MRTA: LA REVOLUCIÓN INÚTIL Y EL VACÍO POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA

 

Han pasado 29 años desde la crisis que convirtió a Lima en un escenario encapsulado de guerra de guerrillas. La toma de la residencia del embajador japonés por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en diciembre de 1996, y su posterior desenlace violento en abril de 1997, con la operación militar conocida como Chavín de Huántar, fue una verdadera aventura armada teñida de sangre y fracaso. A estas alturas, la discusión sobre si sus integrantes fueron “rebeldes” o “terroristas”, parece menos semántica que moral y política. Sin embargo, el paso del tiempo ha decantado una percepción más nítida, donde se comprueba que todos los esfuerzos revolucionarios del MRTA cayeron en saco roto. El uso deliberado del secuestro, la amenaza y la violencia contra civiles como estrategia, inscribe a los revolucionarios, sin demasiadas ambigüedades, en la categoría de organizaciones terroristas.

De todos modos, detenerse únicamente en la condena —necesaria, por cierto, debido a la gran cantidad de víctimas— puede impedir una comprensión más profunda del fenómeno. El MRTA, al igual que Sendero Luminoso, no fue un accidente aislado, sino la manifestación extrema de una tradición política latinoamericana que, durante décadas, confundió revolución con redención y violencia con justicia histórica. En ese imaginario, influido por la épica de Revolución Cubana y por figuras como Ernesto Che Guevara, la lucha armada se convirtió en una vía, supuestamente legítima, para transformar sociedades profundamente desiguales.

El problema fue que, en la práctica, esa vía terminó siendo, no solo inviable, sino profundamente destructiva. En Perú, la deriva de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso, condujeron a una lógica de “guerra total” contra la propia sociedad que decían representar. La violencia indiscriminada, los coches bomba, las ejecuciones sumarias y el terror cotidiano, no generaron conciencia revolucionaria, sino miedo, rechazo y devastación. En el caso del MRTA, liderado por Néstor Cerpa Cartolini, la estrategia fue menos masiva pero igualmente errática: acciones espectaculares sin horizonte político claro, que terminaron aislando aún más a la organización.

Es tentador —y en parte cierto— afirmar que muchos de los integrantes de estos grupos provenían de sectores populares, con trayectorias marcadas por la exclusión, la falta de oportunidades y, en algunos casos, con una formación ideológica precaria. Tampoco se puede reducirlos a “ignorantes” o “jóvenes sin rumbo” porque así se simplifica un fenómeno más complejo. Existió, sin duda, una mezcla de convicción ideológica, resentimiento social y manipulación política. Hubo también responsabilidad individual en la decisión de optar por la violencia como método de lucha.

Lo verdaderamente absurdo de la revolución armada en América Latina, no radica únicamente en su fracaso militar, sino en su incapacidad para comprender la naturaleza del poder y de la sociedad que pretendía transformar. Las organizaciones terroristas partían de una premisa equivocada: que la violencia podía sustituir a la política, sin negociaciones, sin propuestas de gobierno, sin imaginación y sin democracia. Pero, en realidad, los movimientos revolucionarios anulaban a la política. Allí donde actuaron, debilitaron aún más instituciones ya frágiles y, paradójicamente, facilitaron la consolidación de respuestas autoritarias. En el Perú de Alberto Fujimori, la derrota de los grupos armados vino acompañada de un régimen que erosionó la democracia desde dentro.

Por eso, el balance histórico es incómodo. Al desaparecer el MRTA, luego de fracasar políticamente en el asalto a la embajada japonesa, no “ganó” simplemente la democracia, ganó el Estado, sí, pero también la lógica de la represión desde el poder como herramienta central. Y junto con ello, persistieron —y en muchos casos se agravaron— los problemas estructurales que alimentaron el conflicto: pobreza, desigualdad, exclusión, corrupción y más violencia. La violencia revolucionaria fue derrotada, pero no necesariamente superada en sus causas profundas.

Con el paso del tiempo, surgió también un contraste digno de mencionar: en Perú hay una tumba para Néstor Cerpa Cartolini, líder del MRTA, y una completa ausencia de lápida, o un lugar de memoria para Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso. Esto también refleja una serie de disputas sobre cómo recordar. No se trata de reivindicar, sino de entender sin glorificar. La memoria histórica en América Latina sigue fragmentada, sigue siendo incómoda y, a veces, sigue siendo selectiva. La gran mayoría de peruanos solamente recuerda el dolor, la intimidación, los atentados horrorosos y el pánico. Nadie piensa que el MRTA o Sendero quisieron, alguna vez, promover la revolución y un cambio brusco de orden estatal.

A casi tres décadas (1997-2026), lo que queda de la revolución armada no es la épica, sino el vacío. Todos los movimientos armados en su versión latinoamericana, terminaron siendo una promesa hueca que sacrificó vidas, en nombre de un futuro que nunca llegó. En Bolivia, los adoradores de Sendero y el MRTA eran Álvaro García Linera, su hermano Raúl García y su cuñada, Silvia de Alarcón, quienes cambiaron las armas por la manipulación de un caudillo como Evo Morales y por el acceso a dinero fácil para robar al Estado. Todo fue en vano, pues la desaparición del MRTA tampoco puede celebrarse sin matices. Lo que quedó fue un vacío en medio de una utopía perversa: murió la revolución y el orden democrático apareció en su lugar. Entre la violencia insurgente y la mediocridad persistente de muchas democracias, la región sigue atrapada en una tensión no resuelta: cómo construir justicia sin destruir la libertad, y cómo sostener la libertad sin ignorar la justicia.



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