Durante décadas, la ciencia política dominante construyó
un relato tranquilizador: la democracia liberal no solo era deseable, sino
inevitable. Conceptos como “consolidación democrática”, “gobernanza”, “calidad
institucional” o “participación ciudadana”, se convirtieron en el lenguaje
estándar de análisis, repetido con una fe casi litúrgica en las universidades,
organismos internacionales y centros de pensamiento. Sin embargo, ese edificio
conceptual, hoy, muestra grietas profundas. No estamos ante una simple crisis
coyuntural, sino frente a una descomposición estructural del paradigma sobre
teorías de la democracia que pretendía explicar la política contemporánea.
El problema no es únicamente que la realidad haya
cambiado, sino que la teoría ha dejado de interpretarla con honestidad. La
ciencia política del mainstream sigue
operando como si el mundo continuara anclado en el optimismo de la posguerra
fría, cuando se asumía que la democracia liberal se expandiría como una mancha
de aceite, celebrando la realización de elecciones y las campañas políticas
donde se ofrecía grandes reformas y sueños de una mejor vida, gracias a la “bendita
democracia”. Hoy, en cambio, asistimos a un escenario radicalmente distinto. Las
democracias sobreviven formalmente y están vacías de contenido, conviviendo con
autoritarismos que aprenden, se adaptan y perfeccionan sus mecanismos de
control. Lo peor de todo radica en que la lógica del poder y la fuerza del
partido o los líderes más avezados, están dispuestos a hacer cualquier cosa,
con tal de reproducir una dinámica elitista y delincuencial en el uso de
millonarios recursos de los llamados estados democráticos.
En el ámbito mundial, las potencias globales como Estados
Unidos y Europa occidental actúan sin coherencia respecto a los principios democráticos
que dicen defender. En todo lugar ha regresado, de manera impenitente, el abuso
sistemático a los derechos fundamentales y las desigualdades económicas se
agigantan, sin que a ningún poder público le interese realmente cómo ayudar a
los grupos más vulnerables. La pobreza global es el tema pendiente que, de
manera estructural, socaba los cimientos de cualquier “régimen democrático”.
El caso de Estados Unidos es verdaderamente patético.
Bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, se ha evidenciado que incluso
una democracia considerada “incólume y consolidada” puede operar bajo lógicas
abiertamente dictatoriales y contradictorias con su propio discurso normativo y
sus decisiones violentas en la política exterior. Esta ya no se disfraza de
promoción democrática, sino que responde a intereses estratégicos, energéticos
y geopolíticos. La intervención en Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro,
lejos de abrir una transición clara hacia la democracia, dejó al descubierto
una incómoda verdad: el poder estadounidense no busca, necesariamente,
democratizar, sino reconfigurar equilibrios a su favor. La democracia, en este
contexto, se convirtió en un recurso retórico, más que en un objetivo real.
Venezuela, precisamente, constituye el ejemplo más
elocuente del fracaso del imaginario de la “transición democrática”. Durante
años, la literatura politológica insistió en que las dictaduras modernas contenían
en su interior las semillas de su propia apertura. Hoy sabemos que eso no es cierto.
Lo que observamos no es una transición, sino un proceso de recomposición de
élites, mediado por presiones externas, dinámicas internas opacas y preservación
del poder en manos de grupos selectos, que han transformado la política en un negocio
lucrativo para beneficiar a un círculo restringido. La democratización, en
sentido sustantivo, es un sueño incierto y puede que nunca ocurra. Este hecho
desmantela uno de los supuestos más cómodos del pensamiento político
contemporáneo donde las supuestas “olas de la democracia” podían envolver a todo
el continente, como una especie de soplo mágico de transformación.
En América Latina, la situación es decepcionante.
Bolivia, en particular, ofrece un escenario donde la “institucionalidad” se ha
convertido en una categoría vacía. La persistencia de la corrupción, las
decisiones económicas erráticas —como las relacionadas con la calidad de los
combustibles— y el comportamiento de las élites políticas revelan una
desconexión profunda entre el discurso y la práctica. La política se mueve en
registros de cálculo, conveniencia y supervivencia, mientras que el lenguaje
democrático continúa funcionando como una máscara que oculta, pero no
transforma, las dinámicas reales del poder, el abuso y la violencia.
Figuras políticas que operan dentro del marco democrático
pueden, al mismo tiempo, reproducir desigualdades, favorecer intereses egoístas
y debilitar las bases materiales de la ciudadanía. Esto no es una anomalía; es
la regla en un sistema donde las instituciones han perdido su capacidad de
ordenar los conflictos y canalizar demandas sociales de manera efectiva para
alcanzar justicia y equidad.
Lo que emerge de este panorama, no es, simplemente, una
crisis política, sino una crisis epistemológica. Las categorías tradicionales
de la ciencia política ya no alcanzan para explicar lo que sucede. Más aún, en
muchos casos, funcionan como dispositivos de encubrimiento: nombran una
realidad que ya no existe o que ha mutado profundamente. Hablar de “calidad de
la democracia”, en contextos donde las decisiones clave se toman fuera de los
marcos institucionales formales resulta, en el mejor de los casos, ingenuo; en
el peor, intelectualmente deshonesto.
Democracia con adjetivos, innovación conceptual,
institucionalidad, régimen democrático, Estado democrático, consolidación
democrática, transición hacia la democracia, deudas sociales de la democracia,
independencia de poderes y democratización de los partidos políticos, se han
convertido en ideas frágiles y cubos de hielo que no resisten la prueba de una
realidad dura: autoritarismo, violencia y política del poder en contra de las
sociedades y los Estados. Sin embargo, reconocer esta crisis no implica abrazar
el cinismo absoluto.
No todo es farsa, pero sí es necesario admitir que el
lenguaje con el que hemos intentado comprender la política se ha agotado. La
tarea, entonces, no es abandonar el análisis, sino reconstruirlo desde bases
más realistas y menos complacientes. Esto implica desplazar el foco: menos
énfasis en las instituciones como abstracciones normativas y mayor atención a
las relaciones de poder, los intereses en juego, las élites y los conflictos
concretos.
Una nueva imaginación política sobre los procesos de
democratización implica también abandonar la ilusión donde la democracia es un
destino asegurado, y asumirla como lo que realmente es: una construcción quebradiza,
contingente y siempre amenazada.
En este nuevo escenario, la lucidez puede resultar
incómoda, incluso perturbadora. Pero es, precisamente en esa incomodidad donde
reside la posibilidad de un pensamiento político más honesto. La alternativa no
está en el péndulo entre optimismo y pesimismo, sino entre autoengaño y
comprensión crítica. Y quizás, después de todo, ese sea el verdadero desafío de
nuestro tiempo, dejar de autoengañarnos con una democracia que se hunde, pero
que necesita acciones de hecho: un nuevo tipo de shock revolucionario. ¿Será posible, viable y realista? Aquí radica
el desafío.
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