La guerra en Irán es un callejón sin salida y un
laberinto que no termina de seguir enredándose. En la historia contemporánea de
este país existe una paradoja inquietante: pocas sociedades del Medio Oriente
poseen una tradición intelectual tan densa y sofisticada. Al mismo tiempo,
pocas han quedado tan atrapadas en un horizonte político dominado por el
fundamentalismo religioso y la retórica de una confrontación civilizatoria
permanente. El país que produjo pensadores reformistas y teóricos de la
política de gran calibre, sigue moviéndose dentro de una estructura de poder
donde la imaginación democrática se diluye, frente a un impulso “teocrático” irracional
que se percibe a sí mismo como actor de una batalla escatológica contra
Occidente.
Esta tensión se observa claramente en figuras intelectuales
como Mohammad Khatami, quien intentó proyectar al mundo la idea de un “diálogo
de civilizaciones”, una alternativa cultural y política al famoso “choque de
civilizaciones” formulado por el politólogo estadounidense Samuel Huntington.
Khatami imaginó a Irán como un puente cultural entre tradiciones, junto con una
república islámica capaz de convivir con la modernidad sin renunciar a su
identidad religiosa. Durante un breve periodo, esa visión despertó expectativas
dentro y fuera del país. Sin embargo, el aparato de poder que define a la
República Islámica, jamás permitió que esa idea se convirtiera en una estructura
institucional. El proyecto de Khatami terminó reducido a una esperanza
frustrada, atrapado entre el control de los clérigos y la lógica de seguridad represiva
de la revolución.
Algo similar ocurre con líderes políticos más pragmáticos
como Ali Larijani, cuya trayectoria refleja la coexistencia entre una
racionalidad burocrática y la “fidelidad al sistema teocrático”. Larijani, con
una sólida formación filosófica occidental y oriental, representa a una élite
que comprendió las complejidades del sistema internacional, pero que, simultáneamente,
operó dentro de una arquitectura de poder diseñada para preservar la “supremacía
del clero” y del líder supremo.
Incluso en el terreno filosófico, Irán produjo otras figuras
influyentes como Ahmad Fardid, quien reinterpretó al filósofo alemán Martín
Heidegger, desde una perspectiva profundamente antioccidental. Fardid contribuyó
a forjar una narrativa cultural en la cual Occidente no era simplemente un
adversario político, sino una civilización decadente que debía ser resistida
espiritualmente. Este tipo de pensamiento ayudó a alimentar una identidad
revolucionaria, que convirtió la hostilidad hacia Occidente en un componente con
misión sagrada, encarnada en el régimen de Ali Jamenei.
En este contexto, la figura del líder supremo asesinado,
Jamenei, encarnaba la continuidad de una revolución que siempre va a negarse a ser
transformada en un sistema político normalizado. Para el régimen iraní, el
conflicto con Occidente —especialmente con Estados Unidos e Israel— no es
solamente estratégico, sino que es parte de su legitimidad ideológica. Por lo
tanto, organizaciones como Hezbollah se convierten en extensiones simbólicas y
militares de esa narrativa para resistir y destruir el mundo occidental, a como
dé lugar. Hezbollah y el régimen iraní, más que simples aliados geopolíticos,
funcionan como piezas de una cosmovisión donde la revolución islámica se
percibe a sí misma como vanguardia de una lucha histórica contra el orden
internacional, dominado por la globalización occidental.
La consecuencia de este entramado es un “bloqueo
estructural” a cualquier evolución política profunda. El debate sobre la
democratización aparece, periódicamente, dentro de la sociedad iraní,
especialmente entre jóvenes urbanos, intelectuales y sectores reformistas, pero
el sistema está diseñado, precisamente, para neutralizar ese impulso.
Tampoco parece probable una “transición autoritaria
reflexiva”, de aquellas donde las élites gobernantes reconocen los límites del
sistema y emprenden reformas graduales. En Irán, el poder clerical teme que
cualquier apertura conduzca a la erosión total de la República Islámica.
Paradójicamente, los escenarios alternativos tampoco
ofrecen demasiada claridad. La eventual desaparición política de figuras como Jamenei
despierta en algunos sectores la esperanza de una transformación democrática.
Sin embargo, otros imaginan el regreso de viejas élites vinculadas a la
monarquía del Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha. Ese retorno hipotético,
tampoco garantiza una renovación política profunda, pues evocaría, más bien, el
regreso de aristocracias y castas que, durante décadas, también gobernaron reproduciendo
desigualdades y autoritarismo.
Irán parece oscilar entre dos nostalgias incompatibles:
la revolución religiosa y el pasado monárquico. Entre ambas se pierde la
posibilidad de una verdadera modernidad política. El resultado es un país
atrapado en un vaivén histórico sin resolución. De un lado, la lógica de
confrontación constante que alimenta el eje regional de la resistencia y
refuerza alianzas con actores como Hezbollah, inclusive llegando al extremo de
desatar una guerra nuclear. Del otro, una sociedad que expresa aspiraciones
democráticas que el sistema no está dispuesto a permitir.
Esta contradicción convierte a Irán en un escenario donde,
ni el diálogo de civilizaciones ni el choque de civilizaciones, terminan
explicando completamente la realidad. Más bien se trata de algo distinto: una
civilización que discute consigo misma, sin lograr todavía traducir su
extraordinaria tradición intelectual en un orden político capaz de reconciliar
fe, modernidad y libertad.
Mientras esa reconciliación no ocurra, el país seguirá
moviéndose dentro de una guerra ideológica interminable: una confrontación que,
probablemente, no logrará derrotar a Occidente, pero que tampoco parece
dispuesta a rendirse ante él. Y en ese equilibrio tenso, Irán continuará
habitando una especie de limbo histórico donde el siglo XXI convive con los
fantasmas de revoluciones inconclusas y futuros democráticos que nunca terminan
de llegar.
Si tuviéramos que imaginar cuáles serían las visiones alternativas
del conflicto iraní, es inevitable pensar en el escritor británico, Salman
Rushdie y en el filósofo palestino, Edward Said, como dos formas distintas de
analizar la situación (aunque profundamente trágicas). ¿Cuál sería el destino
de Irán y cuál es el peligro de un mundo que parece acercarse a un horizonte
apocalíptico? Los argumentos de Rushdie, probablemente, verían el escenario
como una confirmación amarga de lo que él mismo ha vivido personalmente durante
décadas. Después de la publicación de su novela The Satanic Verses en 1988, el ayatolá Ruhollah Jomeini emitió una fatwa (sentencia de muerte) que exigió
el asesinato de Rushdie, obligándolo a vivir oculto y bajo protección policial.
Para Rushdie, el problema de fondo no es solamente político,
sino civilizatorio en el sentido cultural. El fanatismo surge cuando una
religión o ideología pierde la capacidad de convivir con la crítica, el humor y
la imaginación. Rushdie insiste en que la mejor defensa contra el extremismo,
no es el miedo ni la guerra permanente, sino la defensa cotidiana de la
libertad y la cultura. En una frase que resume su postura, escribió que la
respuesta al fundamentalismo es seguir “viviendo con libertad”: literatura,
desacuerdo, amor, arte y pensamiento libre, son las verdaderas armas contra el
terror.
Desde su perspectiva, el peligro de Irán no reside únicamente
en su poder militar o nuclear, sino en la persistencia de una mentalidad
teocrática que convierte la política en una cruzada sagrada. Cuando la política
se vuelve teología militante, el diálogo deja de ser posible. Rushdie, tal vez
diría algo muy simple y duro al mismo tiempo: el problema de los regímenes
teocráticos es que creen estar luchando en nombre de la “eternidad”. Contra la
eternidad, ningún argumento racional es suficiente.
Edward Said vería el problema desde otro ángulo, ya que
él dedicó gran parte de su obra —especialmente en el ensayo Orientalism— a demostrar que el mundo
musulmán y Occidente están atrapados en una relación de representaciones “distorsionadas”.
Para Said, hablar de un “choque inevitable de civilizaciones” era una
simplificación peligrosa. Esa idea —popularizada por Huntington— convertía los conflictos
políticos concretos en un enfrentamiento cultural absoluto. Sin embargo, Said
tampoco idealizaba a los regímenes autoritarios del mundo árabe o islámico. Criticó
repetidamente el autoritarismo, el nacionalismo vacío y el uso político de la
religión en varios países del Medio Oriente.
Si hoy observara el caso iraní, probablemente diría algo
así: Occidente suele interpretar a Irán, únicamente como una amenaza
ideológica, cuando el régimen iraní también se legitima alimentando esa
confrontación con Occidente. En otras palabras, Said advertiría que ambas
narrativas se refuerzan mutuamente: el discurso occidental del enemigo islámico
y el discurso iraní de la resistencia apocalíptica para demoler a Occidente.
Cuando ambas narrativas se radicalizan, el espacio para
la política democrática desaparece. El verdadero problema es una trampa
histórica. Si combinamos las intuiciones de Rushdie y Said, emerge una
conclusión inquietante: Irán está congelado en una trampa histórica triple:
primero, es un régimen teocrático que necesita la confrontación con Occidente
para legitimarse; segundo, una oposición fragmentada en la sociedad iraní, que
oscila entre nostalgias monárquicas y sueños democráticos sin estructura; y
tercero, un sistema internacional que reduce el problema a una situación de seguridad
nuclear y geopolítica.
En este escenario, el debate intelectual —el diálogo de
civilizaciones, las reformas políticas, las teorías del pluralismo— termina
evaporándose frente a la lógica del poder. Esta es la ironía cruel para Irán. Intelectuales
como Rushdie o Said escribieron miles de páginas para demostrar que las
civilizaciones pueden dialogar, que la cultura es más compleja que los
fanatismos y que el pensamiento puede abrir caminos políticos. Pero el siglo
XXI parece moverse en una dirección contraria donde resaltan las “identidades
absolutas”, los nacionalismos y las religiones politizadas.
El conflicto con Irán corre el riesgo de transformarse en
algo que ambos temían profundamente. No es un choque inevitable de
civilizaciones, sino un fracaso colectivo de la imaginación política, tanto
democrática como internacional. Y cuando la imaginación política fracasa, los
Estados comienzan a hablar únicamente el lenguaje de la fuerza, incluyendo, en
el peor de los casos, el apocalipsis nuclear.
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