LA UNIVERSIDAD Y SUS FANTASMAS: MALA CALIDAD, MERCANTILIZACIÓN Y DESADAPTACIÓN EN EL SIGLO XXI

 

Resumen

Este ensayo académico tiene el propósito de reflexionar sobre cómo la universidad boliviana se ha convertido en un escenario donde conviven aspiraciones de modernización con estructuras rígidas, prácticas corporativas y una relación frágil con la ciencia y la investigación. Los fantasmas que la recorren —la mala calidad, la mercantilización y la desadaptación frente al siglo XXI— no son simples fallas coyunturales, sino síntomas de un conjunto de dificultades profundas que exigen un análisis crítico y una transformación institucional de largo aliento. Así, se analizan algunos problemas estructurales, con la intención de comprender por qué la universidad boliviana ha quedado rezagada y cuáles son los desafíos impostergables para que pueda reorientar su misión y recuperar un papel relevante en el desarrollo democrático, científico y económico del país.

Palabras clave: universidad, siglo XXI, indicadores de calidad, formación de profesionales, educación superior, indicadores UNESCO.

1.      Introducción

            Los sistemas educativos están atravesando una transformación profunda en todo el mundo. No sólo se trata del impacto devastador que produjo el Covid-19 sobre el desempeño de las escuelas y universidades, sino de un cambio estructural más amplio que redefine el papel mismo del conocimiento en las economías contemporáneas. En la mayor parte de los países industrializados, la recuperación económica y la reinvención de múltiples sectores productivos vienen acompañadas por una renovada confianza en la ciencia, la innovación tecnológica y la economía de los conocimientos como motores del desarrollo, la competitividad y la sostenibilidad ambiental (Pinheiro et al., 2023).

La educación superior vuelve así a ocupar un lugar central en los debates públicos porque, al menos en teoría, las universidades conservan el potencial para generar “investigación de frontera” (ir más allá de los paradigmas científicos convencionales y alcanzar verdaderos descubrimientos científicos), formar talento altamente calificado y articular soluciones a problemas cada vez más complejos. Sin embargo, esta proyección optimista convive con tensiones estructurales que se han vuelto endémicas en las universidades contemporáneas. Entre ellas se encuentran la creciente mercantilización de la educación superior, la presión para ajustar la enseñanza a las lógicas empresariales de corto plazo, la pérdida de centralidad de la misión investigativa, la precarización del trabajo académico y los dilemas emergentes de la convivencia entre la inteligencia artificial y las funciones docentes tradicionales (Churi, 2023; Dubet, 2006; Sadín, 2020).

La acelerada expansión de miles de plataformas digitales, algoritmos educativos y sistemas de automatización, ha abierto un horizonte incierto en el cual la autoridad pedagógica, la libertad de cátedra y la formación crítica parecen desplazarse hacia territorios donde, inclusive, se cuestiona la necesidad misma de la labor docente (Readings, 1999). En este escenario global, la universidad enfrenta una paradoja: es convocada como institución indispensable para el futuro, pero, simultáneamente, es debilitada por dinámicas económicas, tecnológicas y políticas que erosionan sus fundamentos históricos.

América Latina no está aislada de estas tensiones. Por el contrario, convive con un doble desafío: incorporarse a los circuitos globales de producción de conocimientos y, al mismo tiempo, resolver las crisis internas que arrastra desde hace décadas. Bolivia representa uno de los casos más críticos de este desfase.

Mientras en otras regiones se discute cómo fortalecer la investigación interdisciplinaria, la innovación y la transferencia tecnológica, el país continúa atrapado entre la masificación de la matrícula, la mercantilización creciente de las universidades privadas, la fragilidad institucional de las universidades públicas y la ausencia de políticas estatales consistentes para asegurar estándares mínimos de calidad. Todo esto ocurre en un contexto donde miles de jóvenes ingresan cada año con expectativas legítimas de ascenso social y profesionalización, pero sin que existan las condiciones reales para cumplir esas promesas.

Este ensayo tiene el propósito de reflexionar sobre cómo la universidad boliviana se ha convertido en un escenario donde conviven aspiraciones de modernización con estructuras rígidas, prácticas corporativas y una relación frágil con la ciencia y la investigación. Los fantasmas que la recorren —la mala calidad, la mercantilización y la desadaptación frente al siglo XXI— no son simples fallas coyunturales, sino síntomas de un conjunto de dificultades profundas que exigen un análisis crítico y una transformación institucional de largo aliento. Así, se analizan algunos problemas estructurales, con la intención de comprender por qué la universidad boliviana ha quedado rezagada y cuáles son los desafíos impostergables para que pueda reorientar su misión y recuperar un papel relevante en el desarrollo democrático, científico y económico del país.

2.      De los retos a los problemas y viceversa

Las exigencias por un mayor rigor científico, un currículum siempre actualizado y los procesos de aprendizaje con mayor eficacia en las aulas universitarias, están cambiando rápidamente, habiéndose pasado de una profunda relación entre las universidades y el activismo político que impulsaba los deseos por un cambio social inmediato o ideologías revolucionarias, hacia la organización de carreras concentradas en disciplinas específicas o especialidades determinadas, con la finalidad de obtener una acreditación académica internacional y la otorgación masiva de títulos. La universidad contemporánea también está fuertemente ligada a los estudios multidisciplinarios, al conocimiento aplicado a la realidad y la educación orientada hacia metas concretas que demandan las distintas esferas del mercado de trabajo (Vásquez Mendel, 2009).

Asimismo, hoy día es muy notoria la manera en que el sistema universitario en Bolivia entró en un proceso acelerado de “mercantilización” de la educación superior hacia finales de los años ochenta, junto con la ausencia de indicadores para la medición de la calidad universitaria y la inexistencia de modelos académicos, adaptables a entornos competitivos. Desde 1987, el número de universidades se ha quintuplicado, llegando a 54 con resolución ministerial, pero la gran mayoría son solo instituciones que fomentan la transmisión de información repetitiva (no conocimientos) para obtener una licenciatura a como dé lugar (Mollis, 2003).

Bolivia llega al Bicentenario con una estructura de educación superior heterogénea, competitiva desde el punto de vista mercantil, altamente rentable por la demanda de los jóvenes que buscan profesionalizarse, pero con una calidad de educación cuestionable y carente de estándares ligados a la investigación científica que permita, precisamente, visualizar positivamente a las universidades bolivianas en los rankings internacionales de calidad.

A pesar de que el Estado mantiene una elevada subvención de la educación superior en nueve universidades públicas, se ha generado un “mercado” que es bastante amplio y con todo tipo de precios en cuanto al costo de la matrícula y una diversidad de carreas técnicas y tradicionales. Simultáneamente, no por el hecho de existir un buen financiamiento estatal, la universidad pública tiene una oferta de calidad. Todo lo contrario, las universidades públicas en Bolivia enfrentan una crisis sin precedentes, caracterizada por la ausencia de investigación de punta y el pragmatismo de docentes y estudiantes que enseñan y aprenden lo mínimo, con tal de ganar un título lo más rápido posible. Por este motivo, en la gran mayoría de las universidades, tanto públicas como privadas, prácticamente han desaparecido la presentación de tesis y el examen de grado como modalidades de titulación, para ser reemplazadas por el trabajo dirigido, las pasantías profesionales con un informe final e inclusive la realización de un diplomado superior o curso de tres meses después del egreso para conseguir el grado académico (Ríos-Campos, et. al., 2022; Ayala Aragón, 2021).

El Ministerio de Educación rara vez ha establecido las condiciones para la regulación de la calidad, y tampoco ha identificado cuál es la solidez de la institucionalidad en las universidades privadas. El sistema universitario es variado y con una diversidad muy grande en cuanto a oferta de carreras y una duración de los estudios bastante flexible, lo cual ha significado un efecto inmediato: la masificación de la matriculación, orientada, sobre todo, hacia las carreras para graduar a profesionales, prácticamente en masa (Perales, 2021).

En consecuencia, la educación superior en Bolivia está muy lejos de las experiencias de un culto a la ciencia en los países industrializados. En el mundo occidental de Europa y Estados Unidos, las universidades del siglo XXI son, sobre todo, universidades de investigación; es decir, son organizaciones donde se promueve la vinculación entre la investigación, desarrollo socio-económico e impacto del conocimiento científico en el cambio social (UNESCO, 2015).

El enfoque excesivamente profesionalizante en Bolivia, como carreras tradicionales como Derecho, Medicina, Ingenierías o áreas técnicas, está desregulado en la mayoría de las universidades, lo cual ha hecho que la “fábrica de títulos” esté muy distante de lo que requiere el mercado laboral. Varias universidades públicas y privadas están desconectadas de lo que requiere la economía de los conocimientos y la riqueza de la competitividad en el siglo XXI (Salmi, 2009; Trow, 1973).

En los últimos treinta años, la discusión sobre la educación superior en Bolivia ha girado, con creciente insistencia, en torno a una alternativa práctica y seductora: la formación de profesionales médicos, abogados, ingenieros, auditores, economistas, geógrafos, sociólogos y otros, aparentemente como una vía rápida para responder a demandas laborales inmediatas. El argumento oficial y popular era comprensible: ofrecer carreras cortas, técnicas y orientadas al empleo directo como una solución eficiente frente al desempleo juvenil, la informalidad y la necesidad urgente de mano de obra calificada. No obstante, en este artículo se considera vital que este “giro profesional” —cuando desplaza o desactiva deliberadamente el fortalecimiento de universidades orientadas a la investigación—, empobrece no solo la calidad formativa, sino también la capacidad del país para generar conocimientos autónomos, políticas públicas informadas y un desarrollo económico sostenible que sepa encarar los difíciles problemas del siglo XXI.

Primero, conviene distinguir varios objetivos. La formación profesional técnica atiende con eficacia a un conjunto de competencias instrumentales; produce trabajadores competentes en tareas específicas y trata de reducir el desajuste entre la demanda local y la oferta laboral a corto plazo (Trow, 1973). En cambio, las universidades de investigación, funcionan como espacios de producción de saberes, de formación crítica y de generación de innovación tecnológica y social. Su horizonte es más ambicioso y ligado a una necesaria innovación; es decir, no solamente formar profesionales, sino también producir conocimientos que transformen las realidades nacionales y regionales. Transformar a las universidades en centros de formación técnica y únicamente profesional, equivale a perder la capacidad de cuestionar, teorizar y proponer soluciones propias a múltiples problemas estructurales.

En Bolivia, esa pérdida tiene costos inmediatos y diferidos. A corto plazo, la proliferación de carreras profesionalizantes tiende a fragmentar el sistema de educación superior en “islas” de competencias, sin articulación con una investigación que legitime y sustente las prácticas profesionales, estimulando un tipo de formación repetitiva y sobre la base de docentes considerados autoridades supremas, antes que en científicos y académicos que investigan con la originalidad y calidad de un pensamiento crítico.

A medio y largo plazo, la ausencia de universidades de investigación científica, erosiona la soberanía cognitiva: se vuelve habitual importar soluciones, modelos y conocimientos ajenos a los contextos locales, lo que reproduce dependencia y limita la innovación endógena. Cuando las políticas públicas se diseñan sin un sustrato académico fuerte, la reacción se traduce en improvisación y en ciclos de prueba y error costosos para la sociedad y la economía en general.

Otra objeción, menos visible, pero, igualmente importante, es la afectación de la función crítica y democrática de la universidad. Las instituciones orientadas a la investigación, suelen ser focos de intenso debate público, análisis independiente y formación de elites intelectuales, técnicas y políticas, capaces de sostener instituciones democráticas complejas. La profesionalización instrumental, por su naturaleza utilitarista, suele subordinar la formación ética, la reflexión crítica y el espíritu investigativo a las demandas del mercado. Esto no es neutro: la debilitación de las capacidades universitarias, agrava la captura política e intelectual, favoreciendo soluciones cortoplacistas y repetitivas sin base reflexiva (Rentería García, 2024: Pérez Gómez, 2024; Ramos y Castro, 2025).

¿Significa esto que la formación técnica y solo profesional, deba ser erradicada? En absoluto. Bolivia necesita institutos técnicos sólidos y una oferta profesionalizante que responda a ciertos sectores estratégicos (salud primaria, mantenimiento industrial, tecnologías verdes). El problema surge cuando la lógica instrumental se impone como finalidad única y recibe prioridad financiera, normativa y simbólica, colocándose por encima de la investigación universitaria. La verdadera política pública inteligente, es la que articula ambas dimensiones: un sistema en red donde varios institutos técnicos y universidades investigadoras se complementen, sin competir por recursos y legitimidad.

Política y financieramente, el Estado juega un papel decisivo. Las señales públicas importan, como los subsidios, concursos de investigación, programas de formación docente e incentivos para la publicación científica, tienen efectos acumulativos. Cuando el financiamiento favorece la creación masiva de carreras técnicas, sin el desarrollo de la investigación científica, se crean atajos institucionales difíciles de revertir, o se cometen errores que podían haber sido evidenciados. En cambio, invertir en plantas docentes capacitadas para investigar, en laboratorios de gran calidad, en becas doctorales y en redes internacionales, multiplica la capacidad de absorción tecnológica y la pertinencia del “conocimiento producido”.

La discusión no debe reducirse a términos dicotómicos. Lo deseable es un ecosistema educacional diversificado con universidades escalonadas (que tengan misiones diferenciadas), centros técnicos de excelencia y mecanismos de movilidad entre trayectorias pluralistas. Sin embargo, para que esa diversidad florezca, es imprescindible recuperar la prioridad estratégica de la investigación científica como el fundamento de la soberanía y el desarrollo. Bolivia, con su riqueza de recursos y sus desafíos sociales, se necesitan universidades que piensen y produzcan propuestas de transformación social, económica y política.

Criticar la formación solamente profesional, a partir de una supuesta “vocación”, no es un rechazo a la técnica, ni un romanticismo académico. Es advertir sobre el riesgo civilizatorio de sustituir la capacidad colectiva de pensar, por la mera capacidad de ejecutar. Una política de Estado que apueste por el desarrollo sostenible, la innovación y la autonomía, deberá equilibrar la oferta técnica y profesional de corte tradicional, con una apuesta robusta por afianzar universidades de investigación. Solamente así, la educación superior podrá cumplir su doble propósito estratégico: preparar para el trabajo y, simultáneamente, producir los conocimientos científicos necesarios para transformar el país.

Las universidades más renombradas del siglo XXI como Yale, Harvard, Oxford, Cambridge o la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, están vinculadas a la investigación científica, la innovación tecnológica y también al reclutamiento de los mejores recursos humanos. No están orientadas, necesariamente, hacia la formación de profesionales, sino hacia una visión de alta calidad y cultivo del talento competitivo, vinculado con sectores estratégicos de las economías industrializadas y la formación de élites del poder.

En las universidades bolivianas, uno de los principales obstáculos y problemas, radica en la ausencia de una “carrera académica”. Ninguna universidad privada, teniendo la posibilidad, va a destacar en el QS Ranking Mundial de Universidades porque hoy día, en el siglo XXI, casi todas las instituciones de educación superior en Bolivia tienen un perfil estrictamente comercial; es decir, buscan ganar más dinero en el tiempo más corto y tener un rédito inmediato ofreciendo una profesionalización rápida y corta.

En Bolivia, muchas veces no se sabe qué tipo de docentes están impartiendo la enseñanza, ni tampoco qué exigencias de calidad toman en cuenta las universidades. En la mayoría de los casos, no existe una política específica de calidad en la formación científica, pues solamente se tiene una estrategia para la rentabilidad veloz. Por esta razón, las universidades se masifican y en la gran mayoría de instituciones privadas de educación superior, no hay exámenes de ingreso.

En la universidad boliviana pública o privada, otro aspecto central es la ausencia de requisitos académico-científicos importantes para la entrega del título. Las condiciones de titulación se han flexibilizado demasiado y no se requiere un marco de competencias de alto nivel entre los estudiantes para conseguir su diploma. Asimismo, las universidades privadas son una especie de prolongación de la educación otorgada en los colegios privados. Aquí también hay muy poca regulación, no hay indicadores de calidad, competitividad, ni carrera docente sustentada en la innovación pedagógica. Esta situación no permite evaluar y entender a las universidades como un conjunto de instituciones atractivas que promuevan la formación de recursos humanos de alto nivel y prestigio institucionalizado.

En muchas circunstancias, se puede observar que el marketing de las universidades privadas suele ofrecer “titulación internacional”, “convenios de intercambio académico” o “diplomas en el marco de la Comunidad Andina de Naciones”. Sin embargo, no todo es cierto porque ninguna titulación puede ser internacional. Cualquier título tiene que ser homologado en el país donde uno quiere migrar y cumplir con innumerables regulaciones estatales. Lo que ofrecen las universidades privadas, son simplemente algunos convenios coyunturales con universidades extranjeras para el intercambio de profesores por periodos de tiempo breves. Si un diploma tiene el sello de alguna universidad extranjera, es simplemente eso, un nombre y un sello que no acredita el ejercicio profesional en otro país. Esto es improbable (Fleming, 2021).

Una cuantiosa inversión en investigación científica es un lujo para el sistema universitario. Ninguna universidad privada boliviana, por ejemplo, ha patentado absolutamente nada desde que, en 1987, irrumpieron en el mercado. Nadie invierte de manera real en la investigación científica o en el descubrimiento de procedimientos tecnológico-científicos de reputación internacional. Como resultado, ninguna universidad privada desarrolla innovación, tanto en la enseñanza, como en el perfeccionamiento de sus carreras y la actualización de sus currículos para impactar de manera más efectiva en la formación de los estudiantes. No puede haber innovación sin investigación y viceversa. Por lo tanto, los currículums son una especie de repetición o copia de otros países, o simplemente imitación de los currículums de las universidades públicas.

La formación sigue siendo, en múltiples casos, repetitiva, igual que en las escuelas de secundaria. Por lo tanto, las ilusiones de una profesionalización se congelan, precisamente, en las carreras tradicionales de Derecho, Medicina, ingenierías, etc., sin transformar, científica o metodológicamente, nada. Se repiten conceptos, teorías o procedimientos, sin existir la posibilidad de tener centros de investigación respetables y con prestigio en el ámbito nacional o internacional.

Al no haber una carrera académica seria, al no existir inversión de largo plazo en la investigación científica y al jugar demasiado con la mercantilización de las carreras profesionales cortas, tampoco se puede pedir que los catedráticos tengan un buen salario. Muchos docentes dicen que enseñan “por prestigio”, pero, en el fondo, se contrata profesionales que no tienen un alto nivel de calidad. La expresión “por prestigio”, significa que enseñan a cambio de salarios magros. Esto hace que los docentes en las universidades privadas y públicas, impartan conocimientos superficiales y se adapten a un formalismo burocrático que, muchas veces, sólo sirve para cumplir los requisitos mínimos del currículum.

Otro factor que distorsiona la búsqueda de calidad académica y una enseñanza que sepa conectarse con el desarrollo científico y el mercado de trabajo, es la autonomía universitaria en las universidades públicas. La autonomía, sin lugar a dudas, es una condición inviolable reconocida en la Constitución Política del Estado (CPE), así como otros derechos fundamentales. Sin embargo, es también una especie de “cortina de humo” que bloquea la posibilidad de lograr reformas institucionales, verdaderamente académicas; es por este motivo que algunas aristas prácticas de la autonomía deben ser debatidas.

El “espíritu” de la autonomía universitaria, no sólo en Bolivia, sino en todas partes del mundo, se mantiene porque diversos actores políticos podrían aprovecharse y tratar de romper la autonomía intelectual, la libertad de cátedra y una mirada tolerante con la construcción científica de la realidad. Siempre pueden amenazar la intolerancia, la intención de destruir el pensamiento libre y las mínimas condiciones para el ejercicio del conocimiento, la investigación y la enseñanza, abierta a los descubrimientos que están reconocidos para cualquier universidad del mundo.

Ahora bien, más allá de la autonomía, lo que hay que discutir es si las universidades públicas están en condiciones de alcanzar una transformación institucional que provenga desde adentro. La transformación académica, juntamente con la autonomía, debería permitir el desarrollo de una mayor capacidad en la generación de la investigación científica y una mayor influencia en el desarrollo económico, social, cultural y político del país. Pero esto no ocurre, pues la autonomía esconde una lógica arbitraria de élites dirigentes que monopolizan la contratación de docentes de mala calidad, siempre y cuando respondan a la lealtad política de camarillas, capaces de usufructuar los recursos públicos, sin mucha transparencia y sin cumplir con indicadores de calidad para lograr aportes científicos.

La universidad boliviana se divorció demasiado de su impacto en el desarrollo. En distintas universidades estatales se han realizado múltiples “jornadas académicas de actualización” y de restructuración de los programas de formación universitaria. Esto es importante porque este tipo de esfuerzos, rara vez suceden en las universidades privadas. El problema radica en que las jornadas académicas de las universidades públicas son un simple formalismo para satisfacer los intereses de los catedráticos titulares y sus perspectivas personales de beneficio económico, sin abrir la posibilidad de discutir y transformar, poco a poco, los métodos de enseñanza, abriéndose hacia la innovación, el mejoramiento permanente y considerando las necesidades del país y el mercado laboral actual. La autonomía es una camisa de fuerza para excluir, sistemáticamente, cualquier reforma educacional e institucional.

Por lo tanto, existen aspectos preocupantes, como el surgimiento de sindicatos que se han institucionalizado dentro de las universidades y promueven un juego perverso y negativo en contra del cambio que se requiere. La mayor parte de las universidades famosas, por ejemplo, en Estados Unidos o en Europa, tienen diferentes consejos de administración de alto nivel. Gozan también de autonomía de gestión, aunque estos consejos de administración representan a grupos corporativos de asesoramiento estratégico para los rectores. Son los famosos “board of trustees” que toman decisiones y hacen una planificación de largo aliento. Esa planificación estratégica de largo plazo se materializa, implementando lo que se ha propuesto de arriba hacia abajo.

Como en las grandes empresas, se puede confiar en el criterio técnico, profesional y científico de los mejores profesionales y académicos, con una trayectoria y un prestigio ya consolidados. La actual estructura de la autonomía universitaria en Bolivia, no mira el largo plazo estratégico de adaptación a los cambios del siglo XXI, ni al desarrollo científico innovador, sino que solamente satisface a los grupos sindicales encerrados en sí mismos. Estos grupos están acostumbrados a decir, de manera retórica, que la gestión académica e institucional de las universidades públicas no debe hacerse de arriba abajo, sino con un criterio populista de abajo hacia arriba, tomando en cuenta la participación de todos los estudiantes, docentes y administrativos. Pero esto es únicamente un recurso discursivo para distraer la atención y poner en práctica una maniobra extrema del discurso de la autonomía universitaria.

Las acciones de reforma, en aquellas universidades extranjeras donde prevalece la acción de un grupo corporativo de alto nivel y prestigio, reduce la arbitrariedad sindical de las camarillas politizadas, comprometiéndose con el ejercicio de un trabajo que permita implementar las decisiones de la planificación estratégica, tanto para el uso eficiente de los recursos económicos, como para la competitividad académica, en un ambiente donde la investigación científica y de punta, marcan los retos de eficacia e impacto real en las economías del conocimiento.

Otra característica fundamental que distorsiona la autonomía, es el incumplimiento de la normativa interna. Si los requisitos para la contratación de docentes y el ejercicio de la cátedra han sido aprobados en congresos nacionales de universidades, esto no siempre se respeta y se fomenta, más bien, una dinámica burocrática que tiende a reproducir desigualdades y favoritismos en los anillos elitistas de grupos sindicales y políticos que se reclutan a sí mismos (Rodríguez, 2000; Cruz Aduviri, 2024).

La formación universitaria en Bolivia sigue estando fuertemente caracterizada por la “repetición de información”, por moldes ideológicos, por patrones de interpretación habituales como los libros de texto y por la discutible “autoridad suprema” del docente en el aula porque evalúa a los alumnos, desconectándose de las tendencias actuales de la innovación pedagógica donde los estudiantes y docentes realizan investigaciones científicas compartidas y construyen una red de cooperación internacional, para ir más allá de las fronteras y engancharse con paradigmas de conocimientos globalizados.

A esta estructura tradicional y empobrecida, se suma un problema todavía más profundo: la universidad boliviana ha renunciado a formar sujetos intelectualmente autónomos. La memorización mecánica sustituye al pensamiento crítico, los libros de texto reemplazan a la investigación y la figura del docente se convierte en un pequeño burócrata del conocimiento que administra calificaciones sin producir saber nuevo. El aula se transforma en un espacio cerrado, autorreferencial e incapaz de dialogar con los avances de la ciencia contemporánea.

Mientras en otras partes del mundo la pedagogía se redefine a partir de laboratorios colectivos, el aprendizaje basado en problemas, inteligencia artificial, debates globales y redes internacionales de colaboración, en Bolivia persiste el ritual anacrónico de repetir apuntes de clase, como si fueran dogmas inmutables. La consecuencia es devastadora, pues en el Bicentenario tenemos a generaciones enteras de estudiantes orientadas, equivocadamente, hacia a una formación intelectual mínima, desconectada de las demandas de un siglo XXI que exige creatividad, investigación y pensamiento interdisciplinario. Sin una ruptura radical con esta cultura pedagógica “fosilizada”, la universidad boliviana seguirá produciendo profesionales funcionales, pero no ciudadanos capaces de comprender ni transformar el mundo.

3.      Investigación y transdisciplinariedad

Los procesos de investigación y la construcción de conocimientos como un esfuerzo estratégico, capaz de transformar la sociedad, cultura y economía, son una misión ineludible para cualquier universidad. De hecho, las “universidades de investigación” representan el pivote fundamental para llevar a cabo cualquier descubrimiento relacionado con la tecnología de punta. No se puede hablar, ni lograr ningún tipo de innovación en el siglo XXI, si no se tiene un patrimonio y experiencias sólidas de investigación científica (World Bank, 2018). Sin embargo, y como es la costumbre desde el siglo XVIII, el debate permanece abierto en relación con los alcances y exigencias de la metodología de la investigación. ¿Cómo se investiga y se reconocen los resultados dentro de las comunidades científicas? ¿Los paradigmas teóricos de las ciencias duras, es decir, las poderosas influencias de las ciencias naturales, todavía imponen sus métodos y estructuras mentales para comprender la realidad?

Desde el punto de vista de las ciencias sociales, las humanidades y el mundo del arte, ya no existe ni la tiranía, ni la dominación de un solo tipo de metodología de investigación como cuerpo monolítico, o como camisa de fuerza para la generación de saberes y conocimientos. La primacía contemporánea gira en torno a la transdisciplinariedad o las teorías sin disciplina. La transdisciplinariedad significa una plena movilidad de enfoques teóricos y conceptuales sin sesgos ideológicos ni personales, de manera que emerge una clara renuncia a varias representaciones mentales que solían encerrarse en los tradicionales enfoques referidos a “paradigmas teóricos”: positivismo, marxismo, estructuralismo, funcionalismo, racionalismo, cientificismo, etc. Hoy en día hemos llegado al fin de los cánones ideológico-programáticos que trataban de imponer un solo molde metodológico e interpretativo sobre la identidad del conocimiento científico.

En el siglo XXI se constata un adiós a los paradigmas y a una sola estructura de metodología de investigación. El resultado inmediato es la apertura flexible de las epistemologías que se encuentran en los bordes de varios sabes y conocimientos, formándose múltiples teorías sin disciplina. Los principales críticos de esta nueva perspectiva, continúan siendo los científicos racionalistas, quienes afirman que el conocimiento científico debe ser demostrado o falsificado en la realidad, por medio de una sola metodología de investigación que tendría que de ser utilizada por toda comunidad científica.

Negar una metodología de investigación únicamente racionalista, significaría la aparición de imposturas intelectuales que construyen sólo un collage improvisado con saberes de mala calidad. La ausencia de una sólida metodología de investigación es el regreso a los prejuicios ideológicos bajo el pretexto de la desobediencia epistémica. De alguna manera, estas críticas son aceptables, en la medida en que los conocimientos transdisciplinarios, muchas veces repiten dogmatismos pasados, consolidando también un grupo de concepciones intolerantes con aditamentos superficiales que justifican la falta de renovación.

Es por estas razones que las universidades no deben bajar la guardia en relación con el debate constante sobre las mejores formas de reflexionar en torno a cómo utilizar las más útiles metodologías de investigación. Esto exige ir más allá de la universidad profesionalizante, con la finalidad de superar las rutinas de una institución que está pensada solamente para la enseñanza de formalismos tradicionales. La investigación obliga a transformar las estructuras epistemológicas e institucionales de las universidades, en un conjunto de condiciones creativas para construir conocimientos transdisciplinarios, en los cuales se abandone el sectarismo teórico, metodológico, ideológico y burocrático.

La transdisciplinariedad no es una ilusión inmanejable, sino un enfoque pluralista y necesario. Tampoco es la aplicación de fragmentos metodológicos inconexos, sino un proceso para incrementar el conocimiento, integrando y transformando perspectivas gnoseológicas distintas. Es, además, una actitud ética que tiene el objetivo de impulsar el pensamiento divergente, de manera que el proceso de enseñanza incorpore aspectos afectivos, emocionales y abiertos a la creatividad. Por último, la transdisciplinariedad permite la articulación de consorcios interinstitucionales entre universidades, centros de investigación y redes de institutos “globales”, con la perspectiva de abrir horizontes de cooperación sin actitudes dominantes, ni autoritarismos insanos que perjudican las perspectivas más creativas en la investigación y el logro de descubrimientos científicos.

4.      El atractivo de las universidades extranjeras

            En el siglo XXI, el debate sobre la educación superior no puede estar desligado de los procesos de internacionalización y la comparación con lo que sucede en diferentes países. Por ejemplo, la estructura universitaria en Estados Unidos, es muy diversa en términos de instituciones para la profesionalización, la investigación, el desarrollo del arte, la preparación técnica y la reputación de un conjunto de centros de enseñanza que están en permanente competencia. Todo el trabajo se realiza, en función de lograr innovación e identificar nuevas formas para transmitir el conocimiento científico y las tecnologías de punta.

Las más renombradas universidades privadas tienen, además, un consejo de administración de alto nivel y con conexiones hacia diferentes fuentes de financiamiento y estrategias de negocio. Las universidades públicas descansan en la tradición histórica de enseñar a los estudiantes cómo “aprender a aprender”, dentro de un proceso que durará toda la vida. Este es el basamento que sustenta la constante investigación, el análisis de diferentes teorías, puntos de vista, posiciones políticas y enfoques que se transmiten en medio de una variedad de procesos educativos, donde la capacidad de “crear” se impone a la repetición de ideas o la práctica de rutinas para el mero ejercicio profesional de licenciaturas que se han quedado rezagadas.

Al mismo tiempo, es la forma de administración que tienen las universidades, uno de los elementos centrales para el éxito. El “conocimiento experto” y la sólida formación de aquellos que dirigen, marcan la diferencia sobre las visiones de largo plazo y las ambiciones que mueven los resultados, pensados para alcanzar la “excelencia”. Los consejos de administración gozan de autonomía de gestión y, en una buena parte de los casos, como en Yale, Duke, Harvard, la Universidad de California o State University of New York (SUNY), se conforman grupos corporativos de asesoramiento a los rectores para tomar las decisiones más importantes, junto con una planificación de largo aliento. Es una lógica de arriba hacia abajo, pero con la mirada puesta en el mejoramiento permanente y la futura formación de élites dirigentes o clases dominantes.

La planificación estratégica se materializa implementando programas de seguimiento al desempeño académico de los estudiantes, la protección de su salud mental, su inserción laboral y la capacitación pedagógica para los profesores, sobre todo haciendo énfasis en el respeto a sus habilidades de investigación y la libertad de cátedra. A los ambiciosos estándares de enseñanza, se une la selección cuidadosa de docentes con las mejores credenciales.

Los mejores tecnócratas y académicos, eventualmente, van a estar a la altura de las pretensiones para conseguir premios Nobel y otros reconocimientos internacionales. Eso sí, el costo de la educación superior se incrementa y hace que la desigualdad entre clases sociales se agigante, puesto que llegar a la universidad, es un privilegio reservado para los que pueden pagar o endeudarse.

La trayectoria y el prestigio consolidado en la enseñanza, no pueden separarse de la cooperación entre la investigación y las ofertas de postgrado que abarcan los programas de maestría y doctorado. En los Estados Unidos, la estructura de postgrado es la que da vitalidad para la excelencia en los estudios de pregrado, donde los jóvenes se benefician de profesores brillantes y futuros académicos con diferentes tesis doctorales que se inician en la enseñanza, justamente con la esperanza de que muchos estudiantes de postgrado se conviertan, posteriormente, en renombradas figuras docentes.

Si bien las decisiones, en muchas universidades vienen expresadas de manera vertical, es la dinámica de los grupos académicos de reputación comprobada quienes se comprometen con el desarrollo de un trabajo que permita implementar la excelencia en la producción de conocimientos y en la transmisión de habilidades para pensar soluciones sobre los problemas más apremiantes. A esto se agrega la premeditada política para internacionalizar las universidades y cultivar la diversidad socio-cultural y global. Los académicos y estudiantes reciben constantemente a otros profesores y alumnos de casi todo el mundo.

En el siglo XXI, las brechas entre las universidades de Estados Unidos, Europa y América Latina son abismales. En Bolivia, han aparecido casos en los que tocó experimentar banalidades relacionadas con la sorpresa de tener profesores sin título académico, o lidiar con rectores y decanos que plagiaron sus tesis de postgrado. Muchas veces, se trata de gritar más fuerte o aparentar una revolución política. La universidad boliviana es, por demás, una institución de educación corriente y tradicional, en relación con las mejores universidades de América Latina y los Estados Unidos. La enseñanza no solamente es monótona, sino improvisada y de calidad profesional precaria. El mundo, sin embargo, marcha hacia un horizonte donde las universidades de investigación y la generación de conocimientos científicos, son la ilusión más esperanzadora para lograr verdaderas transformaciones.

5.      Los perfiles de una propuesta de reforma universitaria

Pensar en una verdadera transformación de la universidad boliviana exige abandonar la ilusión de que todo puede resolverse con simples ajustes administrativos o con renovaciones superficiales de los planes de estudio. La crisis es más profunda y toca las raíces mismas de las instituciones universitarias en Bolivia. Por esta razón, cualquier proyecto serio de reforma debe comenzar por reimaginar la gobernanza universitaria y reemplazar la lógica corporativa —dominada históricamente por sindicatos, camarillas políticas y grupos de poder internos— por un sistema que coloque el conocimiento y el mérito en el centro de la vida académica. La universidad no puede continuar secuestrada por estructuras que responden a intereses gremiales, que pactan cargos a puertas cerradas, que administran la autonomía como un botín y que impiden la renovación intelectual. Es indispensable avanzar hacia formas de conducción donde predominen los criterios técnicos, la experiencia académica y la visión de largo plazo, de modo que las decisiones —sobre docencia, investigación, contratación o financiamiento— respondan a la excelencia y no a compromisos clientelares.

En este rediseño institucional, nada es más urgente que la construcción de una auténtica carrera académica. Bolivia debe dejar atrás al “docente taxi” que circula de aula en aula con escasa preparación, sin tiempo para investigar y sin incentivos para perfeccionar su práctica pedagógica. La universidad sólo puede aspirar a la calidad cuando atrae, forma y retiene a profesores para quienes la vida académica es una vocación sostenida en el tiempo, una disciplina intelectual, un trabajo que combina investigación, enseñanza, reflexión ética y compromiso con el desarrollo nacional. La carrera académica debe convertirse en un itinerario exigente, regulado por concursos abiertos, donde los ascensos dependan de la producción científica, la innovación en el aula y el impacto real en la formación de los estudiantes. Esto implica establecer condiciones laborales más claras, salarios coherentes con las responsabilidades y evaluaciones serias que no se limiten a los formalismos o al populismo de encuestas improvisadas, sino que incorporen la mirada de pares académicos, análisis pedagógicos rigurosos y evidencia del aporte intelectual de cada docente.

Una reforma universitaria profunda también debe replantear la cultura de la evaluación docente. Durante décadas hemos convivido con sistemas que simulan la evaluación pero que, en realidad, consolidan la arbitrariedad. Evaluar al docente no es vigilarlo ni someterlo a presiones administrativas, sino entender su capacidad de enseñar, de transmitir conocimientos con claridad, de formar pensamiento crítico y de vincular a los estudiantes con los problemas reales del país. La evaluación debería ser un proceso transparente, continuo y orientado a mejorar la práctica educativa. Observación de clases, revisión de materiales, análisis de metodologías, debate entre colegas y seguimiento del desempeño estudiantil, son elementos indispensables para romper con la improvisación estructural que tanto daño ha hecho a la enseñanza superior. Sin esta cultura evaluativa, la universidad no puede corregir sus propios errores ni aspirar a una pedagogía moderna.

El desafío mayor, sin embargo, se encuentra en la investigación científica. Ninguna universidad en el mundo ha logrado transformarse sin convertir la investigación en el eje central de su institucionalidad. En Bolivia, la investigación continúa siendo un lujo marginal, una actividad ocasional que depende de la buena voluntad de algunos académicos aislados o de proyectos dependientes de cooperación internacional. Para construir universidades de investigación —aunque sea en escala modesta— se requiere una visión nacional sostenida en el tiempo, que establezca prioridades temáticas, financiamiento estable y mecanismos de cooperación con centros extranjeros. La investigación debe dejar de ser un discurso ceremonial y convertirse en una práctica viva: laboratorios, grupos de trabajo, publicaciones, seminarios permanentes, intercambio de profesores, creación de postgrados sólidos y redes de colaboración que vinculen a la universidad con los desafíos estratégicos del país. Sólo así será posible que los estudiantes de hoy se enfrenten a experiencias intelectuales que los preparen para un mundo donde el conocimiento es la forma más sofisticada de poder.

Toda esta transformación exige una hoja de ruta que avance simultáneamente en tres frentes: la gobernanza, el financiamiento y la investigación. En términos de gobernanza, la universidad boliviana necesita instituciones que miren el largo plazo y que planifiquen más allá de los calendarios sindicales o las disputas políticas. En cuanto al financiamiento, es urgente crear fondos competitivos que premien la calidad, apoyen a los grupos de investigación emergentes y permitan que las universidades desarrollen capacidades científicas propias. Finalmente, en el terreno de la investigación, el país requiere una apuesta nacional que acompañe a las universidades con incentivos claros, evaluación externa y una agenda científica coherente con las necesidades del siglo XXI.

Estas transformaciones no buscan imitar ciegamente modelos extranjeros ni importar estructuras ajenas a nuestra realidad. Lo que se propone es rescatar el sentido más profundo de la vida universitaria: la creación de conocimiento, la búsqueda de aproximaciones a las verdades científicas, la excelencia intelectual y la formación de ciudadanos capaces de pensar el país con lucidez. Si la universidad boliviana logra iniciar este camino, aunque sea de manera gradual, podrá dejar atrás sus fantasmas actuales y recuperar su misión histórica. De lo contrario, seguirá atrapada en la mediocridad, convertida en una administración rutinaria de títulos profesionales que poco aportan al futuro de Bolivia.

Por otra parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha desarrollado un marco de indicadores de calidad en la educación universitaria, que busca evaluar no solamente la cobertura, sino también la pertinencia, la eficiencia y el impacto social de las instituciones de educación superior. Estos indicadores suelen agruparse en cinco dimensiones (UNESCO, 2004):

a)      Relevancia: relación de la oferta académica con las necesidades sociales, económicas y culturales.

b)      Eficacia: nivel de logro de los objetivos de formación (graduación, empleabilidad, impacto en investigación).

c)      Equidad: acceso inclusivo, sin discriminación y con atención a grupos históricamente excluidos.

d)      Eficiencia: aprovechamiento óptimo de recursos humanos, financieros y materiales.

e)      Sostenibilidad y gobernanza: capacidad institucional para mantener procesos de calidad, con transparencia y participación.

Las universidades públicas en Bolivia y la gran mayoría de las privadas, no reconocen la importancia de la gestión institucional de calidad. Si bien intentan realizar procesos de autoevaluación, evaluación y acreditación, las universidades bolivianas, tienden a no desarrollar, de manera sistemática, ningún tipo de indicadores de rendimiento, ni tampoco de calidad educativa en sus carreras. Si bien se concentran en algunas metas cuantitativas, como el número de titulados, algunas publicaciones, convenios y actividades de interacción social, no poseen indicadores que midan con precisión los siguientes aspectos:

a)      Aprendizajes efectivos de los estudiantes (competencias, habilidades críticas, capacidad de investigación).

b)      Impacto social de egresados en el ejercicio profesional y en la transformación de la justicia y la política.

c)      Equidad de acceso y permanencia en la carrera (desigualdades socioeconómicas y de género).

d)      Pertinencia curricular en relación con los cambios en el mundo jurídico y político.

e)      Eficiencia docente en metodologías innovadoras y en la integración de Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), más allá de la pandemia.

Las universidades bolivianas, tanto públicas como privadas, solamente de manera formal y retórica se identifican con algunos mapas de mejoramiento real en la calidad e impactos de la educación superior. Sin embargo, no logran articularse con los estándares internacionales de la UNESCO sobre calidad universitaria, como influencia global para el ingreso de Bolivia a los rankings de alta calidad en la educación superior.

Lo que existe es un énfasis declarativo en “acreditaciones de algunas carreras” y valores institucionales, pero no se identifica un sistema de indicadores verificables que permitan evaluar la calidad educativa en términos de “resultados de aprendizaje”, pertinencia social, sostenibilidad académica y transformaciones en diferentes dimensiones de la realidad boliviana, a partir de conocimientos científicos (Fiorilo Lozada, 2020). Esto debe cambiar cuanto antes.

6.      Conclusiones

            En Bolivia, las universidades están en la necesidad de convertirse en universidades de investigación y asumir los cambios del siglo XXI que, sin necesidad de copiar los modelos de Europa o Estados Unidos, enfrenten los siguientes retos:

·         Financiamiento; las universidades de investigación dependen, en gran medida, de fondos gubernamentales, recursos autosustentables y contratos de investigación. Sin embargo, la reducción de los presupuestos públicos y la competencia por financiamiento privado, ponen en riesgo la estabilidad financiera, afectando la calidad y cantidad de la investigación realizada.

·         Innovación y uso de tecnologías; el avance tecnológico es rápido y las universidades deben mantenerse al día para no quedarse atrás. Esto incluye el mejoramiento constante de infraestructuras, la adopción de tecnologías emergentes y la incorporación de nuevas metodologías de investigación, lo cual demanda inversiones significativas.

·         Colaboración internacional; en un mundo globalizado, la investigación interdisciplinaria e internacional, es cada vez más común y necesaria. Las universidades deben establecer y mantener redes de colaboración globales, superando barreras geopolíticas, culturales y lingüísticas.

·         Retención y atracción de talento; las universidades compiten con la industria y otros centros académicos globales para atraer y retener a los mejores investigadores y académicos. Esto requiere, no sólo ofrecer salarios competitivos, sino también crear entornos que fomenten la creatividad y la investigación de alto impacto.

·         Responsabilidad social y relevancia; las universidades de investigación están bajo creciente presión para demostrar que su trabajo tiene un impacto efectivo y real en la sociedad. Esto incluye abordar problemas locales y globales como el cambio climático, la salud pública y las desigualdades sociales, asegurando que la investigación realizada tenga aplicaciones prácticas que beneficien a la mayor parte de la sociedad.

·         Ética en la investigación; a medida que avanzan áreas como la inteligencia artificial, la biotecnología y la ingeniería genética, surgen nuevos desafíos éticos. Las universidades deben establecer y reforzar políticas que guíen la conducta ética en la investigación, asegurando la integridad y responsabilidad en el proceso científico.

·         Acceso abierto y difusión de los conocimientos; el movimiento hacia el acceso abierto a los resultados de investigación está cambiando la forma en que se comparten los conocimientos. Las universidades deben adaptarse a estos nuevos modelos, asegurando que sus investigaciones sean accesibles a un público amplio, mientras se gestionan los costos asociados con la publicación en plataformas de acceso abierto.

Estos desafíos requieren que las universidades de investigación sean flexibles, innovadoras y estén alineadas con las necesidades cambiantes de la sociedad y el entorno global​ del siglo XXI.

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