AMÉRICA LATINA FRENTE AL POSTNEOLIBERALISMO

 

Introducción

América Latina está regresando a situaciones inestables y explosiones sociales que comprometen la estabilidad de cualquiera de sus democracias. Los casos más preocupantes están en México y Ecuador donde el narcotráfico está generando demasiada violencia, junto con situaciones de corrupción en las más altas esferas del poder judicial, las fuerzas armadas y la policía. Asimismo, los modelos socio-políticos sustentados en la economía de mercado y la democracia presidencial, que los Estados Unidos y América Latina vinculan con un régimen de libertades benefactoras, una vez más dejaron de ser creíbles y, en algunos casos, resultaron contraproducentes porque el continente arrastra serios déficits en materia de bajo crecimiento económico y pobreza, estancamiento, deudas sociales con excesiva desigualdad, problemas estructurales que se suman al acoso del crimen organizado y convierten a la región en un escenario de confrontación e inestabilidad que va más allá de la polarización entre el neoliberalismo y la izquierda socialista.

¿Cómo reconducir y evitar la violencia e ingobernabilidad? Las olas migratorias con cerca de 7 millones de personas que huyeron de Venezuela, parecen llegar a un callejón sin salida porque a pesar del derrocamiento de Nicolás Maduro, todo indica que los venezolanos no podrán reconstruir la democracia y las condiciones de equidad económica. ¿Cómo lograr que se respeten los derechos humanos frente a cientos de presos políticos en Nicaragua y Cuba? La desigualdad en los ingresos se acrecentó y la pobreza extrema con 37 millones de personas en 2025 continúa agravándose por los impactos terribles que el Covid-19 tuvo sobre las familias más vulnerables. Los Estados en la región dejan a los más pobres a merced del desastre.

Los organismos de cooperación de Europa Occidental buscan aplicar sus modos de hacer las cosas para recomendar gobernabilidad, sus formas de ser democráticos y, ante todo, buscan dominar con un mismo molde político y con ciertos intereses que expresan un balance de poder realista, despertando el escepticismo en torno a la solidaridad internacional y la cooperación pacífica e incondicional. América Latina tiene que lidiar con los espectros del postneoliberalismo, lo que significa una mayor desigualdad después del Covid, mayor inestabilidad política, más autoritarismo y mayor decepción en cuanto a la democracia como régimen que se muestra incapaz de vencer la excesiva concentración del ingreso.

Es por esto que el eje de los problemas del desarrollo y la seguridad humana en América Latina, radica una vez más en los programas sujetos a “condicionalidades” donde destaca, casi con frecuencia, el abuso de poder de las misiones de cooperación que actúan con un alto sentido paternalista, ahondando también el autoritarismo. Muchos sugieren que Latinoamérica tendría que copiar el estilo de vida y el tipo de industrialización de Europa o Estados Unidos y, al mismo tiempo, controlar la gran inmigración que, finalmente, terminará en el rechazo de los emigrantes, quienes son considerarlos una amenaza para Occidente y una lacra que trasluce el fracaso económico y político de casi todos los regímenes latinoamericanos. Europa cierra las fronteras a miles de ciudadanos de América Latina, mientras que Estados Unidos no sabe cómo reordenar su política migratoria, instigando el odio racial.

¿En qué confiar?

Una de las manifestaciones contradictorias de los procesos de globalización se expresa en el espíritu más localista de las potencias globales como Europa y Estados Unidos, debido al resurgimiento inusitado del nacionalismo con fuertes características discriminatorias. Simultáneamente, se disemina un discurso universalista de occidentalización, globalismo de valores y de una aparente ciudadanía global.

La elección de Donald Trump, nuevamente como presidente de los Estados Unidos (2025-2029) colocó al mundo, en palabras de los expertos como Jeffrey Sachs, Bandy Lee y Ruth Ben-Ghiat, en total “riesgo”, producto de las alucinaciones racistas sobre la supremacía blanca que solamente estimula los crímenes de odio, de manera que el liderazgo estadounidense ingresó en un deterioro fatal, junto con el socavamiento de las raíces de la democracia como aspiración global de convivencia y equilibrio político saludable. Ya nada sería creíble cuando se reivindican la democracia y un enfoque global de seguridad, afincado en balances de poder más justos, debido a que Trump estimula constantemente la xenofobia y el rencor hiper-nacionalista. Trump intentó un golpe de Estado el 6 de enero de 2021 y se llevó miles de documentos secretos como expresión de desprecio por las instituciones y la seguridad nacional. Actualmente, su administración está tratando de alterar las reglas electorales para forzar una reelección y evitar que la oposición democrática pueda limitar sus poderes presidenciales.

Los organismos multilaterales de cooperación para el desarrollo están reestructurando sus políticas en función de nuevas condicionalidades, donde la “seguridad estatal” se presenta como un pre-requisito geopolítico fundamental: los vientos soplan hacia la necesidad de cumplir ciertas metas en materia de lucha contra el narcotráfico, combate al terrorismo, estabilidad macroeconómica, reducción del tamaño del Estado, control de las migraciones internacionales y compromiso con el apoyo a la democracia representativa.

Si bien América Latina se alinea alrededor de esta dinámica geoestratégica, de por medio están las dudas sobre la subsistencia del sistema democrático, en medio de los riesgos que conlleva el temor de convertirse en un conjunto de Estados fallidos. El fantasma del Estado fallido, también incluye a Estados Unidos, debido a una degradación de la democracia a favor de los más ricos y en detrimento del aumento constante de las desigualdades sociales y económicas, lo cual empeora las tensiones sobre la inseguridad y el desorden político.

Es aquí donde la experiencia boliviana se convierte en otro factor de análisis, ya que emergió como un raro ejemplo de éxito relativo de las reformas de mercado (1990-2000) y, posteriormente, como un fenómeno de resistencia y condena en contra de los efectos del neoliberalismo en América Latina. Bolivia puso en práctica todas las recomendaciones del denominado Consenso de Washington durante los años 90, llevando a cabo la reducción del tamaño del Estado, implementando las políticas de privatización y desarrollando una confianza excesiva en torno a las bondades del mercado, como la receta privilegiada del crecimiento económico. Sin embargo, dicho crecimiento no llevó a una convergencia de mejores ingresos y equidad entre las clases sociales donde predominó la discriminación, desigualdad, exclusión y los patrones de racismo.

Estos problemas desembocaron en la desconfianza absoluta hacia el modelo de “desarrollo neoliberal”, imposibilitando una reducción substancial de las desigualdades. Bolivia mostró que no era suficiente el crecimiento económico sobre la base de una economía de mercado global, sino que también era necesaria la activación de varias políticas públicas enmarcadas dentro del Estado de Bienestar. Las ofertas populistas del ex presidente Evo Morales y los detractores de la globalización, rápidamente se convirtieron en el caldo de cultivo para un retorno del Estado como actor económico y en una crítica mordaz hacia la democracia representativa. Había que transitar hacia la expiación posneoliberal.

Además, Evo Morales, desde muy temprano en su gestión gubernamental el año 2006, difundió una estrategia internacional denominada “diplomacia de los pueblos”, mediante la cual apoyó la doctrina del Socialismo del siglo XXI, alineándose con el fallecido Hugo Chávez en Venezuela, Raúl Castro en Cuba y Daniel Ortega en Nicaragua. De esta manera se materializó el giro a la izquierda que representó un rechazo a la democracia liberal, en nombre del Socialismo. Esta posición fue expresada como una visión anti-imperialista y defensora de la soberanía a cualquier precio, sobre todo al interior de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Bolivia apoyó de manera ambigua la Carta Democrática Interamericana, reforzando así las críticas de izquierda antidemocráticas que empezaban a calar hondo en varios sectores de la sociedad civil. Evo Morales, finalmente, fomentó un fraude electoral para forzar su reelección en noviembre de 2019, lo cual destruyó las bases de su legitimidad política y de su partido, hasta profundizar una crisis que desembocó en la elección de un nuevo presidente en 2025 que terminó por sepultar la fuerza populista de Evo.

La intrusión china

De acuerdo con el Latinobarómetro, la conocida encuesta de opinión pública anual aplicada en 18 países de la región, la confianza en los gobiernos cayó de 45% en 2009 a 22% en 2020, mientras que la cantidad de personas descontentas con la democracia aumentó de 51% a 71%, junto con la acentuación del miedo a la violencia, la inseguridad y una mayor desconfianza hacia las fuerzas armadas y la policía. Estas características hacen que sea mucho más difícil que América Latina impulse una sólida estrategia de “seguridad humana” con criterios de cooperación y ambiciones más definidas en la globalización, debido precisamente a que el proyecto sobre un exitoso “orden liberal” internacional prácticamente habría fracasado, producto de la vulnerabilidad frente a la corrupción, la inestabilidad económico-política y una retórica liberal-democrática que oculta prácticas constantemente autoritarias.

En el contexto internacional, esta situación desemboca en un tipo de relacionamiento ambiguo con China que, en múltiples casos, es vista como una “tabla de salvación” para fomentar un nuevo tipo de imperialismo, a través de la introducción de múltiples inversiones chinas que neutralicen o socaven la integración de América Latina con Europa y Estados Unidos. En otras circunstancias, China es juzgada con desconfianza y temor. Así aparece otro paquete de problemas y anarquía internacional que tiene que ver con la lógica del balance de poder desarrollado por China, India, Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia.

Ninguno de estos países hace algo definitivo para moderar los riesgos de una crisis y confrontación bélica, sobre todo cuando se analizan los conflictos entre Corea del Norte y el Sur, Siria, Irak, Irán o la irresoluble invasión de Rusia en Ucrania.

El efecto desestabilizador que emana de Venezuela, a pesar de haber sido derrocado Nicolás Maduro, se articula con Nicaragua y Cuba. El posneoliberalismo refuerza, de alguna manera, un discurso ideológico que identifica a los Estados Unidos como la única causa del desastre económico-político venezolano. Si bien el viejo esquema de la Guerra Fría, con el choque entre el mundo liberal democrático y el mundo comunista, desapareció, países como Venezuela y Cuba continúan reivindicando una aparente idea anti-imperialista para replantear los problemas de la dependencia, desde el punto de vista de una soberanía irrenunciable de los Estados latinoamericanos.

Este discurso, convincente para la gran mayoría de las masas de poca educación sobre la soberanía estatal, es aprovechado por China, Rusia e inclusive por Irán para tener una mayor influencia en América Latina. Venezuela no agrega mucho al rediseño de los balances de poder, ni tampoco afianza la ideología comunista; sin embargo, refuerza una percepción anticolonialista de no intervencionismo y relativa autonomía que todavía es muy fuerte en la región.

América Latina confronta una disyuntiva: continuar impulsando la integración hacia los mercados mundiales, o reestructurar sus prioridades políticas en función de una agenda caracterizada por la resistencia y las exigencias de mayor justicia, similares a las críticas del movimiento anti-globalización. Esto es lo que conduce a la región hacia los debates en torno al postneoliberalismo, puesto que otro de los problemas que la globalización hizo rebrotar es la polarización de los pobres contra los ricos, lo cual revitalizó el denominado populismo, así como las pugnas entre las posiciones políticas de izquierda versus derecha, sobre todo por el desprestigio y la desconfianza hacia la economía de mercado que América Latina sigue experimentando.

El mercado agrandó la concentración de la riqueza en manos de las élites económicas y políticas, sembrando el terreno para la intervención de liderazgos mesiánicos que ofrecieron revoluciones socio-políticas. El liderazgo populista fue transformándose en la bandera de lucha para cuestionar lo poco que se había construido en materia de cambios productivos, competitividad y estabilidad de la democracia. En estos casos, el populismo funciona como un tipo de carisma movilizador de las masas enardecidas por la desigualdad, generándose fuertes demandas para tener políticas redistributivas. Las discusiones sobre el postneoliberalismo, han hecho que la economía de mercado sea equiparada con una “maldición global”, frente a la cual existirían pocas alternativas de cambio. Actualmente, el continente parece encaminarse hacia una época donde los esfuerzos por llevar adelante diferentes tipos de reformas, se encuentran frente a un futuro lleno de dudas y donde la pobreza de vastos sectores desencadena una ola de insatisfacción y resentimiento en contra de cualquier régimen democrático.

Conclusiones

Si reflexionamos con cuidado cuáles fueron las condiciones de reinstalación de la democracia en América Latina a principios de los años 80, tenemos que destacar cuatro aspectos. Primero: el fin de las dictaduras, de ninguna manera rompió completamente con la cultura autoritaria y la violencia política, ni tampoco con la debilidad institucional de los Estados. Segundo: la modernización económica por medio de las políticas de libre mercado, tuvo resultados abiertamente contradictorios en su relación con la democracia, debilitándola en unos casos o, simplemente, impulsando una relación negativa entre el sistema democrático y la persistente desigualdad. En tercer lugar, la situación particular de Centroamérica muestra una fragmentación política donde el final de las guerras civiles y la implementación de las políticas de ajuste estructural, tampoco dieron origen a un modelo específico de consolidación democrática. Cuarto: existe un gran déficit de liderazgo donde los partidos políticos tradicionales o nuevos, e inclusive las organizaciones de la sociedad civil, no pueden mostrar el nacimiento de líderes jóvenes con plena vocación democratizadora.

La descomposición de los gobiernos dictatoriales al final de los años ochenta, vio el agotamiento de un tipo de Estado Autoritario que había dejado de responder a las necesidades del desarrollo, manteniendo en la pobreza a millones de personas y fracasando en la construcción de un nuevo orden social y político para tener Estados fuertes o plenamente soberanos. Las diferentes dictaduras en Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Uruguay y Brasil, mostraban que era imposible seguir adelante sin la existencia de nuevos procesos de legitimidad y participación de la sociedad civil, pero, sobre todo, sin la posibilidad de regresar a un escenario con pacificación para llevar adelante los sueños de la modernización y el desarrollo económico.

El modelo dictatorial de la modernización, vigente entre los años sesenta y ochenta, desapareció, aunque permaneció impasible un conjunto de aspiraciones al desarrollo, todavía ligadas con factores autoritarios; es decir, aquellos patrones de conducta que trataban de imponer las decisiones por la fuerza, considerando que la movilización violenta es una constante del orden político.

Hoy día, desde una mirada puesta en el siglo XXI, el final de las dictaduras no significó exactamente la fundación de sociedades verdaderamente democráticas, razón por la cual el análisis de las reformas políticas y el éxito económico, todavía plantean los siguientes problemas: ¿por qué persisten el autoritarismo, la corrupción y las debilidades en el Estado para ser respetado como institución soberana, tanto dentro de los países como en el contexto internacional de la globalización? América Latina está ingresando hacia una extraña dimensión: los confines de una nueva década perdida (2025-2035), posibles rupturas democráticas, acoso de la pobreza y cansancio ciudadano que rechaza la democracia como régimen que sea capaz de solucionar los problemas reales de subsistencia y seguridad humanos. Por lo tanto, depende de todos, políticos, ciudadanos, nuevas generaciones, pobres y ricos, el evitar que hacia el año 2030 se impongan lamentables olas autocráticas y futuras agonías democráticas.





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