LA RECONFIGURACIÓN DEL ESTADO: UNA LECTURA POLÍTICA DE LA PROPUESTA DE HARVARD

 


El documento “Un Giro Económico para Bolivia: Principales Hallazgos y Prioridades de Reforma”, publicado por Ricardo Hausmann y sus colaboradores del Havard Growth Lab es, sin duda, una de las propuestas más serias para salir de la crisis económica. El país, no solo enfrenta una crisis de déficit fiscal, pues el problema de fondo radica en el agotamiento de un modelo estatal basado en tres pilares disfuncionales: a) distribución ineficiente de recursos; b) captura política de las instituciones que están en manos de una clientela ineficiente; y c) ausencia de capacidades productivas sostenibles. En este caso, la “captura” ocurre cuando las instituciones públicas dejan de servir al interés general y pasan a servir los intereses particulares, generalmente de actores políticos, élites burocráticas egoístas o grupos organizados, hábiles en la generación de conflictos y en la búsqueda de beneficios clientelares.

Las reformas, por lo tanto, no requieren un ajuste marginal, sino que demandan una verdadera reconfiguración de todo el Estado como estructura de poder. Las medidas actuales de disciplina fiscal son necesarias, pero claramente insuficientes. Reducir el déficit sin transformar la estructura estatal solamente prolongará la crisis, incrementando tensiones sociales y debilitando aún más la legitimidad gubernamental que también comprometerá la estabilidad histórica del sistema democrático.

El equipo de Harvard nos permite pensar en que la reconfiguración del Estado sea entendida como una organización del poder que no se atasque en un conjunto de ajustes incrementales, sino que tenga la capacidad de imponer un nuevo tipo de autoridad política para superar la perniciosa resistencia de los movimientos sociales y las protestas clientelares que están destruyendo las bases para impulsar las principales transformaciones. Sobre esto, Harvard se queda a medio camino pues no termina de analizar las formas negativas en que una burocracia, acostumbrada a la inercia y la rutina de la corrupción, la negligencia y la falta de previsión con un sentido de servicio para generar valor público, va impulsando una sutil madeja de poder que rompe las decisiones políticas más importantes del actual gobierno.

En consecuencia, la prioridad estratégica exige desmontar los mecanismos de captura, redefinir el rol de las empresas públicas —especialmente YPFB— y reconstruir las capacidades estatales, pero orientadas hacia la productividad y sostenibilidad fiscal. Harvard está en lo correcto al proponer tres líneas de acción inmediatas: a) reestructuración radical del sector público empresarial; b) rediseño del gasto público bajo criterios de productividad; y c) reconfiguración institucional para limitar toda forma de clientelismo y prebendalismo políticos. Sin estas reformas, el país se encamina rumbo a una crisis fiscal más profunda, con riesgos de hundimiento fatídico.

La lógica estatal perversa

El enfoque de Harvard olvida que Bolivia no terminó de desmontar el Estado burocrático-autoritario. Por esta razón, es fundamental reinterpretar la experiencia boliviana, ya que no se trata de tener un aparato estatal fuerte que impone un “orden tecnocrático”, sino de destruir a la actual burocracia que perdió sus capacidades técnicas, pero conserva todavía su lógica de control político.

En el caso del Movimiento Al Socialismo (MAS), el resultado no fue un Estado eficazmente autoritario, sino un Estado burocrático incompetente, en el que la ocupación partidaria de las instituciones sustituyó cualquier pretensión de racionalidad administrativa. Así, la dominación ya no se ejerce mediante tecnocracias disciplinadas, sino a través de redes de lealtad que degradan todo el tiempo la gestión pública, consolidando una cultura de la “negligencia institucional”. La red de negligencias en el aparato estatal —incluso en condiciones de deterioro fiscal— no responde a una estrategia de desarrollo, sino a la necesidad de preservar espacios de poder, bloqueando activamente cualquier reforma que implique la pérdida de control político.


Ricardo Hausmann durante su presentación en Bolivia, abril de 2026.

En la actualidad, el debate público en Bolivia continúa atrapado en una lectura superficial de la crisis: el déficit fiscal como problema central. Esta interpretación es errónea y, por lo tanto, peligrosa. El déficit es un síntoma. La enfermedad a superar y extinguir, descansa en el modelo estatal que perdió coherencia, eficiencia y múltiples capacidades. El problema central no es solo la captura del Estado, sino su imposibilidad para reconstruir capacidades estatales reales en contextos de crisis. Bolivia enfrenta una estructura estatal que dejó de cumplir las funciones básicas de coordinación, regulación y producción de bienes públicos estratégicos.

En lugar de un Estado que articule el desarrollo económico sostenible, se ha consolidado uno que reproduce prácticas nefastas como la corrupción y la ineficiencia, distribuyendo recursos sin generar valor. Al equipo de Harvard hay que sugerirle que, pensar en una salida, implica romper con la lógica burocrático-autoritaria e incompetente y reconstituir el Estado como un actor con autonomía relativa, previsiones técnicas y orientación estratégica. Esto supone reformar las instituciones y alterar los incentivos que hoy premian la lealtad política sobre la competencia, sustituyendo una estructura de poder agotada por otra, capaz de responder a los desafíos de sostenibilidad fiscal y transformación productiva de largo aliento.

Durante años, el Estado operó bajo una lógica de expansión sostenida del gasto, apoyada en rentas extraordinarias, sobre todo provenientes de las exportaciones del gas natural. Ese ciclo se acabó. Sin embargo, la estructura institucional que lo sostenía permanece intacta con empresas públicas sobredimensionadas y politizadas; burocracias con incentivos distorsionados y con un gasto público orientado a la reproducción política, no a la productividad. El resultado es un Estado que gasta más de lo que produce y, además, gasta mal como un culto a la ineficiencia irresponsable.

Diagnóstico Estratégico

Si las fallas estructurales giran en torno a la captura política del aparato estatal, entonces la ineficiencia incontrolable del Estado empresario como eje único del desarrollo, se convierte en un gasto sin retorno productivo. Esta situación hace que las verdaderas restricciones descansen en una alta dependencia social del gasto estatal, una resistencia corporativa al cambio dentro del aparato público (sindicatos y funcionarios caracterizados por la gestión de prebendas), una gran fragilidad política del gobierno y un riesgo de conflictividad permanente.

Durante los veinte años de gobierno masista, la vieja configuración del poder funcionaba con un Estado que priorizó un sistema de distribución de rentas, solamente entre las élites políticas, burocráticas y sectores organizados. Ahora, la reforma del Estado es inevitable y representa una más profunda disputa por el poder. La opción de política pública es única: una reconfiguración organizacional e institucional con mayor sostenibilidad real, aunque con mayores tensiones en el corto plazo.

Las recomendaciones estratégicas del Harvard Growth Lab reclaman, no solamente una superficial desburocratización con la eliminación de fotocopias de cédulas de identidad o certificados de nacimiento, sino la reestructuración de todas las empresas públicas (auditorías, clasificación, cierre/fusión); el rediseño del gasto (evaluación de impacto, eliminación de programas ineficientes) y un servicio civil confiable, eficiente y sujeto a la reducción del aparato estatal. En términos de tiempo, las reflexiones del Haravard team, podría interpretarse como una visión de corto plazo (0–6 meses), que implica el lanzamiento político de las reformas, las auditorías y el congelamiento del gasto (aspecto que ya tiene retrasos y estancamiento). En el mediano plazo (6–24 meses), se requiere una reestructuración de shock inmediato, mediante reformas legales (con un Parlamento también eficiente y aliado del Poder Ejecutivo) y el rediseño presupuestario.

El riesgo político está en la desarticulación de la resistencia de varios grupos de interés; la reducción del riesgo social, influyendo en la “percepción del ajuste” con una política de comunicación bastante agresiva; y la eliminación de toda incapacidad de implementación. Las acciones de mitigación requieren conformar coaliciones socio-políticas, junto con un nuevo apoyo internacional que incorpore al Fondo Monetario Internacional (FMI).

En conclusión, Bolivia está frente al desmoronamiento de un modelo estatal que debe ser controlado rápidamente. Persistir en la realización de ajustes marginales, equivale a administrar el deterioro, cuyos efectos son más dolorosos para las familias pobres. La única alternativa es una reconfiguración del Estado, porque el costo político de no actuar ahora será mayor que el costo de una reforma trivial tardía.



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