El Departamento de Justicia de los Estados Unidos publicó
recientemente más de 3 millones de páginas de documentos, dos mil vídeos y 180.000
imágenes relacionadas con el caso Jeffrey Epstein, el pedófilo y financiero
multimillonario que traficó con menores de edad y tejió, por años, una red de
influencias que alcanzó a políticos, artistas, intelectuales, empresarios y
círculos de alto prestigio internacional. Todos parecían ser parte de las
élites que cultivaron “vicios de sexo desbocado”.
Estos documentos revelan la magnitud del entramado que
rodeaba a este delincuente que apareció muerto, de un momento a otro, en 2019.
En las listas de Epstein se observan desde invitados a fiestas, correos
electrónicos con figuras públicas, pasando por registros de correspondencia
social que sitúan a la “élite global” muy cerca de un hombre condenado por
abuso de menores. Sin embargo, los “amigos” de Epstein nunca dijeron nada sobre
lo que abiertamente se conocía como excesos en orgías privadas.
Lo expuesto en varios documentos, no es simplemente un
caso de corrupción aislada, sino un patrón de relaciones que normaliza la
impunidad y la degeneración de quienes se consideran “intocables”. Empresarios
multimillonarios, políticos de alto rango y figuras famosas aparecen en
contextos que oscilan entre invitaciones a eventos y listas de contactos para
posibles encuentros sexuales. Aquí no hablamos de conspiraciones fantasiosas,
sino de tupidas redes que, aunque no siempre implicaron un delito directo,
revelan cómo los círculos de poder se interconectaban para cultivar su propio
ocio, indiferentes al sufrimiento que sus prácticas ocultaban.
Los documentos contienen referencias a Donald Trump, Bill
Clinton, Elon Musk, Noam Chomsky y Andrew Mountbatten-Windsor, aunque las
menciones no siempre constituyen pruebas de su participación en delitos
sexuales. Los problemas incluso llegan hasta América Latina, ya que en los documentos
también hay personalidades mexicanas, aunque —muy importante— la aparición en
estos archivos, tampoco implica culpabilidad, ni acusación judicial.
Entre los nombres que han sido reportados por los medios de
comunicación, están el expresidente Carlos Salinas de Gortari, mencionado en
correos como parte de un encuentro de élites. También figuran los expresidentes,
Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, que están referenciados en documentos de eventos
internacionales. Los empresarios mexicanos como Ricardo Salinas Pliego y Carlos
Slim, son nombrados en la “correspondencia social”.
Es importante subrayar que estar visualizado en un
documento, no significa estar implicado en una red criminal. Muchos mensajes
son incidentales y las autoridades han señalado que estas menciones, no
constituyen pruebas de haber cometido un delito. De cualquier manera, más allá
de México, existe un “fenómeno global”, pues los archivos muestran consecutivos
intentos de Epstein por tejer relaciones con altos círculos políticos y
empresariales en Europa y Estados Unidos, incluyendo intercambios que ponen en
evidencia cómo operaban sus influencias transnacionales.
Los documentos también fueron objeto de críticas porque
muchos nombres están parcialmente borrados o sin contexto claro, lo que deja un
sabor a “impunidad persistente”. A pesar del enorme volumen, no se han
presentado nuevos cargos contra figuras prominentes, mientras que muchas mujeres
abusadas en las reuniones sexuales, siguen sin conseguir justicia. Las mujeres
fueron reducidas a meros sujetos jóvenes dominadas por el poder, comparados con
seres descarriados y, finalmente, quedaron desprestigiadas.
Esto no solo revela fallas institucionales, sino una
verdad más profunda: las élites que concentran riqueza y prestigio, a menudo,
se mueven en sociedades donde el poder funciona por encima de la ética y donde
la capacidad de influir prevalece sobre la responsabilidad moral. Más allá de
los nombres y sus conexiones, hay algo que golpea la conciencia pública: la
búsqueda del placer sexual como fin vacuo y destructivo.
En las fiestas y contactos con menores —que son
objetivamente repugnantes y criminales— emerge una pregunta: ¿qué motiva a una
élite, en apariencia poderosa, si no es la búsqueda obsesiva del exceso, de una
gratificación egoísta, de una banalidad que degrada todo? Únicamente orgasmos:
un objetivo tan pasajero, absurdo y, en muchos casos, resaltan claramente como delitos.
Se habla incluso de Bill Gates, que aparentemente contrajo una enfermedad y
trató de ocultar el problema con su esposa, intercambiando mensajes de
discreción con Epstein.
Este extremo recuerda lo que el sociólogo estadounidense,
Charles Wright Mills, anticipó en su conocido ensayo La élite del poder. Los altos círculos tienden a ser “incompetentes”,
cómodos con sus privilegios heredados, sin visión moral, ni compromiso con algo
más allá de sus instintos y satisfacciones inmediatas.
No se trata de denunciar un escándalo más. Se trata de
entender la lógica profunda de una élite que privilegia su propio placer sobre
la dignidad y la justicia. Se trata de desmitificar el aura de grandeza que
suelen proyectar las cúpulas del poder y reconocer que, cuando el dinero e
influencia no se acompañan de ética y responsabilidad, el resultado no es
grandeza sino vacío, hipocresía y desintegración social. Esto es algo que las
nuevas generaciones elitistas no deben imitar, porque la cultura del privilegio
sin escrúpulos, no explota únicamente a los más vulnerables, sino que
desintegra las bases de cualquier sociedad que aspire a ser humanamente digna.
Siguiendo a Wright Mills, el problema de las élites no es
solamente su incompetencia, sino algo peor: la “esterilidad” de su poder.
Ocupan cargos, concentran recursos, heredan privilegios y controlan agendas
globales, pero ya no producen bienes públicos relevantes, ni ideas transformadoras,
ni ejemplos éticos. El poder se convierte en una rutina heredada, no en una
responsabilidad creativa. Las oportunidades históricas —tecnológicas,
sanitarias, educativas— se diluyen en una vida autocomplaciente, donde la élite
administra su estatus sin aportar algo valioso a la sociedad. En lugar de
liderazgo, hay inercia; en lugar de visión, hay reproducción del privilegio; en
lugar de mérito, hay apellido, depravación y blindaje contra los delitos
sexuales.
El caso de Bill Gates muestra más complicaciones. Este
fue presentado durante años como una suerte de ingeniero moral del mundo, capaz
de “anticipar” pandemias y orientar la salud global, pero su influencia terminó
envuelta en contradicciones, fracasos y zonas oscuras que erosionaron esa
imagen de élite trascendental. Más allá de las donaciones o discursos
filantrópicos que Gates suele aparentar, lo que queda es la sensación de una
élite que juega a ser dios, sin rendir cuentas, siendo incapaz de generar
resultados claros para la humanidad. Peor aún, cuando en los archivos Epstein
emergen mensajes que revelan una vida guiada por pulsiones banales (sexo infame)
y ocultamientos personales. Mills tenía razón, ya que estas élites no solamente
gobiernan mal, sino que ya no están a la altura, ni siquiera de sus propias promesas
y su legado se reduce a una mezcla de poder sin ética, influencia sin
responsabilidad y placer sin sentido. Cuando cometen delitos solo quieren
escapar. Una cobardía más que vuelve más depravadas sus conductas.
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