La muerte de Saif al-Islam Gadafi, asesinado trágicamente
en su casa el 4 de febrero de 2026, cierra un capítulo ambiguo y profundamente
trágico de la historia reciente de Libia. No se trata solamente del fin de un
personaje polémico, sino del derrumbe definitivo de una ilusión: la de una supuesta
“realeza revolucionaria”, la pretensión banal, según la cual, el poder puede
heredarse, incluso cuando el régimen que lo sostuvo colapsó terriblemente en
sangre y ruinas.
Hijo predilecto del dictador Muamar al Gadafi (derrocado
violentamente en 2011), Saif al-Islam fue presentado durante años como el rostro
moderno del régimen libio. Aunque no ejerció ningún cargo público, siempre fue
considerado como un “primer ministro de facto”. Mientras su padre cultivaba la
teatralidad autoritaria y tremendamente represiva, junto con el culto
personalista, su hijo Saif al-Islam construía una imagen cosmopolita. Graduado
en la London School of Economics, no con honores, sino con cuantiosas
donaciones a los fondos de la universidad, hablaba el lenguaje de la gobernanza
global, la sociedad civil y las reformas institucionales. En muchos foros
internacionales se mostraba como el puente entre la dictadura libia y una
probable reconciliación con el mundo occidental. Parecía encarnar una
transición controlada hacia un sistema más abierto. Hacía dudar a todos y
organizaba también fiestas memorables con modelos y gente famosa.
Pero esa narrativa siempre tuvo algo de impostura y los
aires de un mundo elegante donde Libia podía occidentalizarse y dejar el
terrorismo, se esfumaban con rapidez. El discurso reformista nunca se tradujo
en una renuncia real a la estructura patrimonial del poder. Saif no cuestionó
la arquitectura central del régimen: la concentración absoluta de decisiones en
el círculo familiar, la represión sistemática de la disidencia, la instrumentalización
de las tribus y las facciones. Su “modernización” era, en el fondo, un
maquillaje del autoritarismo.
Cuando estalló la guerra civil en 2011, la máscara cayó.
Lejos de convertirse en mediador o en reformador genuino, Saif al-Islam
defendió con retórica incendiaria la continuidad del régimen. Incluso después
del linchamiento de su padre y del colapso institucional, persistió en la
fantasía de ser el “heredero natural”. En un país fragmentado entre milicias,
gobiernos rivales y fracturas étnicas, él imaginaba que su apellido bastaría
para reconstruir la legitimidad perdida.
Allí reside la tragedia de la arrogancia. Creer que el
poder es un atributo dinástico, casi místico, es desconocer la naturaleza
profundamente contingente de la política. El régimen de Gadafi no fue una
monarquía tradicional con raíces históricas compartidas; fue un experimento
autoritario sostenido por coerción, renta petrolera, terrorismo internacional y
redes clientelares. Cuando esos pilares se quebraron, ya no hubo trono que
heredar.
Saif al-Islam nunca comprendió —o nunca quiso comprender—
que Libia no necesitaba un heredero, sino una verdadera reconstrucción
política, moral e institucional. Apostó, implícitamente, a que el caos de la
guerra civil le devolviera relevancia. En un país donde las facciones armadas
disputan territorios y recursos, el desorden puede parecer una oportunidad para
quien ofrece un símbolo de unidad, aunque ese símbolo esté manchado por el
pasado. Pero el caos no redime, solo prolonga la descomposición. Saif quiso
regresar al poder y fue combatido.
El caso libio demuestra que nadie puede jugar a la “realeza
eterna” en el siglo XXI. La historia política contemporánea está llena de
herederos que confundieron su apellido con legitimidad. La legitimidad no se
transmite por sangre, ni por diplomas prestigiosos. Se construye mediante
responsabilidad, límites al poder y reconocimiento genuino de la pluralidad
social. Saif tuvo formación académica occidental, pero nunca internalizó el
principio fundamental de la democracia: el poder es transitorio y debe estar
sometido a reglas impersonales.
El problema no es exclusivamente libio. En muchas
sociedades, los “hijos de papá” dentro de familias políticas, creen que deben
heredar privilegios, influencia y centralidad pública por simple continuidad
biológica. Esa lógica termina perjudicándolos y, peor aún, empobrece la vida
pública. El liderazgo auténtico no nace en la comodidad del apellido, sino en
la experiencia de la lucha personal, en el riesgo asumido, en la capacidad de
enfrentar derrotas, rupturas y cambios profundos. Quien no ha atravesado la
prueba del conflicto real, difícilmente entiende la dimensión ética del poder.
Aquí emerge una lección filosófica más amplia: el poder no admite sustitutos
simbólicos.
El poder no puede ser delegado como si fuera una
propiedad familiar, ni administrado como una herencia sentimental. El liderazgo
verdadero, siempre es una conquista incierta, frágil y moralmente exigente.
Únicamente quien atraviesa la intemperie de la historia —quien se expone a la
crítica, al fracaso y a la transformación— adquiere autoridad genuina. Todo lo
demás es simulacro. Y los simulacros, tarde o temprano, se disuelven frente a
la realidad. Saif y su triste asesinato marcan el fin de una dinastía política,
donde los Gadafi periclitaron sin pena ni gloria.
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