La educación boliviana tiene una especie de embrujo
irracional: idealizar y anquilosarse en la “alfabetización”. Esta es una especie
de imaginación pedagógica anacrónica y anclada en el siglo XX, cuando el mundo
está ingresando en una transición cognitiva completamente distinta, debido a las
tremendas influencias de la inteligencia artificial, la conectividad y las
tecnologías digitales. La alfabetización en términos tradicionales de aprender
a leer y escribir como el eje de toda la vida, es una aspiración que debemos
relativizar.
Cuando se analizan algunos resultados encontrados por
la UNESCO respecto a la evaluación de ciertas capacidades de lectura y razonamiento
matemático en primaria, en el caso de Bolivia, surgen evidencias preocupantes.
Por ejemplo, una parte significativa de estudiantes de tercero y sexto de
primaria, no consolida habilidades elementales de lectura y escritura: no hay fluidez
y muy pocos escriben una oración sin errores ortográficos y de sintaxis. En
matemáticas, solo una minoría es capaz de resolver problemas de aritmética y lógicas
de cálculo elementales.
En Bolivia y América Latina, el “rezago educativo” se
interpreta como si fuera una condena definitiva. Sin embargo, desde las neurociencias
del aprendizaje y la psicología cognitiva, sabemos que existe una enorme posibilidad
de recuperación, especialmente cuando intervienen tres factores: a)
estimulación intensiva; b) acompañamiento emocional; y c) tecnologías
personalizadas de aprendizaje.
La alfabetización ya no depende exclusivamente de la escuela tradicional, ni del maestro como autoridad del saber. Hoy, un niño puede aprender lectura, lógica matemática o idiomas, mediante una oferta enorme de plataformas interactivas, videojuegos educativos, tutores de inteligencia artificial (IA) y experiencias digitales con el uso de computadoras.
Esto cambia profundamente el panorama histórico y nos reconcilia con el pedagogo austriaco, Iván Illich, cuyas ideas de los años 70 son muy actuales. Su libro, Deschooling Society, fue leído durante décadas como una crítica utópica, o incluso anarquista, contra la escuela. Sin embargo, muchas de sus consideraciones, hoy día reaparecen de forma inesperada, como el aprendizaje descentralizado; las redes de conocimiento; el autodidactismo; el acceso libre a contenidos; las comunidades horizontales de aprendizaje; y la pérdida del monopolio escolar sobre la educación. Illich imaginó algo parecido a las “redes educativas abiertas”, mucho antes de internet; anticipó fenómenos actuales como: a) YouTube educativo; b) aprendizaje asincrónico; c) tutores inteligentes; d) educación híbrida; e) microcredenciales; f) IA conversacional.
Iván Illich
Illich debería ser recuperado en el siglo XXI, pero no
como un destructor de la escuela, sino como un crítico del “fetichismo escolar”.
Y aquí se conecta con la hipótesis sobre Bolivia, donde la “alfabetización”
sigue funcionando como un símbolo histórico casi sagrado porque tiene raíces
profundas desde la Revolución de 1952, el nacionalismo, las campañas de
alfabetización rural de los años 60 y 70, la admiración con Paulo Freire, el
imaginario desarrollista y la idea del “pueblo ignorante” que debe ser “iluminado”.
Aquel imaginario tuvo sentido en un país donde amplias
mayorías estaban excluidas de la lectura y la ciudadanía formal. Pero el
problema es que esa lógica quedó congelada ideológicamente. Entonces ocurrió
algo paradójico, pues la educación inicial se transformó en una especie de
ansiedad colectiva por “alfabetizar cuanto antes”, como si los niños deberían
demostrar rápidamente el dominio técnico de la lectura y escritura para escapar
de la pobreza histórica del país.
Eso produce varios efectos problemáticos: presión
prematura sobre los niños pequeños, escolarización excesiva de la infancia, reducción
del juego, ansiedad docente, evaluación obsesiva de competencias básicas, y confusión
entre aprendizaje y rendimiento inmediato. Aquí aparece un asunto crucial: saber
leer temprano no equivale, necesariamente, a pensar mejor. Muchos sistemas educativos
obsesionados con la alfabetización básica producen alumnos que descifran
palabras, pero no comprenden, no argumentan, no imaginan, no crean y no tienen
un “pensamiento propio”.
La revolución digital, probablemente desplazará
todavía más el valor exclusivo de la alfabetización clásica, no porque el acto
de leer desaparezca, por el contrario, sino porque las competencias decisivas
serán otras: a) interpretación crítica; b) creatividad; c) autonomía cognitiva;
d) capacidad de formular preguntas; e) navegación informacional; f) juicio
ético; g) manejo hábil de la inteligencia artificial; y h) aprendizaje
continuo.
La alfabetización del siglo XXI ya no es leer y
escribir un texto lineal; es una alfabetización cognitiva compleja. Bolivia
todavía está atrapada, parcialmente, en la épica histórica de “alfabetizar a
las masas”, mientras que el mundo discute cómo convivir con inteligencias artificiales
capaces de escribir, calcular velozmente, resumir, traducir y enseñar.
El problema central del futuro ya no es enseñar a leer
mecánicamente, sino enseñar a “pensar”, en medio de una sobreabundancia
infinita de información generada automáticamente. Illich vuelve a ser incómodo
y vigente, ¿qué pasará cuando la institución escolar pierda definitivamente el
monopolio del conocimiento? Esta pregunta ya no es filosófica porque está
ocurriendo delante de nosotros y con una fuerza difícil de controlar.
Comentarios
Publicar un comentario