LA CONDENA HISTÓRICA: VACÍO DE PODER Y ARMONÍA DE LAS DESIGUALDADES

 

La Bolivia contemporánea parece haber ingresado en una fase de agotamiento político donde la conflictividad dejó de ser un episodio excepcional para convertirse en la forma cotidiana de existencia del Estado. Lo más grave, no es únicamente la proliferación de conflictos sociales, bloqueos, disputas corporativas o tensiones entre facciones; el problema de fondo es la temprana sensación de ingobernabilidad que comenzó a instalarse incluso antes de que el “nuevo poder” terminara de consolidarse. El gobierno llegó al mando del país sin haber construido verdaderamente una arquitectura de autoridad, ni una visión coherente sobre cómo administrar el colapso económico heredado y, al mismo tiempo, sin lograr abrir una transición política viable. El resultado fue una mezcla peligrosa de improvisación, ansiedad y vacío estratégico.

En lugar de asumir el poder como una responsabilidad histórica orientada a reconstruir capacidades estatales, restablecer confianza y reorganizar la economía, se confundió el triunfo político con la simple derrota electoral o moral del MAS. Esa fue quizá la primera gran equivocación. Derrotar parcialmente al masismo en el imaginario urbano o en ciertos segmentos sociales, no equivalía a construir un nuevo bloque de poder capaz de conducir el país. El MAS, pese a su deterioro, había tejido durante dos décadas una compleja red de dominación territorial, clientelar, simbólica y corporativa. Desplazarlo requería algo más profundo que indignación ciudadana o discursos republicanos: exigía una nueva coalición histórica con capacidad de producir legitimidad, crecimiento económico y conducción política.

El nuevo horizonte terminó atrapado en una lógica conservadora y limitada, donde la prioridad consistió en tranquilizar a ciertos grupos empresariales tradicionales y restaurar mecanismos clásicos de confianza de mercado, suponiendo, ingenuamente, que los actores económicos históricamente favorecidos reconstruirían de inmediato las capacidades productivas del país. Pero Bolivia ya no era el país de los años noventa. El empresariado tradicional tampoco poseía la densidad industrial, tecnológica o financiera necesaria para convertirse rápidamente en motor de un nuevo modelo de acumulación. Muchos sectores privados sobrevivieron durante años bajo la sombra protectora del Estado rentista y también aprendieron a depender de subsidios, privilegios, contratos estatales y mercados cautivos. Nunca existió una burguesía nacional innovadora, lista para asumir un proyecto de transformación económica.

El error fue profundamente estructural: se creyó que, desmontando parcialmente el aparato político del MAS, bastaba para restaurar automáticamente el orden económico y la gobernabilidad. Pero el país había cambiado socialmente. Emergieron nuevos actores populares, economías informales gigantescas, redes ilegales, sectores corporativos fragmentados y autonomías territoriales que ya no respondían, ni al viejo Estado republicano, ni al ilusorio mapa revolucionario del masismo. Bolivia se convirtió en un espacio de fragmentación permanente donde cada grupo presiona por sobrevivir, capturar rentas o defender privilegios mínimos, en medio de la incertidumbre.

En este contexto, la parábola bíblica de “los dones” adquiere una fuerza simbólica extraordinaria. El país recibió una oportunidad histórica: corregir los excesos autoritarios del masismo, reconstruir instituciones, sincerar la economía y abrir una nueva etapa de modernización democrática. Pero aquel don fue enterrado por el miedo, la improvisación y una visión política demasiado pequeña. En la parábola, el siervo que esconde el talento en la tierra no lo pierde por maldad, sino por temor e incapacidad de asumir riesgos creativos. Algo similar ocurrió en Bolivia: el poder fue recibido sin imaginación transformadora. Se administró defensivamente, buscando preservar equilibrios precarios, evitando confrontar las deformaciones estructurales del Estado y refugiándose en pactos cortoplacistas.

La tragedia es que la incertidumbre actual no proviene solamente de la crisis económica, sino de la ausencia de horizonte. Nadie parece saber hacia dónde va el país. El gobierno transmite señales contradictorias: por un lado, promete estabilidad; por otro, revela nerviosismo, debilidad y falta de control territorial. La conflictividad social crece porque distintos sectores perciben que el poder carece de capacidad real para ordenar el sistema político. Cuando la autoridad pierde claridad, los conflictos dejan de negociarse institucionalmente y comienzan a resolverse mediante presión directa, bloqueos, chantajes o demostraciones de fuerza.

En el fondo, Bolivia reproduce nuevamente aquello que la historiadora española, Marta Irurozqui, describió hace décadas al estudiar las élites republicanas de comienzos del siglo XX: la “armonía de las desigualdades”: una estructura donde las jerarquías sociales, económicas y regionales logran recomponerse continuamente, bajo nuevos discursos políticos sin alterar las bases profundas de exclusión, enormes desigualdades y concentración del poder. Lo paradójico es que, incluso los proyectos que se presentan como rupturistas, terminan restaurando formas tradicionales de dominación. El masismo lo hizo mediante una combinación de inclusión simbólica y concentración autoritaria; el post-masismo corre el riesgo de hacerlo, restaurando viejas alianzas elitistas sin tener un proyecto nacional.

Por eso la crisis boliviana ya no puede interpretarse solamente como un enfrentamiento entre el oficialismo y la oposición. Se trata, más bien, de una descomposición general de las capacidades de conducción del Estado. El país vive atrapado entre una economía agotada, una sociedad fragmentada y unas élites incapaces de imaginar un nuevo pacto histórico. La ingobernabilidad temprana no es un accidente pasajero, sino que es la expresión visible de un “vacío de poder” que nadie ha sabido llenar con legitimidad, inteligencia estratégica, ni tampoco con visión de futuro.



Comentarios