YO SOY QUIEN SOY: CUANDO LAS PUGNAS POR LAS IDENTIDADES DE GÉNERO SE HACEN MÁS FLUIDAS

 

Resumen

Este ensayo analiza la complejidad y los cambios en torno a las identidades de género en el siglo XXI, así como invita a una necesaria discusión para edificar una sociedad más igualitaria, humana y menos lacerante. Para la literatura especializada en los movimientos sociales de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Queers y otros (LGBTQ+), en la sociedad global del siglo XXI empieza a destacar de manera influyente la “fluidez de los géneros” porque el sexo con que uno nace no expresa, necesariamente, la identidad de género que puede forjarse después. El género se va transformando socio-cultural y políticamente de varias maneras o puede adoptarse por razones de libertad individual y en medio de intensos conflictos. Por lo tanto, las identidades de género y las sexuales se van construyendo de manera simbólica en un ir y venir de intentos, rupturas e ilusiones, pero siempre imaginando una proyección sobre cómo nos gustaría entendernos sin que obligatoriamente los otros, que nos rodean, nos encierren en moldes preestablecidos o en subjetividades irrompibles.

Introducción

 “Yo soy el que soy”. Supuestamente, así se reveló Dios a Moisés en el Antiguo Testamento. Hasta ese momento nadie había visto a un ser supremo, ni tampoco se conocía su fisonomía o identidad. El misterio era eterno, así como la imagen misma del todopoderoso; sin embargo, Dios tenía que manifestarse de alguna manera. Un arbusto empezó a arder y Moisés tuvo pánico, quería saber qué eran aquellas llamas, ¿se trataba de alguien o era un fenómeno inexplicable sin identidad alguna? ¡Cómo iba a explicar al pueblo judío que alguien se mostró ante el mundo diciendo ser Dios! Entonces fue pronunciada una sentencia, al mismo tiempo evanescente pero muy clara: “yo soy el que soy”. Esta respuesta no señala únicamente la identidad de Dios, sino la búsqueda de cualquier ser humano en sus luchas por el derecho a la autenticidad que se expresa como un tipo de fuerza o acción que nace desde la subjetividad y, en el caso de las identidades de género, se resiste a ser una autenticidad impuesta externamente (Nietzsche, 1972). Para lograr la autenticidad, el ímpetu intenta trascender la moral y los códigos binarios convencionales de hombre y mujer.

¿Quiénes somos en realidad? ¿Clase social, raza, sexo, género, etnia, memoria o fluido universo? Si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, según la cosmología judeo-cristiana, entonces aquella respuesta sobre la identidad divina también nos pertenece. Somos lo que somos, aquello que sentimos, somos nuestra historia, nuestras experiencias, nuestro dolor y nuestras esperanzas que fluyen sin cesar a lo largo de la existencia.

La identidad de todo ser humano está atravesada por tres aspectos: a) los estereotipos e ideologías de nuestra sociedad y cultura; b) los códigos genéticos de nuestra biología y evolución como género humano; y c) aquello que libremente hemos decidido como individuos y psicología particular para construir nuestra personalidad. Parece algo sencillo, pero no necesariamente es así, sobre todo cuando surgen los prejuicios, temores y rechazos hacia las personas que se identifican como homosexuales, gays, lesbianas, transexuales, intersexuales, pan-género y otras identidades. La identidad sexual, la identidad de género y las identidades individuales son movibles y cambiantes, aunque no siempre sean bien comprendidas o aceptadas.

Este ensayo tiene el propósito de reavivar la complejidad y los cambios en torno a las identidades de género en el siglo XXI, así como activar una necesaria discusión para edificar una sociedad más igualitaria, humana y menos discriminatoria. Para la literatura especializada en los movimientos sociales de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero y Queer (LGBTQ+), en la sociedad global del siglo XXI empieza a destacar de manera intensa la “fluidez de los géneros” porque el sexo con que uno nace no expresa, necesariamente, la identidad de género que viene después. El género se va formando de varias maneras, o puede adoptarse por razones de libertad individual, dentro de pugnas destructivas y relaciones de poder. Por lo tanto, las identidades de género y las sexuales se van construyendo de manera simbólica en un ir y venir de intentos, rupturas e ilusiones, pero siempre imaginando una proyección sobre cómo nos gustaría entendernos sin que necesariamente los otros nos encierren en moldes preestablecidos. Las identidades de género se desarrollan como demandas a ser conquistadas dentro de diferentes procesos de autoritarismo y democratización.

Hoy en día, no se trata solamente de un cambio en los roles de género, sino que el concepto de género en sí mismo se ha transformado completamente. En la sociedad actual, el género es diferente del sexo (Amelia, 2015). La problemática de género se convierte, por lo tanto, en un caso donde la manifestación de las identidades colectivas es altamente moldeable y sometida a cambios constantes donde se articulan las libertades individuales y todo el entramado socio-cultural. Esto muestra que la aparición variable de identidades de género, va más allá de los códigos ancestrales e imaginarios ideológicos que antes se consideraban fuertes e inamovibles.

Ahora todo es más relajado y ubicuo, sobre todo cuando se analiza la sexualidad humana, junto con sus diversas formas de satisfacción individual; específicamente tenemos que discutir las dimensiones del placer sexual porque en la sociedad todavía se tiene miedo a indagar en las profundidades de la sexualidad como estructura de goce ilimitado y, simultáneamente, fuente de represión por temor a cruzar las fronteras de las identidades de un hombre y una mujer, en la medida en que surgen los ámbitos del placer homosexual o transgénero.

Del fin de las identidades inmóviles al redescubrimiento fluido del ser

¿Qué significa nuestra identidad individual? ¿Hasta dónde predomina la identidad colectiva y de qué tipo de fundamentos se alimenta? La persona que somos esconde y muestra muchas cartas o, mejor dicho, oculta muchos perfiles, rostros y facetas, de las cuales pocas son la verdadera esencia de nuestro espíritu y legitimidad del yo. Toda identidad es un misterioso invento, muchas veces exagerado, otras veces forzado por las condiciones de una guerra, de un conflicto social profundo y, en la mayoría de los casos, la identidad está sustentada por las ilusiones de engrandecer nuestro ego cuando es agredido por un actor o fuerza dominante.

Lo fundamental, sin embargo, parece ser aquel momento en el que nos reconocemos por medio de la tranquilidad de nuestro lenguaje: un universo simbólico inagotable. Gracias al lenguaje podemos hablarnos a nosotros mismos y responder con una verdad genuina. Por lo menos, eso intentamos. En el fondo, esta es nuestra identidad: el lenguaje veraz con el que reflexionamos de manera digna. El objetivo es redescubrir nuestro ser. Hablar con uno mismo implica una tarea difícil: un acertijo doloroso, pero liberador. “Estoy aquí, soy yo”, decimos y de esta manera la identidad es igual a sí misma. Nos reconocemos como tales, en la medida en que no tenemos otra opción que reforzar lo que sentimos por dentro: esto somos y tratamos de demostrar cómo queremos que se nos identifique.

La identidad es fluida y, simultáneamente, demanda que el resto de la sociedad respete la forma en que nos presentamos ante los demás. Cómo se define una persona a sí misma expresa la conexión directa entre la identidad individual y la autoconciencia, momento especial donde el lenguaje transmite su propia autoimagen que, en el caso de las identidades de género, es una mezcla de reivindicación de autenticidad junto con varios tipos de sexualidades, deseo y radicalismo para alterar las convenciones socio-políticas que rompen el modelo de la familia patriarcal monogámica. Una multiplicidad de identidades sexuales “emerge con el deseo, la fantasía, la emoción, el símbolo, el conflicto y la ambivalencia” (Elliot, 2009: 201).

Un tiempo y una época, un ser y una identidad se expresan cuando, en el acto de meditación, sale a la luz el ser que tenemos dentro, por medio del habla sin malentendidos. La predominancia de la identidad individual es el tesoro más hermoso que nos impulsa hacia el amor y hacia una necesaria fortaleza para combatir las contradicciones éticas que nos afectan cada día. Cuando las tradiciones van deteriorándose, sobre todo por las influencias de la globalización y las presiones por la elección de diferentes estilos de vida, el yo de cualquier individuo deja de ser es inmune, de manera que la identidad personal tiene que ser creada y recreada más activamente (Giddens, 1995). Esta recreación es la que se muestra con mayor intensidad que en cualquier otra época, en las identidades sexuales del siglo XXI.

El reverso de la medalla son las identidades colectivas y las etiquetas sociales impuestas, todas ellas afectadas por la ideología y los patrones culturales; es decir, por la comunicación sistemáticamente deformada junto con las mentiras del poder de turno que únicamente busca legitimar a los, supuestamente, más fuertes. América Latina, al igual que otras sociedades y culturas, es producto del conflicto de identidades donde trata de imponerse el sobredimensionamiento de las identidades masculinas, conservadoras y, en algún momento, de las identidades político-religiosas, cuando los vientos de hoy nos llevan hacia un mundo abiertamente transcultural, plural, multidimensional y abierto a las identidades colectivas más porosas.

Como el sociólogo español Manuel Castells ha establecido, existen tres tendencias históricas en la construcción de las identidades colectivas: en primer lugar, está la identidad legitimadora, propia de los Estados modernos que, a través de un conjunto de instituciones como las escuelas y las instituciones militares, amoldan la sociedad civil cohesionándola en torno a unos valores “originarios” y tradiciones compartidas dentro de los cánones de la identidad patriótica y nacional. En segundo lugar, tenemos a las identidades de resistencia, donde resaltan todas las acciones de oposición y rechazo a la globalización, reivindicando las tradiciones culturales o sus raíces locales ligadas a varias creencias étnicas, nacionalismos religiosos y comunidades antropológicamente homogéneas que ofrecen o proporcionan un refugio territorial y solidaridad endógena de grupo (Castells, 1997). Finalmente tenemos la identidad como “proyecto” donde los actores sociales construyen y reformulan una nueva identidad que redefine distintas posiciones en la sociedad, proponiendo la transformación de la estructura social y donde precisamente se encuentran las identidades feministas y sexuales que rompen con las tradiciones del género masculino y femenino para posicionar nuevas identidades homosexuales, transexuales o múltiples, de acuerdo con diversas prácticas sexuales.

La globalización postindustrial del siglo XXI nos enseña que llegó el fin de las identidades culturales nacionales, de género, identidades vernáculas y étnicas. Todo este entramado fue una construcción ficticia que nació y murió con la rapidez y la solidez de las olas del mar. Lo único que permanece es la identidad individual, siempre fluida: la verdadera traza del ser. La autenticidad no radica en la cultura o el poder oficial, sino en la mirada interior.

El pasado ha huido frente al proceso globalizador donde actualmente se impone una ciudadanía libre de ataduras y culturas tradicionales. El presente es de uno, de la fuerza interior que nos transmite la personalidad auténtica. A pesar del presente, cuántas dudas surgen llegado el momento de actuar, debido a que la fuerza de la sociedad trata de encadenarnos a costumbres que representan una alta dosis de convencionalismo y arbitrariedad. ¿Por qué se manifiesta tanta impotencia y desesperación como si uno estuviera prisionero físicamente, encerrado sin poder moverse ni atrás ni hacia adelante, suspendido en los códigos de la ideología y lo ancestral-tradicional? Debemos romper cualquier ligadura con lo atávico. Con el pasado colonial y las protestas que idealizan una identidad cultural monolítica o el tradicionalismo en las identidades de género. Lo único auténtico es el ímpetu de uno, la personalidad que se une a la sinceridad de lenguaje interior sin ideologías ni legitimaciones espurias, ligadas a un solo molde de la modernidad capitalista.

Cuando reflexionamos en torno a no dejar que el pasado te diga quién eres, sino que solamente dejemos que te diga quién serás si enciendes tu poder interior, tu voluntad unívoca, entonces rescatamos nuestra historia personal, sublime y profunda. El pasado influye en el ser, aunque no determina ni el futuro ni el presente. Ahí está el reto: forjarnos cada día, intentando que la voluntad domestique al destino, gracias a la identidad individual que es la tabla de navegación en medio de la globalización y el capitalismo consumista. No es la clase social, el género, ni el grupo étnico aquello que nos emancipará porque todo gira en torno a deformidades ideológicas, aprovechadas por la política y la sociedad autoritaria en sus formas más perversas. Es la libre determinación de nuestro ser como individuos lo que nos permitirá sobrevivir. América Latina tendría que olvidar los conflictos de identidad colectiva que supuestamente nos agobian. Ni andinos, ni amazónicos, ni indios, somos únicamente hombres, mujeres libres, lesbianas, homosexuales, bisexuales, transexuales, auténticos y, como se verá más adelante, en permanente desenvolvimiento y tránsito.

El tránsito hacia múltiples identidades

En la sociedad y la cultura se desarrolló una identidad binaria irrompible, referida tanto al sexo como al género. Entonces todo parecía ser sencillo pues los seres humanos al nacer se registraban como hombres y mujeres; azules y rosados. En los últimos cinco años hay una mayor conciencia en el ámbito médico referida a que los genitales externos no son, necesariamente, los que dictan el género. Ahora se tiene una perspectiva más amplia porque junto con la idea del sexo como varón o mujer y el género masculino y femenino, se agrega la declaración libre y personal de la gente sobre qué género adoptar[1] (Foreman & et.al., 2019).

La sociedad binaria del hombre y la mujer está abriendo el paso al “género a la medida”, motivo por el cual ahora deberían registrarse las siguientes opciones: sin género (agender); andrógino o intersexual que se encuentra en el medio entre el género masculino y el femenino (androgynous); masculino en tránsito a femenino; femenino en tránsito a masculino; pan-género (todos los géneros); transfemenino; transmasculino y cisgénero, es decir, aquella identidad de género que coincide con el fenotipo sexual, o lo que es lo mismo, una persona puede identificarse con la existencia del pene si es hombre y la vagina si es mujer (Geographic, 2017). Estas variaciones han sido puestas en un intenso debate a través de la famosa revista National Geographic, que en su volumen 231 del mes de enero de 2017 popularizó la idea de un género en fluidez constante y donde cada ser humano se auto-asigne la identidad que desea, junto con el tipo de placer sexual que mejor le satisfaga.

Al mismo tiempo, esta revista difundió la hipótesis en la que un feto en gestación hasta los tres meses de edad no tiene diferencia de sexo alguna. A partir de los tres meses, si el feto va adquiriendo la anatomía de un varón, pero tiene una escasa irradiación de hormonas masculinas (andrógenas), el cerebro del nuevo ser va interpretando que podría encajar dentro de una futura identidad femenina. De manera contraria, si el feto va desarrollando los genitales femeninos y no tiene la suficiente concentración de estrógenos y progesterona, el cerebro probablemente interpretará la existencia de una identidad masculina, conforme avanza hasta el nacimiento y en la vida mundana posterior. ¿Se puede nacer gay, transgénero, lesbiana o pangénero? La revista National Geographic sugiere que sí existe un factor causal genético, pero, simultáneamente, es el abiertamente cultural que se relaciona con la autodeterminación personal y la capacidad de tomar decisiones, según las experiencias más íntimas de cada ser humano, lo que da lugar a múltiples identidades de género.

La discusión se coloca en la cima de las identidades colectivas movibles. Sin embargo, también resalta mucha confusión y resistencia para ir más allá de la sociedad binaria en cuanto a los sexos y el género. Esto dio lugar a que los debates se hayan politizado porque existen grandes conflictos, tanto en el discurso del movimiento LGBTQ+, como en las reacciones negativas de diferentes sectores de la sociedad civil y algunas instituciones relacionadas con las iglesias, sean éstas católicas o de otro tipo.

La identidad de género se refiere a cómo uno se mira y entiende a sí mismo, mientras que las expresiones de género son las formas diferentes en las que se presenta éste a través del vestido, las acciones o comportamientos. La identidad y expresiones de género, molesta a muchas personas que lo encuentran difícil de comprender. De hecho, los médicos son reacios a discutir cómo se puede orientar a la sociedad en términos científicos provenientes de la medicina. Muchos médicos parecen considerar que no vale la pena un debate más amplio y abierto por los conflictos con ciertas comunidades religiosas. Una cosa está clara: el sexo o la manifestación de los genitales externos, no tiene nada que ver con el género que es una identidad fundada en la sociedad, en la lucha individual por un reconocimiento y en la conciencia personal para que cualquier ser humano pueda expresar su existencia (Fonrobert, s/f).

La identidad de género, sociológica y antropológicamente, tiene que lidiar, en consecuencia, con los estereotipos, con aquello que es aceptado y rechazado en la cultura. El género es diferente del sexo biológico o anatómico. Se puede haber nacido con un tipo de genitales, pero posteriormente, los individuos adoptan otra identidad a través del ejercicio libre de su conciencia. Al mismo tiempo, cuando preguntamos qué significa la orientación sexual, se logra una sola respuesta: ¿con quién una persona tendría relaciones sexuales? Aquí se agrega el mundo de la sexualidad que parece ser todavía una dimensión desconocida y llena de prejuicios.

Las identidades de género móviles están muy relacionadas con la experimentación sexual que exhibe muchas libertades en la sociedad actual y conduce a la redefinición actual de las identidades sexuales y de género en términos no esencialistas, lo cual lleva a considerarlas no como una sumatoria de atributos diferenciales y permanentes, sino como un conjunto de posiciones y relaciones, discursos donde se actualizan diversas posiciones de todo tipo de sujetos no susceptibles de ser fijadas más que temporalmente (Arfuch, 2005).  Estas identidades tampoco son reductibles a unos cuantos significantes claves, sino que su fluidez identitaria se transforma de inmediato en un objeto polémico, sobre todo cuando se analizan los gustos y las experiencias sexuales del mundo homosexual, transexual o transgénero.

En el siglo XXI, son las prácticas sexuales y el tipo de concepciones en torno al erotismo y el placer que influyen poderosamente para asumir diferentes identidades de género. Es el placer sexual que está en el centro de los cuestionamientos y las nuevas construcciones sociales del género. Esta realidad genera rechazos y miedos. En el pasado conservador de buena parte del siglo XX, las iglesias y los grupos tradicionalistas consideraban a la sexualidad con muchos tabúes, mientras que en este siglo hay una apertura mayor que se extiende hacia prácticas sexuales que trascienden el coito entre un hombre y una mujer. Las identidades de género en el mundo, muy probablemente están fluyendo en torno a cómo sentir nuevas emociones que rompan los tabúes sobre el placer sexual y cómo cultivarlo a lo largo de nuestras vidas.

Más allá del conjunto de comportamientos que puede contribuir a desarrollar, la sexualidad también expresa el carácter y personalidad de los individuos, ayudándolos a realizarse como personas en un escenario donde la fuerza de la identidad puede mostrarse por medio de ser hombre o mujer heterosexual, homosexual, transexual, intersexual y otras identidades que van apareciendo como parte de las disputas dentro de lo que significa lograr un reconocimiento y autoafirmación.

Las decisiones personales para romper con cualquier estereotipo sobre el placer sexual, se articulan con la identidad de género que se convierte en el argumento ideológico para destrozar la microfísica del poder que tiene toda estructura social, en la cual se trata de poner una camisa de fuerza al cuerpo humano, considerado como una fuente de rebelión cuando se trata de experimentar placer sexual en una dirección contraria a lo socialmente aceptado (Giraldo Díaz, 2006).

Por otra parte, hay circunstancias en las que nacen bebés con signos de ambos sexos: masculino y femenino. En medicina se trata del género intersexual, definido como “Trastorno del Desarrollo Sexual (TDS)”, aunque muchos están en desacuerdo con el uso de la palabra trastorno debido al surgimiento de adjetivos discriminatorios relacionados con anormalidades, razón por la que algunos profesionales prefieren utilizar la palabra “diferencias” en el desarrollo sexual. Un “trastorno” haría pensar en la existencia de algo malo con las personas, cuando se trata, más bien, de una variación natural. Precisamente es aquí donde el debate médico toma notoriedad porque sería la misma evolución del género humano que mostraría la posibilidad de existir con dos sexos y conforme uno adquiere mayor conciencia e independencia personal, sería capaz de escoger qué género le vendría mejor[2] (Kochar Kaur, 2018).

La adopción de una identidad de género y la satisfacción sexual pueden articularse, en la medida en que operan como mecanismos para la autoafirmación del yo de las personas. Aquello que son los individuos (la existencia terrenal única e irrepetible), les lleva a sentirse a gusto consigo mismos y con una sexualidad que facilita el ejercicio de la libertad individual. En este caso, la identidad no debe ser entendida en un sentido descriptivo, como un yo que trata de conocerse, sino como una garantía de la continuidad de la persona en el mundo. Por lo tanto, la identidad de género es una fuerza que debe ser reconocida en su variedad múltiple y no estar encerrada en el enfoque binario de lo masculino y femenino.

En el ámbito filosófico, el existencialismo afirma que la “existencia precede a la esencia” (Sartre, 2009). Esto significa que como seres humanos estamos condenados al ejercicio de la libertad. Estamos en este mundo, no solamente para sobrevivir, sino para el ejercicio de nuestra libertad. No somos máquinas, y a pesar de odiar nuestras circunstancias, debemos decidir qué hacer con nuestra existencia. Luego viene la esencia: todo lo que trae la sociedad, las normas, las instituciones, las prohibiciones, la educación, los roles y el teatro gigantesco de lo que se edifica en torno a la cultura con los demás, con los otros. El ser humano no sólo es tal como él se concibe, sino tal como quiere ser. En consecuencia, el hombre no es otra cosa que lo que él se hace en su libre decisión y esto encaja con la construcción personal de la identidad de género. Uno puede crearse y recrearse, definiendo su esencia con identidades variables, una de las cuales es la libre elección de la identidad de género.

En el caso de las múltiples identidades de género, el existencialismo también se ha modificado de alguna manera, porque esta vez, es la esencia que precede a la existencia. Si a uno le tocó el pene o la vagina, o inclusive una combinación de ambos genitales, por el hecho de constatarse estos órganos, no está todavía definida la esencia de la identidad. Uno podría elegir hasta sentirse a gusto con la esencia que uno juzga que le viene bien. Es un dilema ético de libertad individual y de cómo consolidar un ser interior que anhela desarrollar la esencia de muchos géneros. Las comunidades homosexuales, transexuales y lésbicas estarían luchando para destruir la discriminación y la violencia, defendiendo un tipo de identidad múltiple que clama libertad existencial como el eje político e ideológico de acción liberal en el siglo XXI.

El número de nacimientos que tienen la característica intersexual (un ser que no es ni mujer ni hombre, al ver los genitales), es de uno por cada 1.500 o 2.000 nacimientos. Estas manifestaciones son de carácter mundial. Se trata de una globalización de las transformaciones de género en el siglo XXI. Por ejemplo, hay cerca de un millón de adultos en los EE.UU. que se identifican como transgénero (Meerwijk, 2017). En América Latina, no hay un seguimiento sobre la identidad de género porque la información estadística tampoco es confiable, actualizada y no está bien utilizada para las políticas públicas. El dato estadístico directamente no existe por una sencilla razón: desconocimiento e indiferencia.

El nacimiento de bebés intersexuales ha promovido la defensa férrea de la integridad de sus derechos humanos, motivo por el cual, el movimiento LGBTQ+ exige que se pueda evitar que los médicos o los padres de un bebé intersexual decidan una intervención quirúrgica para forzar su identidad de género. Un ser intersexual debería vivir tranquilamente hasta que en la adolescencia, o en el momento en que pueda tomar una decisión personal, elija sin presiones qué genitales e identidad de género desea asumir (Amnistia Internacional España, 2023).

Por ejemplo, en la ciudad de El Alto, Bolivia, se presentó uno de los pocos casos reportados, el 27 de septiembre de 2013. Con dolores de estómago, una adolescente de 14 años ingresó al hospital Sagrado Corazón de Jesús en la zona del Kenko. La angustia y una cadena de sorpresas afloraron para sorpresa de todos. El dolor de estómago era el de un parto; además, la joven declaró haber sido abusada por su padre y, finalmente, nació un bebé intersexual, que muchos ni quisieron bautizar con un nombre. La Defensoría de la Niñez intervino rápidamente, el padre fue aprehendido y enviado a la cárcel de Chonchocoro pero nunca más nadie supo qué sucedió. La madre también fue acusada de complicidad en el incesto. De pronto, la familia se destruyó y ninguna persona podía tomar la decisión de qué hacer con el bebé. ¿Fue dado en adopción, operado, o en la actualidad está esperando una definición de su identidad dentro de una familia convencional? Al preguntar sobre el caso en el Hospital Sagrado Corazón de Jesús, todos se acuerdan del nacimiento, pero no saben cuál fue el desenlace posterior. Este es el destino de cientos de casos similares: invisibilidad, indiferencia y hasta desprecio porque, para muchos, sería mejor olvidar.

Muchas personas transexuales y pan-género consideran que dentro de sí contienen “multitudes de identidades”; sin embargo, los transexuales son víctimas de la violencia desde el colegio, el vecindario y la propia familia. A pesar del dolor del rechazo, los transexuales están realizando varios trámites para cambiar de identidad ante el Estado, gracias a la Ley Nº 807 de Identidad de Género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y otro tipo de reconocimientos, aunque persisten los estigmas del rechazo.

Las posiciones políticas e ideológicas se encuentran confrontadas y surge una especie de zona de choque: el conservadurismo de la sociedad junto con la violencia hacia las diferencias de género. Las múltiples identidades de género no son del todo anuladas, sin embargo, tampoco aceptadas, sobre todo por el conflicto que está ligado a varias creencias religiosas. Se puede tener centros de atención para huérfanos, ancianos y otros necesitados, pero algunas instituciones eclesiásticas jamás serán tolerantes con la homosexualidad. Este es el principal problema que amenaza el debate sobre las identidades de género en América Latina: la intolerancia, la burla, el miedo a reconocer otras prácticas sexuales y el rechazo abierto a los derechos civiles de igualdad. Este tema está pendiente en la agenda de democratización del continente.

El prejuicio se expresa vivamente en el momento de reconocer a la homosexualidad como una manifestación plural, sustentada en la variedad de la conducta humana en la sociedad postmoderna. En algún momento, las identidades colectivas fueron encapsuladas dentro de la clase social, que desde finales del siglo XIX hasta la caída del Muro de Berlín (1989) trataron de entronizar al obrero como núcleo de la revolución mundial. Posteriormente, el concepto de clase social se entrelazó con la identidad étnica y cultural, desatándose terribles guerras civiles como un choque de civilizaciones, junto con el fundamentalismo religioso ligado al islam.

En el siglo XXI, la fluidez de las identidades, lo que somos en la conciencia individual, aquello que es producto de la familia, de la sociedad, la época, la educación y la lucha por reivindicar nuestra libertad a todo precio, dieron pábulo al abanico de las identidades de género. Ahora estamos frente a la explosión de la intimidad como eje de autodeterminación para existir como seres únicos en el mundo, pero también como multiplicidad identitaria.

El problema principal que reside detrás de la multiplicidad y el conflicto de identidades de género, se trasluce en el dolor y la violencia debido a la exclusión. Entre 2014 y 2020, al menos 3.599 personas LGBTQ+ fueron asesinadas por odio hacia personas con diferentes identidades de género. No se sabe a ciencia cierta cuántos casos llegan a tener sentencia porque es la impunidad que predomina, junto con el sub-registro y la falta de estadísticas puestas al día. Muchas denuncias ni siquiera llegan a la Policía o a las instancias de los Ministerios Públicos (Justice, 2023).

La mayor parte de las creencias religiosas refutan otras formas de orientación sexual oponiéndose tenazmente a la unión civil homosexual. Los medios de comunicación masiva hacen un solo frente, no para informar o socializar mejor la educación sexual y los problemas de la sexualidad en el siglo XXI, sino para fomentar el sensacionalismo del mundo de otras identidades sexuales como algo chistoso, pintoresco y hasta oprobioso, reforzando, en algunos casos, el puritanismo cuyo objetivo es preservar las conductas tradicionalistas y evitar que prospere el matrimonio homosexual, considerado patológico.

Lo que las identidades fluidas del siglo XXI buscan es el interés en demostrar que existe un enlace de carácter constructivo entre el compromiso libre de nuevas esencias para la existencia humana, de manera que diferentes seres humanos encuentren su realización en un tipo de lucha por la igualdad, los derechos humanos y la no discriminación para alcanzar un esquema abierto de humanidad. Este compromiso libre podrá ser comprensible en una época donde la estrategia de lucha es la relatividad de los valores y las instituciones culturales de la sexualidad binaria, promoviéndose, más bien, un conjunto variado de identidades de género y sexuales, como posibilidad de tolerancia democrática y pluralidad cultural para el goce de individuos con la capacidad de libre autenticidad (Taylor, 1994).

Pasado y presente

En el terreno político, nuestra democracia tiende a actuar con ambigüedad y postergar la aplicación responsable de leyes a favor de las minorías sexuales, dejándose llevar por ideas preconcebidas transmitidas por la televisión y las influencias religiosas. ¡Qué ejemplo se dará a los niños! Esta es la preocupación de muchos con el código binario en la mente: masculino y femenino; sin embargo, la multiplicidad de identidades de género se remonta hace miles de años. En el Talmud judío existirían 6 géneros, identificándose lo siguiente: masculino, femenino, tumtum, andróginos, saris y ay’lonit, aunque no se especifica claramente qué son. Lo que parece existir es un conjunto de identidades variables, ligadas con las costumbres acerca de lo aceptado socialmente y las prácticas sexuales, aunque en condiciones que también sean culturalmente reconocidas. De cualquier manera, lo destacable es la existencia de identidades más allá de lo binario (ASSAF, 2015).

A pesar de tener en Bolivia la Ley de Género 807, se impusieron los códigos binarios. Solamente es posible el reconocimiento de lo masculino y femenino. Los datos para el cambio de género en el periodo 2016-2019 muestran que la gran mayoría pertenece a personas que antes tuvieron la identidad masculina y ahora lograron una cédula con el género femenino (204 casos), mientras que, a la inversa, la nueva identidad masculina logró beneficiar a 86 casos (que antes eran mujeres). Sin embargo, en Bolivia, por el momento, no es posible registrar otras identidades.

Por otro lado, tampoco se puede condenar la unión civil entre parejas homosexuales. En muchos casos, la discusión pasó de ser una defensa objetiva de los derechos civiles, a una exposición de prejuicios religiosos que promueven la oposición por la oposición, tal como lo que sucede con la legalización del aborto. La homosexualidad, junto con la diversidad de identidades de género, no constituye un problema, sino que se trata de una elección sobre el tipo de orientación sexual e identidad que quieren ejercer los seres humanos. Los homosexuales, bisexuales, transexuales y personas pan-género, representan ciudadanos con plenos derechos y obligaciones, siendo injusto exponerlos a diferentes situaciones de discriminación.

Hablar de homosexualismo permite quebrar una serie de esquemas cerrados neoconservadores, evitando que esta realidad sea enclaustrada, perseguida y sometida a la violencia. La orientación sexual es una libre opción y, al mismo tiempo, una expresión más de la personalidad humana (Díaz Alvarez, 2004). En el siglo XXI de las identidades fluidas, una persona puede tener una orientación sexual hacia las mujeres, pero también declararse con una identidad de género transexual. Las múltiples combinaciones entre prácticas sexuales, géneros y decisiones personales, conforman un mapa de identidades mucho más flexible y acomodado a las libertades individuales de una sociedad democrática.

En la Grecia antigua solía verse bien que públicamente un hombre joven sea compañero de otro mayor. En retribución se costeaban los estudios, el alimento y la vivienda del joven; sin embargo, las uniones clandestinas entre hombres y/o mujeres eran sancionadas con la muerte para los homosexuales y con la drástica exclusión de las lesbianas dentro de la comunidad griega. La norma de aquel entonces era el ejercicio de derechos y prácticas sin tabúes, mientras la sociedad acepte dicha manifestación de identidades de género. Grecia no condenaba la homosexualidad.

Durante la Edad Media, el dogma religioso juzgaba, castigaba y mataba. El machismo moral de los fieles católicos se apoyó en la doctrina del matrimonio solamente entre hombres y mujeres. Esta concepción permanece en la psiquis de las personas y pasa de ser reflexiva en torno a la sexualidad humana, a convertirse en inquisidora de los derechos humanos, cerrando los ojos ante la eventualidad de reconocer una realidad que contradice las lecturas bíblicas tradicionales. Sin embargo, posiblemente la Biblia tampoco tendría razón para condenar, en sí misma, a la homosexualidad. En el Libro Segundo de Samuel del Antiguo Testamento, se puede leer: “Angustia tengo por ti, Jonatán, hermano mío. Con cuanta dulzura me trataste; para mí tu cariño superó al amor de las mujeres”. La presencia de eunucos, la aceptación de la prostitución como una conducta ancestral y hasta el perdón junto al amor como eje de convivencia, pregonado por Jesucristo, marcan una señal de aceptación de varias identidades que, posteriormente, fueron coartadas por la intolerancia católica en tiempos de la Inquisición.

Moralistas de la iglesia católica tratan al homosexualismo como una depravación, difundiendo la censura y el castigo. Esto terminó siendo inútil porque el 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de Salud (OMS) excluyó a la homosexualidad del código internacional de enfermedades, junto con los grupos Lésbicos-Gay, Transexuales y Bisexuales. Para el año 2005 aquella fecha se convirtió en un momento para celebrar la Primera Jornada Mundial Contra la Homofobia.

Las identidades fluidas de género, junto con sus consiguientes comportamientos sexuales, casi siempre fueron reprimidas al ser juzgadas como patologías sociales o individuales. El comportamiento homosexual, muchas veces se disfraza y es víctima de malas interpretaciones, pero, desde una visión tolerante y democrática, la homosexualidad es vislumbrada como un componente más de las distintas dimensiones de la sexualidad humana.

En la cultura sexual del siglo XXI podemos diferenciar entre los comportamientos homosexuales y el deseo y la orientación homosexual que puede manifestarse, inclusive, en las personas heterosexuales. Esta idea está detrás de una famosa película sobre dos vaqueros estadounidenses (el vaquero sería una imagen viril por antonomasia), Brokeback Mountain (El secreto de la montaña). Esta película fue ganadora de un premio Oscar al mejor guión adaptado en el año 2006. La trama muestra a dos vaqueros que transitan de un comportamiento heterosexual hacia un amor homosexual, en medio de la soledad de una montaña, alejada de los códigos binarios de lo masculino y femenino.

Según la Asociación Americana de Psicología (APA), las relaciones homosexuales según las circunstancias, podrían emerger de un momento a otro, aunque los comportamientos sean heterosexuales en el resto de sus vidas. De todos modos, “no hay un consenso entre los científicos sobre las razones exactas por las que las personas desarrollan una orientación heterosexual, bisexual, gay o lesbiana. Aunque se ha investigado mucho con respecto a las posibles influencias genéticas, hormonales, de desarrollo, sociales y culturales sobre la orientación sexual, no han surgido descubrimientos que permitan a los científicos concluir que un factor o una combinación particular de factores determina la orientación sexual” (Association). La sexualidad, como parte de la energía vital de cualquier ser humano, diversifica las orientaciones para mostrar que el comportamiento homosexual es algo inherente al desarrollo de las sociedades y la psicología humana, caracterizando también las identidades fluidas de género.

Conclusiones

El desarrollo sociológico de las identidades de género es una expresión libre, en constante movimiento y una señal democrática. Toda esta discusión, sin embargo, muestra una gran resistencia por parte de la iglesia católica que se convierte en el sector más inflexible que rechaza las nuevas identidades de género y cualquier intento por legalizar el matrimonio o las uniones civiles entre parejas del mismo sexo. Las creencias religiosas enfrentan lo bueno contra lo malo; el pecado versus lo inmaculado; lo moral contra lo inmoral. Estas polarizaciones simplifican la realidad para presionar a las personas, con el fin de exigir una posición a favor o en contra de la homosexualidad. Aun así, las identidades diversas del género no han desparecido, ni van a desparecer.

No se trata de tomar partido, sino de eliminar la discriminación del inconsciente colectivo y la vida cotidiana. La aceptación de las múltiples identidades de género va logrando mayor aceptación, sobre todo en las generaciones jóvenes. Las comunidades de la diversidad sexual lograron sobreponerse a todo tipo de condiciones adversas y han combatido con éxito el discurso eclesial por una razón simple: la misma iglesia, Fuerzas Armadas y diferentes instituciones de prestigio tienen entre sus filas a homosexuales. La cultura gay se manifiesta en la música, pintura, cine, bibliografía, gastronomía, moda y televisión. Se avanza lento pero seguro. En el fondo, las identidades de género van a ser aceptadas positivamente, en la medida en que se consolide y florezca una cultura democrática donde el ejercicio de los derechos incluye también las prácticas sexuales, que no necesariamente se enmarcan en los códigos binarios del hombre y la mujer.

En toda América Latina se están diseñando políticas importantes para resguardar los derechos civiles de los homosexuales. Las parejas del mismo sexo podrían llevar adelante una unión civil y, en otros casos, convertirse en un matrimonio con el reconocimiento de derechos patrimoniales, la disposición de bienes y obligaciones, tal como las parejas heterosexuales, incluyendo el seguro social junto a la protección económica en casos de divorcio.

Cada Estado, de acuerdo con su propia cultura, tiene que dar respuestas sociales y jurídicas en el debate sobre la homosexualidad. La postergación de políticas a favor de los derechos para las comunidades gay, lésbicas y transgénero, implica cerrar los ojos frente a los hechos latentes y manifiestos en nuestras sociedades porque con el consentimiento o no de la ley, las parejas homosexuales practican el concubinato. Respecto de la adopción de hijos, las discusiones deberán presentar un conjunto de aportes multidisciplinarios, donde estén contempladas las características jurídicas de una adopción en los marcos de un matrimonio gay, pues no se sabe claramente cuáles serían las condiciones para otorgar adopciones (de darse el caso) y cuáles las limitaciones o prohibiciones.

Lo importante es formalizar a muchas parejas que ya conviven como lo hacen los heterosexuales. Es singular la contribución de algunas sociedades latinoamericanas como Brasil, México, Uruguay, Colombia o Argentina, que han demostrado una mayor influencia democrática de las múltiples identidades de género en el comportamiento cultural, social, económico y sexual. En las calles de Estados Unidos o Europa se encuentran a personas del mismo sexo tomadas de la mano o besándose, sin que se afecte el morbo de los individuos. Las legislaciones en varios países latinos vieron la necesidad mínima de analizar la homosexualidad y sus derechos, de tal manera que algunos legisladores sin ser homosexuales, están aportando para mejorar las condiciones de igualdad, tolerancia y respeto hacia las comunidades gay.

Argentina fue uno de los primeros países en América Latina, y décimo en el mundo, que legalizó las uniones civiles para personas del mismo sexo en el año 2003. El 15 de julio de 2010, el Senado aprobó un dictamen de modificación de la Ley Civil de Matrimonio, permitiendo el matrimonio gay, incluso aceptando la adopción en todo el país.

En Bolivia aún no está legalizada la unión de parejas del mismo sexo, pero existe un significativo avance en una legislación que contemple la inclusión de homosexuales en los espacios institucionales públicos y privados. En el año 2008, bajo el auspicio de los defensores de Derechos Humanos, se difundió por radio y televisión la propaganda Bolivia libre de homofobia y de discriminación, inspirada en la nueva Constitución Política del Estado aprobada en 2009. La aprobación en el año 2016 de la Ley de Identidad de Género permite que las personas con identidad gay y transgénero puedan expresar sus reivindicaciones, teniendo acceso al cambio de su identidad en una cédula de identificación; sin embargo, el Tribunal Constitucional en una sentencia de noviembre de 2017, rechazó la unión de parejas homosexuales, poniendo en estatus quo el reconocimiento de mayores derechos; sin embargo, en el año 2020 se aprobó, después de muchos esfuerzos y demandas, la unión legal de parejas del mismo sexo.

En Brasil el año 2005, el Estado de Río Grande do Sul aprobó el matrimonio homosexual. En otros estados se busca aprobar la ley de unión civil como en Bahía, Minas Gerais, Paraíba, Paraná, Pernambuco, Río de Janeiro y São Paulo. El activismo LGBT en Chile logró incluir proyectos sobre los Derechos Sexuales y Reproductivos, la Ley de matrimonio homosexual, la Ley de Unión de Hecho y la Ley de Unión Civil, de las cuales ninguna ha prosperado en el Parlamento, debido a la tremenda oposición de sectores conservadores.

En Colombia se planteó un proyecto de ley sobre el reconocimiento de los derechos patrimoniales para las parejas del mismo sexo, es decir, si uno de los miembros de la pareja homosexual fallece, los bienes y el capital conseguidos por socorro, trabajo y ayuda mutuos podrán ser heredados por su compañero permanente. La única condición para acceder a este beneficio es que la pareja lleve dos años de convivencia, exactamente igual a lo que sucede con las parejas heterosexuales.

El 4 de octubre del 2007, la Corte Constitucional colombiana aprobó que las parejas del mismo sexo puedan afiliar a su compañero o compañera al sistema público de salud, con sólo presentar una declaración notarial de unión marital de hecho y un mínimo dos años de convivencia. Las parejas también pueden acceder a la pensión de sobreviviente, pero no adoptar niños.

En Ecuador, las uniones de hecho entre dos personas, sin especificar su género, tienen los mismos derechos y obligaciones que cualquier matrimonio, lo que equivale al reconocimiento de las parejas homosexuales, con la única condición de convivencia y unión monógama por más de dos años, aunque la adopción no está permitida. En Perú existe una ley para eliminar la discriminación por orientación sexual. La homosexualidad conquistó cierta aceptación; por ejemplo, los transexuales peruanos pueden cambiar de género legalmente y obtener su documento de identidad.

Uruguay fue el primer país de América Latina en legalizar la unión civil de parejas homosexuales el 27 de diciembre del 2007. Si se trata de analizar las estadísticas de manera objetiva, cerca de 2.697 parejas de homosexuales lograron casarse en Argentina después de un año entre 2010 y 2011, aprovechando la vigencia la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta normativa es la primera que ampara tal derecho en América Latina y resultó ser sumamente democrática y abierta a una transformación que está impregnando la sociedad: familias sin el estereotipo tradicional femenino y masculino a la cabeza de los núcleos familiares.

En una de sus columnas periodísticas Piedra de Toque, el premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, sintetiza claramente la necesidad de ir más allá de la situación puritana que aún subsiste en muchos ámbitos de opinión: “tenemos miedo al sexo y nos cuesta aceptar que en ese incierto dominio hay opciones diversas y variantes que deben ser aceptadas como manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este aspecto de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar, permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elija su conducta y vocación sin otra limitación que el respeto y la aquiescencia del prójimo” (Vargas Llosa, 2012). Este argumento es simple y, simultáneamente, difícil de practicar. Los seres humanos habitamos, al mismo tiempo, en múltiples identidades transitorias, fluidas y cambiantes.

Pertenecemos a una clase social, pero esto no es todo. Sentimos un arraigo hacia una cultura que todavía reclama por una identidad étnica. En el trabajo ejercemos diferentes funciones económicas e institucionales y en la intimidad de nuestras libertades personales, sentimos la activa interpelación sobre quiénes somos como género, avanzando más allá del ser mujer o varón porque nuestros gustos y prácticas sexuales también son cambiantes, en la medida en que se buscan satisfacciones variadas. Las identidades de género son una manifestación postmoderna de lo que es la existencia, de aquello que podría ser, lo que puede llegar a cambiar y aquello que no se puede encerrar en lo tradicional.

Mientras tanto, también seguirá expresándose el rechazo que, en última instancia, demuestra comportamientos violentos y antidemocráticos. La esencia de las múltiples identidades de género realmente precede a la existencia de los códigos binarios. Sin embargo, el mismo Jean Paul Sartre nos alertó diciendo que “el infierno son los otros”: los homosexuales para los heterosexuales, los conservadores fundamentalistas para los transexuales. Estamos rodeados del infierno, ahora bien, ¿por qué nos debería sorprender esto? Sin embargo, estamos condenados a vivir libres y obligados a estar uno al lado de los otros. Así es la vida: torpe, rica, múltiple y llena de obstáculos en un mundo cambiante. Es en medio de estos cambios que las identidades fluidas quieren asegurarse un espacio legítimo como fuerza democratizadora en América Latina y el mundo.

El debate sobre las identidades de género es crucial porque muestra una contradicción entre la evolución de los sistemas democráticos, con el correspondiente aumento en las libertades políticas y el ejercicio de todo tipo de derechos, frente a la perdurabilidad del patriarcalismo que menosprecia a las mujeres y a las identidades LGBTQ+, fomentando el recrudecimiento de un tipo de violencia estructural.

La independencia económica, educacional o liberación antipatriarcal de las mujeres y el ejercicio pleno de sus derechos al placer, junto con el aumento de sus posibilidades de acción político-cultural, hacen que las identidades fluidas LGBTQ+ sean, una vez más, el escenario por antonomasia para el desarrollo de sexualidades transgresoras en las que destaca una lucha por la democratización de los roles sociales, la justicia para el acceso a todo tipo de bienes sin ser sujetos de prejuicio y descalificación arbitraria. Al mismo tiempo, las identidades movibles y la práctica de la sexualidad ligada a aquellas, es un derecho individual y una reivindicación política donde el ámbito íntimo de un conjunto de placeres de acuerdo con las reivindicaciones de los grupos LGBTQ+, es una búsqueda democratizadora (Bulter, 2007).

Las identidades fluidas también podrían cambiar la cultura doméstica de las familias, escuelas y universidades que todavía transmiten estereotipos conservadores para convertir a las mujeres y los actores LGBTQ+ en sujetos que están a merced de la dominación masculina y bajo la doble moral de las instituciones estatales donde tiende a normalizarse la violencia doméstica, el acoso laboral, los feminicidios, los asesinatos de odio homofóbico y la retardación de justicia.

El aumento de la violencia contra las mujeres y los grupos LGTBQ+ en los ámbitos domésticos y laborales tienen su origen en la crisis y destrucción progresiva de la identidad masculina que se siente amenazada y, en consecuencia, se resiste a aceptar los costos económicos, políticos e individuales que implica el reconocimiento de derechos equitativos para las mujeres, así como la consolidación de otras identidades como sujetos de placer y grupos democratizadores pertenecientes al movimiento LGTBQ+.

En un sistema democrático, la ampliación de los derechos sociales y las políticas de equidad de género han creado una frustración socio-ideológica en la identidad de la dominación masculina, la cual, más allá de las profesiones, oficios y clases sociales, se estrella con violencia hacia las mujeres y los actores LGTBQ+, haciendo fracasar las políticas de género y reforzando los patrones autoritarios de la violencia en los escenarios familiares, sociales, económicos y políticos del mundo. Asumiendo las identidades fluidas de género, se está alcanzando una victoria para la erradicación de la violencia de género, haciendo que el movimiento LGTBQ+ logre un estatus como actor que tiene la capacidad para generar cambios sociales profundos.

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[1] Sin embargo, el debate permanece en torno a si realmente puede existir un gen asociado con la identidad transgénero.

[2] Tampoco sería correcto hablar de pseudo o verdadero hermafroditismo, sino únicamente de variaciones en la evolución misma del género humano.

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