El
problema de la corrupción como objeto de estudio, es uno de los dolores de
cabeza más difíciles de analizar. Principalmente porque es muy complejo el
hecho de cuantificar los verdaderos montos de dinero apropiados ilegalmente, ya
sea fruto del uso indebido de influencias, la suscripción de contratos lesivos
a los intereses del Estado, o por las tretas judiciales que los sujetos
corruptos utilizan, tanto para distorsionar la información, como para zafarse
de toda responsabilidad. En suma, no es fácil investigar la corrupción porque
todas las condiciones que están a nuestro alrededor, juegan en contra del
esclarecimiento de los hechos. La corrupción política está ahí, frente a
nuestros ojos, provocándonos ira, tristeza, ansiedad permanente y un impulso
irrefrenable para castigarla.
Es
por esto que la publicación del reciente libro de Luis Zavala Castro, Corrupción política-Democracia
pactada-Neoliberalismo en Bolivia (1982-2005), es un motivo de orgullo y
mucha satisfacción. Zavala Castro es un verdadero especialista en el tema y
lleva denunciando diferentes fenómenos de corrupción política, prácticamente
los últimos veinte años. En este caso, la palabra “denuncia” es consubstancial
al esclarecimiento de las redes clientelares corruptas y un factor clave para
comprender cómo la democracia es incapaz de controlar o, por lo menos, limitar
las conductas que, abiertamente, despojan sin medida al Estado y la sociedad
boliviana de sus recursos estratégicos y su dinero, destruyendo cualquier
política de desarrollo económico.
En
la introducción del libro, Zavala Castro afirma con notable claridad que “el
ciudadano común se siente impotente ante el gigantesco deterioro moral y
material que día a día se le viene encima. La corrupción gubernamental se ha
convertido en una realidad cultural porque el ciudadano ahora suele concebir
este fenómeno como un rasgo típico del mundo que lo rodea. Es estructural y
sistémica porque en la sociedad boliviana existe la creencia generalizada que
la corrupción es la norma de conducta y el denominador común que reproducen
todas las instituciones del Estado y resulta una realidad endémica porque a
cualquier nivel de la estructura del aparato estatal se puede constatar que las
instancias llamadas por ley para controlar los bienes públicos, en los hechos
no funcionan tal cual deberían funcionar”.
Todos
los esfuerzos investigativos de Zavala Castro descansan en una “memoria
histórica” sobre varios hechos de corrupción desde 1982, utilizando una
cronología que es un verdadero tributo a la reminiscencia vívida que ninguna
generación, contemporánea o antigua, debe olvidar jamás. La denuncia, en este
caso, no es un lastre para la objetividad del estudio imparcial y científico,
sino un acicate prudente para que no olvidemos quiénes fueron o son los actores
de la delincuencia de cuello blanco, sindical, partidaria y gubernamental.
En
Bolivia, casi nadie escapa de haberse involucrado en la corrupción, si al mismo
tiempo ejerció un liderazgo destacable en la política, en el desempeño de algún
cargo de alto nivel, y en la dinámica de pensar que la actividad política es la
industria más ventajosa y económicamente más jugosa. Bolivia no tiene patriotas,
pues la gran mayoría está en el meollo de la praxis política, únicamente para
enriquecerse.
Zavala
Castro detalla los casos más emblemáticos de la corrupción, como el grosero robo
de 21 millones de dólares cometido al Fondo de Retiro del Empelado Público
(FREP) y al Fondo Complementario de la Seguridad Social de la Administración
Pública (FOCSSAP). El responsable fue Dante Escobar, un periodista que tuvo
conexiones directas con el Ministerio de Hacienda y una densa red de dirigentes
políticos con quienes intentó saltar a un liderazgo que destacó por su vileza y
capacidad para reproducir una corrupción estructural.
Los
datos históricos que Zavala Castro aporta son muy valiosos y de su análisis se
puede inferir que la corrupción es un proceso “inmanente y constitutivo” del
liderazgo político en Bolivia. Los corruptos destacan, sin miramientos, tanto
en los partidos de izquierda, derecha, como en las agrupaciones ciudadanas, la dirigencia
sindical, entre los jóvenes, viejos, moros y cristianos. Esto no tiene nada que
ver con el refrán que dice “el que no cae resbala”, sino con la necesidad de
entender que la corrupción es más fuerte que la institucionalidad democrática y
el control del Estado de Derecho. Esta inaguantable situación tampoco es un destino
manifiesto. En todo caso, es el ímpetu de un cerco antipatriótico que odia la
cosa pública, desprecia al Estado como red de instituciones de servicio
ciudadano y debe ser castigado con paciencia, energía impenitente y liderazgos
nuevos.
La
denuncia es un recurso con doble registro: por un lado, Zavala Castro la
utiliza como una forma de “memoria” para tener presente la evolución de varios
casos graves de corrupción, sus relaciones entre diferentes castas de líderes
políticos y, por otro lado, la denuncia también contribuye a unir la
investigación sociológica de la corrupción con su consecuencia fundamental:
hacer que la justicia investigue penalmente el comportamiento corrupto,
compruebe los impactos del daño provocado y la juzgue con una misma vara: la
ley y una condena moral donde la ética pública pueda recuperar la integridad
que se merece dentro de un sistema democrático.
La
lectura histórica y empírica de Zavala Castro, también invita a correlacionar
el análisis con aportes clásicos y contemporáneos sobre la teoría de la
corrupción. Robert Klitgaard, por ejemplo, sintetizó el fenómeno en una fórmula
tan simple como devastadora: la corrupción es igual a un monopolio, más
discrecionalidad, menos rendición de cuentas (C = M + D – A). Esta ecuación no
es un juego académico, sino una radiografía brutal del Estado boliviano, donde
las élites políticas han capturado monopolios de decisión, ejercen amplios
márgenes de arbitrariedad y operan en contextos donde la transparencia en la rendición
de cuentas es débil o inexistente.
Otros
autores más recientes como Susan Rose-Ackerman, Bo Rothstein o Alina
Mungiu-Pippidi van más allá, al señalar que la corrupción no es solamente un
problema de incentivos individuales, sino un equilibrio social perverso, donde las
normas informales legitiman el abuso y donde “todos esperan que todos sean
corruptos”. En este sentido, Bolivia no enfrenta únicamente redes corruptas,
sino un sistema de expectativas compartidas que normaliza el saqueo del Estado.
Por eso, la denuncia —como la que impulsa Zavala Castro— es imprescindible,
pero, simultáneamente, insuficiente si no se rompe ese equilibrio mediante
instituciones creíbles, sanciones efectivas y, sobre todo, un cambio profundo
en las normas culturales que hoy convierten a la corrupción en una práctica infernal
e injusta.
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