticas
de equidad de género han creado una frustración socio-ideológica en la
identidad de la dominación masculina, la cual, más allá de las profesiones,
oficios y clases sociales, se estrella con violencia hacia las mujeres y los
actores LGTBQ+, haciendo fracasar las políticas de género y reforzando los
patrones autoritarios de la violencia en los escenarios familiares, sociales,
económicos y políticos del mundo. Asumiendo las identidades fluidas de género,
se está alcanzando una victoria para la erradicación de la violencia de género,
haciendo que el movimiento LGTBQ+ logre un estatus como actor que tiene la
capacidad para generar cambios sociales profundos.
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