Dentro de los estudios de sociología y ciencia políticas,
el chiste político constituye uno de los objetos de estudio más llamativos e
interesantes, no sólo por representar una de las formas del discurso social que
más fácilmente se desplaza en diferentes contextos y clases sociales, sino
también por los usos que se hace del humor como una forma de crítica hacia el
orden establecido, como un recurso que la sociedad civil puede utilizar para
condenar al poder y sus prácticas políticas, convirtiéndose en un instrumento
de “deslegitimación” para develar lo que se esconde por detrás de la fachada
que asumen los políticos y los sacerdotes guardianes del culto a lo definitivo
y a las evidencias tradicionales reconocidas.
El humor, la mofa o las expresiones grotescas son, sin
duda, las formas primarias que adoptan aquellos discursos que buscan denunciar
las contradicciones de lo real; su finalidad no es otra que la subversión de la
palabra por la palabra. El humor es lo
suficientemente capaz como para crear distintos espacios verbales para la
rebelión, así como para el escepticismo crítico.
Resulta reconfortante que dentro de las producciones
nacionales televisivas y radiales podamos encontrar buenos ejemplos de aquellos
espacios públicos de humor político. Me
refiero concretamente al programa radial “Confidencias2 emitido por Panamericana,
y a la novísima producción “Esta Boca es Mía” que solía ser transmitida por
canal 11.
Ambos programas expresan lo más llamativo de lo que
significa el humor político en Bolivia, no sólo por el alcance de su difusión,
sino también por la periodicidad con que se trabajan los chistes, pues se los
difunde cada fin de semana durante todo el año; en efecto, dichas producciones
buscan hacer reír y reírse de aquello que perturba a nuestra sociedad, tratando
de neutralizar los efectos perversos de la política y de ciertas situaciones de
la vida cotidiana, pues el chiste reduce la importancia de los hechos, colocándolos
en un plano prosaico.
Los objetivos del chiste y el humor
Nuestra sociedad está expuesta a una gran influencia de
la política porque las decisiones que se producen al interior de ésta tienen un
impacto directo en el orden económico, social y cultural. De esta manera, la reacción de la sociedad
frente al poder da lugar a una confrontación desigual, porque mientras los
políticos controlan los instrumentos político-jurídicos (los recursos del
poder), incluida la capacidad para definir lo que es aceptable o tolerable para
imponer su propio proyecto, los ciudadanos sólo tienen al humor para defenderse
de los excesos de la política ridiculizando a los poderosos y, además, poniendo
en duda todo lo que se considera evidente.
Tanto “Confidencias” como “Esta Boca es Mía” utilizan al
humor como instrumento para enviar mensajes al liderazgo político sobre
cuestiones molestas a través de la parodia. Es aquí donde radica la fuerza de
los espacios públicos abiertos por el chiste, pues se constata que nuestra sociedad
ha creado sus propios medios para enviar mensajes, sobre todo aquellos que
buscan denunciar cómo el poder intenta agredir a la ciudadanía en desmedro de
la democracia, o cómo actúa el doble discurso de algunos líderes que dicen una
cosa y hacen otra totalmente diferente; el chiste se revela como un boomerang
pues desmiente el doble discurso poniendo en evidencia la naturaleza frágil,
ambigua y contradictoria de los grandes mandatos y de los grandes modelos.
Entretanto, el sistema político todavía no ha logrado
desarrollar canales efectivos de comunicación con la sociedad; en cierto
sentido, el poder y sus titulares se encuentran inermes ante la arremetida de
la mofa, de la crítica que asume los ropajes de un bufón, personaje
despreciable y degradante para muchos, pero que también se convierte en la
presencia de aquel antihéroe imprescindible para desconfiar frente a todo
absoluto.
El programas humorísticos de radio Panamericana y diferentes
canales televisivos trabajan diferentes materias con información al día sobre
el acontecer político, como ser: la corrupción, el desempeño del Parlamento,
del Ejecutivo, del Poder Judicial, escándalos entre partidos y entre políticos,
reformas importantes que el poder propone como la reforma educativa o la
capitalización, la actividad sindical de respuesta hacia el gobierno, el
narcotráfico, las negociaciones en materia de política internacional, la mofa
sobre la negociación política en secreto y la burla en vivo y directo cuando se
invitaba a conocidos políticos al set de filmación de “Esta boca es Mía”.
En consecuencia, a través del cuidadoso análisis de los
chistes y tomaduras de pelo en aquéllos programas, podemos encontrar los rasgos
de una asimetría entre la sociedad civil y el sistema político, asimetría que
se expresa en los intentos fallidos del sistema político para alcanzar
legitimidad en la sociedad y en la producción incesante de demandas sociales
que no encuentran respuestas de parte del poder.
A través del chiste y del humor políticos, todo
desconsuelo moral e indignación con las actuales formas de hacer política
pueden convertirse en “escepticismo
político”, el cual empieza a descollar entre los discursos sociales con
una tendencia a constituirse en un fenómeno supraindividual; es decir, el
chiste como expresión del escepticismo tendería a convertirse en cierta voluntad política en estado latente que demanda cambios
sociales, iluminada por el desencantamiento y la crítica impenitente contra el
actual estado de cosas.
En
esta perspectiva, el escepticismo político no trata de resolver los problemas
proponiendo soluciones de la noche a la mañana, sino preocupándose más bien por
reflexionar, dudar y burlarse, absteniéndose de participar en las aclamaciones
que rinden pleitesía al stato quo vigente, o al avance neoconservador que
pregona la inutilidad de cualquier reforma social o política.
¿Cómo funciona el chiste político?
El poder genera verdades, incertidumbres y secretos bien
arropados bajo el manto de las “razones de Estado”; así también el humor
político pretende desempeñar un papel correctivo, de venganza anónima con
efectos destructivos que no pueden ser devueltos por los políticos contra la
sociedad, ya que éstos deben cuidar su fachada a través de una imagen
políticamente comerciable para las confrontaciones electorales.
El poder se escenifica mediante la expresión de
protocolos y maneras bien educadas para convencer; el chiste y la mofa
desconfían de la “buena sociedad”, buscando la ocasión para decir siempre
impertinencias. La actitud del bufón es
aquella que desenmascara como dudoso precisamente aquello que se considera como
sólido o venerable al cien por cien, el chiste descubre contradicciones en
aquello que aparece como indiscutible y evidente.
El humor político de “Confidencias” y “Esta Boca es Mía”,
al parecer, tratan de dilucidar el misterioso entramado de las prácticas
políticas bolivianas y con esto, corregir para conservar, en vista de que su
intención no es ir contra el sistema democrático sino ponerse a su favor para
solicitar cambios incrementales a través de la chistosa crítica mordaz y
punzante.
En este sentido, el humor es una forma moderada y
pacífica de transgresión del orden establecido porque propone, por intermedio
del estilo de la risa, la lucidez de la negación que cuestiona los valores y
normas que se afincan en la sociedad, así como también se burla del apocamiento
de los opositores formales contra el sistema.
Mientras el poder busca su legitimidad y dominación, lo
cual requiere de un proyecto hegemónico de largo plazo e instituciones
políticas sólidas mediante un proceso difícil y complicado, los chistes ideados
en “Confidencias” y “Esta Boca es Mía” necesitan simplemente de repetidores,
los cuales pueden encontrarse en todas las clases sociales sin necesidad de
presión alguna o convencimiento previo, porque el lenguaje utilizado es el de
los modismos criollos fácilmente asimilables y cercanos a la vida cotidiana de
los oyentes o televidentes.
Los políticos pueden también, en algún momento, echar
mano del humor en sus campañas electorales o en medio del protocolo formal como
el conocido ejemplo del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni); sin
embargo, Goni solía utilizar los
chistes, no para contrarrestar el humor y la mofa transgresora de la sociedad,
sino para dar una imagen benévola de sí mismo y de las acciones de sus
colaboradores; en cierta medida, para seguir reproduciendo un doble discurso y
diseminar una humareda que intenta confundir, opacando los hechos.
En “Esta Boca es Mía” y “Confidencias”, el chiste logra
que las reglas del juego cambien y las libertades se reordenen, a través de la
instauración de personajes particulares y disfraces llamativamente sugerentes,
mostrando a la política como un juego de engaño, mentira, provecho personal y
lleno de humillación para quienes se encuentran por debajo de los jefes,
buscando las dádivas del patrimonialismo.
Paradójicamente, por intermedio de la tergiversación, los
chistes se proponen dilucidar la realidad y descubrir lo que ocultan los
políticos y el ramplón juego del poder. En este sentido, la tergiversación es
parte del sarcasmo cuyo objetivo es hacer cómico su propósito.
Así, se simula penetrar en las habitaciones de la secreta
negociación política para desnudar a los políticos de turno, incluido el propio
presidente de la república, pues reduce sus figuras a la de cualquier mortal,
muestra sus secretos de alcoba, sus conflictos familiares, caricaturiza sus
defectos físicos, mostrando a los políticos disminuidos con toda la crueldad
que la broma y la mofa son capaces de lograr.
El chiste y el discurso político
Al humor puede
considerárselo como un discurso anónimo puesto que los chistes no responden a
ninguna responsabilidad ya que son capaces de circular entre diferentes niveles
de una serie de clases sociales, recorrer cientos de kilómetros, acomodarse a
distintas situaciones históricas y sociales, manteniendo buena parte de su
carga crítica y escéptica; empero, las bromas preparadas por “Esta Boca es Mía”
y “Confidencias” son de responsabilidad directa de un colectivo de
profesionales de la risa, algo que no altera el panorama porque sus chistes
estarían destinados a ser repetidos por cualquier persona indefinidamente, lo
cual favorece la acción crítica del humor político en la medida en que se
expande su influencia con mucha versatilidad y rapidez.
El discurso político, en cambio, tiene un origen
responsable e identificable con claridad (la matriz ideológica y su gramática,
el partido político y sus líderes); es temporal puesto que la historia puede
enterrarlo de acuerdo con el devenir y la incertidumbre de los acontecimientos
políticos; además, este discurso en boca de un político está expuesto a la
opinión pública y está limitado por consideraciones de tipo moral y valorativo.
El chiste, si bien puede ser también valorado,
generalmente es compartido y aceptado incondicionalmente porque rompe con las
arbitrariedades y los convencionalismos imperantes; por lo tanto, a los
programas humorísticos de radio y televisión no les interesa ser evaluados
desde el punto de vista ético, sobre todo, si esta valoración proviene o trata
de salir de los políticos ya que, si así fuese, aquélla sería una materia prima
más de la mofa.
Para el humor, el sistema valorativo es irrelevante y, en
consecuencia, el discurso humorístico desestabiliza y desarma al discurso
político desde el terreno de la ironía y la parodia hasta dejarlo
desvalido. El creciente avance del
escepticismo que conlleva el chiste, está fuertemente ligado, más que con el
pesimismo o los arranques de subversión, con la desmitificación de la realidad
política, económica y social.
El humor político, junto con su escepticismo, se
alimentan de acaloradas discusiones y feroces críticas cuestionándolo todo,
pudiendo fácilmente inaugurar nuevas “esferas públicas” en democracia y
contagiando los aires de la incredulidad en las charlas de café, las
discusiones familiares, el trabajo, la escuela o la universidad. El advenimiento de la desideologización al
cierre del siglo XX ha traído consigo la apertura del escepticismo como una
forma extendida de opinión pública que bien puede insuflar de creatividad al
deseo de cambios sociales y a la búsqueda de nuevos ideales políticos.
El chiste político dice la verdad sin tapujos porque no
tiene necesidad de convencer a nadie de nada, mientras que la política está
obsesionada por hacer creer, es solemne, ritual y se escenifica con el montaje
de la soberbia y los insaciables planes de poder. Mientras los políticos se
auto-atribuyen signos y símbolos de acuerdo con las maneras del liderazgo para
construir el santo y seña de la dominación y la autoridad, el humor descubre y
desmitifica dichos signos puesto que su fin último es destruir todo tipo de
estereotipos tomados por absolutos y supremos.
El discurso político y la comunicación política intentan
mostrar a los políticos a través del prisma de la idealización y la exhibición,
en tanto que la función dramática-crítica puesta en marcha en programas como “Confidencias”
y “Esta Boca es Mía”, se plantean alcanzar la incredulidad que desencanta la
política a través de la conspiración humorística, algo que constituye una
oportunidad para repensar y reinventar la subversión.
Comentarios
Publicar un comentario