La ética es, sin exageración, una de las dimensiones más
decisivas de nuestra existencia. No es un lujo intelectual ni un adorno moral,
sino que es la condición misma de posibilidad de una convivencia humana digna.
Se aprende en la familia, se cultiva en la escuela y se pone a prueba todos los
días en la vida pública. Más allá de nuestras creencias religiosas o
tradiciones culturales, la ética constituye un patrimonio común que nos permite
aspirar a un mundo más justo, más compasivo y más humano.
En un contexto latinoamericano marcado por el aumento de
la violencia, la corrupción estructural y el deterioro de la confianza
institucional, la pregunta ética deja de ser abstracta y, por lo tanto, se
vuelve urgente: ¿qué tipo de personas estamos educando en las escuelas y
universidades? ¿Qué valores sostienen nuestras decisiones cotidianas? ¿El
respeto, la comprensión y la compasión, son realmente habilidades sociales
centrales o simples palabras retóricas?
Desde el punto de vista sociológico, estas virtudes no
surgen espontáneamente. Se transmiten, se enseñan y se modelan. Asimismo, son
fruto de las prácticas culturales reiteradas que se transmiten de generación en
generación. La ética, entendida como una reflexión sistemática sobre la
moralidad y las normas de conducta, nos permite examinar las motivaciones, las
intenciones y las consecuencias de nuestras acciones. Nos obliga a preguntarnos,
no solo qué hacemos, sino por qué lo hacemos y a quién beneficia o perjudica
nuestra conducta.
El premio Nobel británico, Bertrand Russell, advertía en
el siglo XX que la raíz de muchos males humanos no está únicamente en la maldad
deliberada, sino en la combinación peligrosa de ignorancia y dogmatismo. Para
Russell, una ética verdaderamente civilizada debía apoyarse en la razón, la
compasión y el espíritu crítico. La educación, sostenía, no debía producir
obediencia ciega, sino individuos capaces de pensar por sí mismos y de resistir
el fanatismo, cualquiera sea este: religioso, político o culturalista. Sin
pensamiento crítico, la moral degenera en imposición; sin compasión, la razón
se vuelve un recurso frío e instrumental.
El filósofo español, Fernando Savater, resume la ética en
tres virtudes esenciales: coraje para vivir, generosidad para convivir y
prudencia para sobrevivir en medio de un mar de adversidades, traiciones y
rencores. Pero ese coraje no puede confundirse con arrogancia ni la prudencia
con cálculo egoísta. El verdadero coraje ético implica defender la dignidad
humana, incluso cuando ello implica costos personales. La generosidad supone
reconocer que el otro no es un medio, sino un fin en sí mismo.
En este punto, la figura del líder espiritual y político
de la India, Mahatma Gandhi, resulta ser muy ejemplar. Su ética no fue
meramente discursiva, sino práctica. Los principios de la “no violencia” y la “fuerza
de la verdad”, no representaban pasividad, sino una forma activa de resistencia
moral. Gandhi mostró que la ética no es debilidad, sino poder moral. La no
violencia exige una disciplina interior profunda, una capacidad de dominar el
resentimiento y transformar el conflicto, sin reproducir el odio. En un mundo
donde la agresión parece normalizada, la propuesta de Gandhi adquiere una
vigencia extraordinaria en el siglo XXI.
Si la ética nos humaniza, entonces las familias y
escuelas deben asumir su responsabilidad central. Educar éticamente, no es
simplemente prohibir mentir, matar o engañar; es formar una “conciencia”
armónica e integral. Es enseñar a comprender que cada acto tiene impacto en la
vida de otros. Es cultivar empatía.
La ética mínima que necesitamos en la vida diaria
comienza con el respeto a la vida y la dignidad de los más vulnerables: los pobres,
los débiles y los más humildes. Sin embargo, vivimos en una época donde el
éxito económico a cualquier precio, parece desplazar la formación moral. El
prestigio social se mide en acumulación material más que en integridad. Russell
advertía que cuando la ambición supera a la compasión, la civilización entra en
riesgo. Una sociedad que celebra la astucia sin escrúpulos, termina erosionando
su propio tejido moral para que la sociedad, tarde o temprano, se autodestruya.
Los medios de comunicación y las redes sociales
amplifican esta tensión. Pueden educar o degradar. Pueden fomentar la
deliberación racional o alimentar la polarización y el resentimiento. Por ello,
la educación ética debe incluir también una alfabetización moral frente al
entorno digital: aprender a discernir, a no difundir odio, a ejercer la
libertad de expresión con responsabilidad.
La historia demuestra que la compasión puede aprenderse.
Desde las grandes tradiciones religiosas, hasta los liderazgos morales como
Sócrates, Buda, Jesús o Mahoma, encontramos un hilo común: la invitación a
ponerse en el lugar del otro. Pero también Russell, desde una perspectiva
laica, defendía una ética del amor universal y del respeto por la libertad
individual. No es la pertenencia religiosa lo que garantiza la virtud, sino la
coherencia entre principios y acciones.
En las escuelas, los maestros desempeñan un papel
insustituible. Independientemente de sus creencias personales, son formadores
de “carácter humano”. Enseñan no solamente contenidos, sino modos de
relacionarse. Cuando un docente practica el respeto y la justicia, transmite
más que cualquier lección teórica. La ética se encarna en ejemplos de cada día.
Las normas morales son construcciones sociales e
históricas, pero no por ello arbitrarias. Surgen de la experiencia acumulada de
la humanidad, en su esfuerzo por sobrevivir y convivir. Son el resultado de
siglos de aprendizaje sobre lo que destruye y lo que fortalece a una comunidad.
Ignorarlas no es un gesto de libertad, sino un acto de irresponsabilidad.
Para mejorar en cualquier ámbito de la vida, la ética
debe convertirse en disciplina cotidiana. Aprender constantemente, como
recomendaba Russell, amplía nuestra comprensión y reduce la arrogancia.
Practicar la autocrítica, fortalece la honestidad interior. Establecer metas
realistas y perseverar en ellas no solo desarrolla eficacia, sino también
carácter. Gandhi sostenía que debemos ser el cambio que deseamos ver en el
mundo y esto implica coherencia diaria entre pensamiento y acción.
Perseverar éticamente es más difícil que triunfar
económicamente. Significa mantener la integridad, incluso cuando nadie observa.
Significa resistir la tentación de la ventaja injusta. Significa aceptar ayuda
cuando es necesario y reconocer nuestras propias limitaciones.
La ética nuestra en las acciones de cada día, no es
heroica en apariencia. Se expresa en decisiones pequeñas: decir la verdad,
cumplir la palabra, respetar a aquellos que son diferentes, ayudar a quienes
son vulnerables. Pero de esas pequeñas decisiones depende la calidad moral de
una sociedad entera. Si aspiramos a un mundo más humano, debemos comenzar por
restaurar la centralidad de la ética en nuestras familias, escuelas e
instituciones. No como discurso vacío, sino como práctica coherente. Porque, al
final, como comprendieron Russell y Gandhi desde perspectivas distintas, la
verdadera civilización no se mide por su riqueza material, sino por su
capacidad de cultivar la razón, libertad y auténtica compasión.
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