El asesinato perpetrado en Brasil por Thales Alves
Machado el 12 de febrero de 2026, en Itumbiara, Brasil, contra sus propios
hijos constituye uno de los rostros más atroces de la llamada “violencia vicaria”,
una reacción patológica que consiste en castigar a la pareja, a través del daño
irreparable a aquello que más ama. Aunque Thales se suicidó en el acto, no
existe matiz posible frente a este hecho. Fue un crimen abominable, una acción
guiada por una mezcla de egoísmo extremo, incapacidad emocional y,
probablemente, un cuadro psicológico severamente perturbado. Los hijos no
tenían que ser víctimas de ninguna disputa conyugal. No eran instrumentos, no
eran símbolos, no eran moneda de intercambio afectivo. Eran personas inocentes
cuya vida fue arrancada por la decisión de un adulto que eligió destruir, en
lugar de afrontar su dolor.
Sin embargo, toda tragedia humana tiene capas que exigen
reflexión, no para justificar, sino para comprender la complejidad de las
decisiones que preceden al desastre. El móvil inmediato fue la infidelidad
comprobada de la esposa. Ella, hoy se encuentra —según los reportes públicos—
profundamente arrepentida. Y aquí emerge una pregunta, asociada científicamente
a trabajos como los del matemático estadounidense, Edward Lorenz, que se conocen
como la “teoría del caos”. ¿Qué habría ocurrido si una de las condiciones
iniciales hubiera sido distinta? ¿Si no hubiera habido infidelidad? ¿Si el
matrimonio se hubiera terminado antes? ¿Si se hubiera afrontado el conflicto
con honestidad y separación formal?
La teoría del caos, popularizada culturalmente por la
idea del “efecto mariposa”, sugiere que pequeñas variaciones en las condiciones
iniciales pueden desencadenar consecuencias desproporcionadas e imprevisibles.
En la vida moral, sucede algo similar, ya que las decisiones íntimas,
aparentemente circunscritas al ámbito privado —una aventura pasajera, una
relación secreta o un placer sexual efímero— pueden desatar dinámicas emocionales
cuya magnitud nadie anticipa. Pero aquí es indispensable subrayar un límite
ético: la infidelidad puede ser un error, una falta, una ruptura del
compromiso, pero jamás es causa suficiente para el asesinato. El único
responsable penal y moral del crimen es quien lo cometió, en este caso, Thales
Alves.
Ahora bien, el hecho abre un conflicto ético más amplio
sobre el significado del matrimonio. Si una persona decide permanecer dentro de
la institución matrimonial, acepta —al menos en su forma tradicional— un pacto
de exclusividad y lealtad. Si la infelicidad es profunda, existe la posibilidad
ética de la separación, del divorcio, de la ruptura honesta. Engañar, en
cambio, implica sostener la apariencia de la institución, mientras se vulneran
sus reglas internas. En ese sentido, el matrimonio deja de ser un compromiso y
se convierte en una ficción.
Este caso también cuestiona ciertos discursos
contemporáneos que sostienen que la autonomía corporal es absoluta y
desvinculada de cualquier estructura relacional. La libertad sexual, como toda
libertad humana, no existe en el vacío; está entrelazada con promesas,
expectativas y responsabilidades. Cuando hay hijos de por medio, la red de
consecuencias se multiplica. No se trata de negar la libertad individual, sino
de reconocer que toda decisión tiene un campo de efectos que trasciende al
individuo.
Sin embargo, sería también deshonesto trasladar el peso
de la tragedia hacia la mujer infiel, como si su conducta explicara linealmente
el crimen. Hacerlo implicaría diluir la responsabilidad del asesino y
normalizar la violencia como reacción comprensible ante la traición. La inmensa
mayoría de personas traicionadas no asesinan. La línea que separa el dolor
legítimo del acto monstruoso, la cruzó una sola persona.
La pregunta extraída de la teoría del caos —¿pudo
evitarse la catástrofe cambiando las condiciones iniciales?— tiene una
respuesta ambigua. Tal vez sí. Tal vez no. El caos moral implica que nunca
sabremos con certeza qué habría sucedido bajo otras decisiones. Lo que sí
sabemos es que las decisiones sentimentales y sexuales no son “neutras” cuando
se asumen dentro de una institución que promete exclusividad. Y sabemos también
que la violencia extrema revela una patología ética mucho más profunda que
cualquier traición. El horrendo asesinato de los hijos y el posterior suicido,
fue la peor cobardía perpetrada por Thales Alves.
En el fondo, esta tragedia recuerda la intuición
filosófica de Milan Kundera en “La insoportable levedad del ser”: decidimos una
sola vez. No hay eterno retorno que permita corregir la elección inicial. No
hay segunda vida donde rehacer el camino. Cada decisión inaugura un trayecto
irreversible. El matrimonio, en ese sentido, es una forma de “camisa de fuerza
ética”, no como opresión, sino como autolimitación voluntaria. Tanto para el
hombre como para la mujer. Si no se está dispuesto a asumir esa autolimitación,
la salida ética es terminar el vínculo, no simularlo o conducirlo hacia la
violencia.
La lección final no es moralizar desde la condena, sino
advertir sobre la fragilidad de las relaciones humanas cuando se mezclan
orgullo herido, deseo, engaño y violencia. La fidelidad no es solamente una
norma tradicional; es un mecanismo de estabilidad emocional. Pero ninguna
infidelidad convierte a los hijos en venganza legítima. El crimen fue absoluto.
La responsabilidad es absoluta. Y, sin embargo, la reflexión sobre nuestras
decisiones, antes de que el caos se desencadene, sigue siendo una tarea
ineludible para cualquier sociedad que aspire a proteger la vida y la dignidad
de los más vulnerables.
El “principio de responsabilidad”, que toda pareja y
matrimonio tienen que asumir, entendido en un sentido profundo —como lo formuló
el filósofo alemán, Hans Jonas— implica entender que cada acto humano proyecta
consecuencias más allá del instante y más allá del propio interés. No se trata
de responder jurídicamente por lo que se hace, sino de anticipar, en la medida
de lo posible, el impacto de nuestras decisiones en otros, especialmente en los
más vulnerables. Ser un individuo sano y auténtico, exige esa “conciencia
anticipatoria” de saber que la libertad no es espontaneidad sin límites, sino
elección lúcida con previsión ética.
En una época donde amplios sectores se diluyen en una
masa informe, arrastrada por prejuicios, impulsos emocionales y juicios
sumarios amplificados por las redes sociales, el principio de responsabilidad
se vuelve una forma de resistencia moral. Significa no decidir por reacción, no
actuar por validación digital, no justificar lo injustificable, en nombre del
deseo inmediato. Implica sostener la coherencia, incluso cuando el entorno
promueve la promiscuidad, el exhibicionismo y la ruptura de compromisos, como
si no tuvieran consecuencias reales. Solo así la libertad deja de ser capricho
y se convierte en un verdadero carácter valioso.
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